Dame un
bizcocho; pero qué ganas de haber llevado la factura de crema (ayer). Dame una
factura de crema; pero qué ganas de haber llevado la tortita negra (hoy). La
prueba empírica e irrefutable que faltaba para comprobar aquel nefasto mecanismo.
Siempre centrado (o más bien descentrado) en lo que se pierde al elegir. Una
factura, una película, una acción, un trabajo. Warning! Así siempre se va a
estar mal. Y con una inocencia deliciosa
imagina que Oliveira sería más feliz en cualquiera de las Arcadias de bolsillo
que fabrican las madame Léonie de este mundo. A veces, cuanto menos se piensa, menos se yerra. Como cuando se juega
al fútbol. Todo se reduce prácticamente a intuición, o a conciencia sartreana
arrojándose al mundo (y a la pelota). Vivir(lo). Sentir(lo). La película, el
trabajo, la presencia de ese amigo. Y ya que estamos, reír más. Más Platón y
menos prozac, pero más Capusotto y menos Platón.
viernes, 6 de junio de 2014
martes, 25 de febrero de 2014
20 minutos
A falta de
inspiración, y con la esperanza de encontrarla a fuerza de escribir como
ejercicio, he aquí algunas apreciaciones sobre el día de hoy.
Primera vez
en meses que dispongo de bastante tiempo para mí. Siempre que pasa me desespero
cual perro con dos platos (o más) de comida. No sé cuál o cuáles elegir. Tanto
que termino haciendo nada. O muy poco. En este momento deseo tanto leer,
escuchar música, hacer cosas en la casa –y suerte que ayer ya fui a correr-.
(Tema recurrente, lo sé.) José Pablo Feinmann, Erich Fromm, Cortázar, Frans de
Waal, Mary Shelley… ¡¿Cómo elegir?! Para sacarme estos dilemas de encima decido
escribir. Ya no tengo que elegir entre Lennon o White Stripes. Entre tanto, mi
vecina toca a la puerta y nos regala un plato de fideos al pesto que hizo
especialmente para nosotros (bah, para ella).
Un gesto tan cálido que bien podría redimir todos los malos actos del resto de
la gente. O al menos alimenta, fortalece, mi fe en el otro. No sé cómo –ya lo
recordé; pero no es importante- doy con unas fotos que hace mucho no veo. Que
vi muy pocas veces, de hecho, pese a los momentos y personas tan especiales –y
su mágica confluencia- que retratan. Me pierdo en aquellos recuerdos. Me olvido
del tiempo. Lo disfruto. Amo, suelto, soy yo mismo. Y escribo esto en tan sólo
veinte minutos (!).
sábado, 22 de febrero de 2014
(What's the Story) Morning Glory?
Recién llego al trabajo, a mi trabajo. Me siento bien. Debería ser precavido, pero, ¿para qué
negarlo? Me gusta. En este momento, imagino que el trabajo que tenga que hacer
durante el resto del día puede ser lindo, y hasta estimulante. También hay
otras cosas que hacen a este sentimiento: mis compañeros (que en algún
comenzarán a caer –de hecho, acaba de caer la primera-), el mate, Del Frade en
la radio (y más tarde, la música), mis fotos de Messi y los Beatles, la
esperanza intrínseca del amanecer, que renace con fuerza día tras día.
Pero volviendo al trabajo. Todo parece ideal, acaso idílico.
¿Por qué entonces, tarde o temprano, termino con esa sensación de desasosiego y
derrota al finalizar la jornada, e incluso antes? Trato de ser objetivo. Es
difícil. Me cuesta. No creo que sea por extrañar a los monos, a los animales y
sus conductas (que, en efecto, extraño); tiene que ver con otra cosa. Con las
grandes dificultades con las que termino chocando casi inexorablemente una vez
que me pongo manos a la obra. Y la consecuente frustración. Intento. Estudio.
Reintento. Trato de buscar alternativas. Pero no hay caso. La cosa avanza poco
y nada. Al menos, pensando en los cánones establecidos. (Qué tema ese…) Y
entonces es cuando ya pierdo las fuerzas y las ganas de hacer todo lo que hay que hacer para iniciar,
desarrollar y completar un experimento. Cuando siento casi la certeza de que el
experimento no va a dar. Porque casi nunca da. Y otra lucha, más difícil aún.
