La imagen de la nena me reconforta sobremanera y dispara los interrogantes habituales: ¿cómo pueden sentirse tan bien con "tan poco"? O mejor dicho, ¿cómo la mayoría no somos capaces de hacerlo, aún teniendo más cosas? El tren siempre me recuerda a una ciudad, o estrictamente hablando, a una comunidad, una comunidad ambulante y de laburantes, gente con la cual me identifico plenamente y me siento parte. Y uno ve cómo se van formando y/o reforzando vínculos, cómo unas ríen y otros lloran, aquellos se impacientan y estas se relajan dulcemente hasta dormirse. Y todos se hablan con todas, e incluso se les nota atentos a las necesidades del(a) otro(a). ¿Por qué esta forma de vida y convivencia no podrá trascender los vagones y las vías extendiéndose a nuestra cotidianeidad en las ciudades?