Salir a correr me permitió ser protagonista
pero también testigo de muchas cosas. Protagonista del ejercicio físico, desde
ya; de los beneficios producidos por las
endorfinas liberadas. Serenidad, lucidez, una sensación indescriptible de
bienestar. Sí, creo que bienestar es el sustantivo que mejor define el estado
alcanzado.
La costanera rosarina descuella y derrocha
vida en esta transición del crepúsculo hacia la noche profunda. Me cruzo con
cientos de personas corriendo, caminando, paseando a sus perros, solas,
acompañadas, en grupos, en parejas, con auriculares, sin ellos. Gente cansada,
exhausta, o inmutable debido a su gran estado físico. Hay perros (sí, ya lo mencioné;
pero ahora me refiero a perros “sueltos” por así decirlo), gaviotas (aquí debo
ser sincero; sé que las hay, siempre las hay, pero no recuerdo haber visto
alguna hoy), otros pájaros (insisto, sé que están aunque no los recuerde hoy
particularmente). Un río imponderable intimida y acompaña. Rosario derrocha
río. Y hasta torres (no sé si se consideran rascacielos). Un poco más hacia el
este de mi recorrido están los skaters, los longboarders (no los conocía, pero
un amigo me introdujo en el tema), los que usan rollers. Es la zona de playones
del Parque España. Yo corro por el pasto. Me gusta más. Y dicen que es mejor
para las rodillas. En fin, hay para todos los gustos.
Cuando me pongo a elongar tras haber
corrido media hora -¡cuánto me falta para volver a un estado físico digno!-
descubro o soy testigo de otras realidades. No me había dado cuenta, pero la
posición -o situación- del “elongador” lo convierte a éste en un testigo
privilegiado de las cosas. Si es que hay algo para ver, claro. Tendido en el
piso, en un costado del camino, en apariencia –o no- inmerso en su recuperación
muscular (la glucosa, el azúcar, que los músculos usan como “combustible” se
transforma en ácido láctico durante el ejercicio; este ácido, por ser ácido,
genera dolores y otras molestias si se acumula en los músculos. Y el
estiramiento ayuda a que el ácido láctico vaya hacia el hígado donde vuelve a
convertirse en la dulce glucosa), el
deportista que elonga puede apreciar hasta el más mínimo detalle de lo que
acontece a su alrededor. Escucha (mientras las ondas sonoras lo permiten) la
conversación que mantienen dos que pasan caminando, observa gestos, reacciones,
realidades, contracaras. Por ejemplo,
la de un pobre muchacho que, semáforo tras semáforo, en una esquina de
Boulevard Oroño, recorre la fila de autos parados pidiendo monedas, ofreciendo
limpiar los parabrisas con un trapo seco; ni siquiera agua y jabón. Escena que me entristece y se contrapone
al bienestar interior generado por las endorfinas, al bienestar exterior (a mí)
derrochado por la mayoría de los habitantes de Rosario con los que me cruzo
cuando salgo a hacer ejercicio. Incluso siento que le falto el respeto a ese
muchacho, escribiendo sobre él, sentado en un sillón, cómodamente desde mi
casa. Creo que muchas cosas están mejorando, pero aún quedan otras tantas. Y no
quiero ser solamente un testigo.
Muy buena mezcla de narración descriptiva y un poco de ciencia, la próxima vez que salga a correr por mi ciudad voy a prestar un poco mas atención como elongador :D
ResponderEliminarJaja! Buenísimo Tomy! Después contame qué pudiste observar!
ResponderEliminarLa realidad de ese muchacho... me destruye el cerebro y el alma todos los días. La realidad de todos los muchos que son ese muchacho :S Somos dos, Dani.
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