La lucha conmigo mismo. Esa sensación, constante y difícil de extirpar, de que el
culpable de tales avatares cotidianos soy yo. Mi impericia. Mi falta de
criterio y sentido común para este tipo de asuntos.
Es curioso, porque para otras cosas pienso que soy bueno. O,
al menos, mejor que para éstas. ¿Será que es así? ¿Que uno puede ser bueno para
algo y tan malo para otra cosa? Lo cierto es que ambas tienen que ver con el
conocimiento, y específicamente, el conocimiento de la vida, el mundo, la
naturaleza. Y me gustaría poder saber mucho y manejar los temas que estudio. Y,
aunque no me apasionan tanto como la conducta animal y la naturaleza humana (entre
otros), me interesan y desearía poder ser un entendido en las disciplinas que
hoy por hoy me ocupan. Ya veremos cómo discurre esta historia, que amanece
diariamente, durante los próximos dos años. Ya veremos también qué pasará con
la ecología, la etología y la antropología. Por lo pronto: debo procurar
desarrollar la entereza y dedicación necesarias para sacar adelante –y hasta
disfrutar, y por qué no, dejarme apasionar (por)- este doctorado. ¿Podré? ¿Sólo
dependerá de mí? ¡A trabajar!
martes, 24 de septiembre de 2013
Vértigo
Vértigo.
Vértigo para irme a dormir. Vértigo para levantarme. Vértigo para
desayunar. Para ir al trabajo. Para llegar al trabajo. Para trabajar. Para
salir del trabajo. Para llegar a mi casa. Para descansar un rato. Para
levantarme y hacer algo (y de ser posible, varios, muchos algos). Para cenar.
Para bañarme. Para irme a dormir otra vez. Vértigo para ponerme a escribir
esto. Vértigo.
Hace mucho tiempo que vivo en permanente estado de vértigo. Hace mucho tiempo que
no me detengo. Que no percibo con plenitud las cosas. Con claridad. Con
densidad. Hace mucho tiempo que (casi) todo pasa delante de mí como si nada.
(Siniestra condición del vértigo que no me da tiempo a tomar conciencia de
ello.) O mejor dicho –y he aquí lo esperanzador, el haz de luz que se cuela por
la hendija-, que yo paso delante de
las cosas como si nada. Cuánto hace que no me detengo a observar y escuchar a una
pareja de horneritos cantar a dúo. Cuánto hace que no me detengo a observar las
curiosas y graciosas conductas de los perros de la calle. Cuánto hace que no
observo las nubes, la luna, las estrellas. Que no me detengo en las texturas,
los aromas, los colores. Que no siento el mundo latiendo a mi alrededor. Que no
sincronizo con la mirada del otro, ni me abandono a vibrar en la frecuencia de
su voz. (Y eso es muy peligroso: no sólo descuido sus valores; también sus
problemas.) Cuánto hace que no vivo en el presente sino en el constante correr
hacia el futuro, hacia lo que viene (y nunca termina de llegar).
Por suerte, siempre hay cosas que me abofetean lo
suficientemente fuerte como para arrancarme –al menos por un momento- de
semejante enajenación. La risa de algún chico. La inesperada irrupción del olor
a tierra mojada. Una canción especial. Una frase. Una caricia. O la simple y
terrible ansiedad, espontánea, asfixiante, sólo en apariencia injustificada. Es
preciso recuperar ese contacto y ese vínculo genuinos con el mundo, con las personas.
La serenidad del ahora. “Quién me
quita la paz de la tortuga” reza un poema norteño (será por eso que me fascinan
tanto). Reivindicar el cliché: “Primero lo importante; después lo urgente”. Y
que el vértigo quede relegado sólo a la (gran) película de Hitchcock.
lunes, 29 de julio de 2013
(Intacta) Esperanza
Pretendemos
que haya trabajo, salud, educación, seguridad –en definitiva, que el país marche
(bien) en términos socio-económicos- pero nos quejamos de que no podemos
importar tal o cual “producto” y no
nos queda otra que comprar las porquerías que hacen en Argentina (porque lo de
afuera –por definición- siempre es mejor). ¿Cómo puede hacer un país para
crecer y no estancarse si se limita a “generar” ganancias sólo a través de la
venta de materias primas, –que, dicho sea de paso, son propiedad de una minoría-?
