Como
sabemos, la naturaleza no juega a los
dados; Einstein fue más que claro al respecto. Heisenberg, con su célebre principio
de incertidumbre, sólo nos muestra nuestras limitaciones al momento de
pretender conocer el mundo. No obstante, todo objeto y todos aquellos entes inanimados, se rigen, en última
instancia, por leyes físicas concretas y precisas. La luz se desplazará de un
punto a otro en el espacio a trescientosmil kilómetros por segundo y la piedra
con que tropecé esta tarde, seguirá siendo piedra mañana. Esto, al menos
intuitivamente. No me animaría siquiera a insinuar que existe un determinismo físico, no me gusta la
idea, pero, insisto, intuyo cierta forma de limitación. La cosa se complica y
se vuelve más compleja –a la vez que fascinante- cuando entramos en el reino de
lo biológico. Ya no es tan fácil decir –como sucedía con la piedra- si el perro
que me crucé esta tarde estará allí mañana; mucho menos dónde estará. Parecería
haber una especie de grados de libertad, que van aumentando a medida que nos
desplazados desde el átomo –desde el bosón de Higgs, para estar al día- hacia
el árbol, el perro, el gato (pasando en el medio por las piedras, la arena y el
mar). Libertad que perturba nuestra física toda, haciendo tambalear hasta la
mismísima entropía.
En fin, el
punto es que la naturaleza no juega a los dados, tiene sus reglas, pero el
hombre –al menos- parece trascenderlas, ir más allá. Me cuesta mucho imaginarme
una persona como un mero cúmulo de materia y energía andante, como una insípida
máquina biológica. (Aunque es
tentador pensar un espíritu en términos de energías fluyendo, transformándose,
intercambiándose; y hasta algo de eso hay.) Sino que más bien, veo en él al
ente que es sus infinitas posibilidades,
que es proyecto y proyección libres. Más aún, veo, siento, intuyo, como proclamara
Sartre, que esa libertad es el fundamento del ser. Que es condición necesaria e
insoslayable del amor. Que el amor otorga sentido a la libertad, al ser. Que el
espíritu, el alma, es fundamento de ambos, libertad y amor.
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