¿Cómo vamos a tener una industria de calidad si siempre la menospreciamos y
elegimos la foránea? Porque para mejorar se necesitan recursos; los cuales no
florecen del suelo como –sólo por el momento- el petróleo. Se trata de un
proceso dinámico. Es como el típico bar que insiste en pedir, en carácter de “excluyente”,
mozos con experiencia. ¿Cómo podría
uno tenerla si nunca se puede entrar en el mercado laboral? Es un círculo
vicioso y cerrado herméticamente. ¿Y cómo podemos pedir seguridad cuando
nosotros, día a día, arrebatamos y hasta dejamos agonizando la dignidad y la
confianza de nuestra gente más cercana? Y casi sin darnos cuenta. A veces
pedimos mucho para lo poco que damos. O resulta que levantar torres junto al
río es descabellado, pero tirar el pucho o el boleto inútil en la calle no lo
es; quizá hasta algunos crean que es un acto patriótico. Y ¡ay! de pretender
trabajar menos o ganar más. Los que lo hacen –unos vagos desagradecidos- quizá ignoran
el ejército de pobres que hay detrás, a la espera de una oportunidad para
empeñar su amor propio. ¡Y por mucho menos! Y qué fácil es inventarnos un chivo
expiatorio: si no es el gobierno deben ser los negros de m… A veces pareciera
que nos esforzamos por obtener el mote de “seres
viles y egoístas”. Por suerte, muchos –sí, muchos- demuestran, en cada momento y en cada
lugar, que otro camino es posible. Y entonces mi esperanza permanece intacta.
jueves, 25 de julio de 2013
Todos los caminos conducen al Otro
Corrían las
siete de la tarde cuando mi partido
comenzó. Digo mi partido, porque yo me
jugaba más que una victoria en el fútbol. Prácticamente desde el primer
día venía perdiendo todos mis
partidos. Sí, todos. El ganador no era otro que el perdedor mismo; es decir, yo. Había utilizado todo tipo de
recursos, tácticas y estrategias para salir victorioso. Pero casi siempre en
vano. Cambiaron los equipos, los jugadores, las camisetas, las medias altas,
las medias bajas, los resultados. Curiosamente en la cancha casi todos eran empates. No sé si porque éramos muy
buenos, o muy malos. Pero en mi
cancha –que más que verde, era negra- todas eran derrotas. No sé por qué me
costaban tanto esos partidos. Lo más gracioso es que los sábados todo era
diferente. Ahí era un Messi en mis encuentros. Pero sólo ahí. Luego volvía,
irremediablemente, a las ligas menores de mi preciada psique. Pero hoy todo comenzó de manera diferente. Un poco más
rojinegro, las medias bajas, los amigos cerca. Y la charla previa de Mauri. No
tanto por lo que dijo –que fue muy importante y atinado- sino porque me lo dijo. La calidez en la cancha crecía
y era mucha pese a las bajas temperaturas. Jugadas, goles (míos no; no entiendo
por qué no se me dan acá, cuando sí allá; jugadas idénticas, o en esencia, muy
distintas entre sí), corridas extenuantes a la vez que estimulantes, y el palo. Como la montaña no iba a Mahoma,
yo fui al palo. Y cómo fui. Finalizaba un
partido para mí, pero otro
continuaba. Otro en el que por fin estaba saliendo victorioso. Y en esos
últimos minutos, la cosa terminó en goleada. El afecto y la contención de todos
mis compañeros y amigos, la preocupación sincera, los chistes. El perfume y los
colores de una flor, la noche invernal en la ciudad, los taxis, la paz de un
sanatorio tranquilo, los rayos X, la increíble remontada del Mineiro, y el
diagnóstico feliz: la placa no muestra
nada; en unos diez días podrás volver a jugar. Y desde entonces, apenas
unas horas, espero ese momento. Volver a jugar
a la pelota con los chicos y seguir
superando a ese rival tan talentoso, con actitud, voluntad y esfuerzo. Emular a
Leo, al menos con mi carácter.
viernes, 17 de mayo de 2013
Cortita y al pie
Me
fascinan las estrellas, la Tierra y la tierra, el agua, los árboles; amo
profundamente a los animales; pero son los demás seres humanos quienes
dan verdadero sentido a esta vida. No hay biología, filosofía o teología
alguna que pueda refutar esto. (Dejando de lado, por estar en otro
plano, cuestiones de fe.)
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