viernes, 10 de agosto de 2012

De amores, dados y entropías


Como sabemos, la naturaleza no juega a los dados; Einstein fue más que claro al respecto. Heisenberg, con su  célebre principio de incertidumbre, sólo nos muestra nuestras limitaciones al momento de pretender conocer el mundo. No obstante, todo objeto y todos aquellos entes inanimados, se rigen, en última instancia, por leyes físicas concretas y precisas. La luz se desplazará de un punto a otro en el espacio a trescientosmil kilómetros por segundo y la piedra con que tropecé esta tarde, seguirá siendo piedra mañana. Esto, al menos intuitivamente. No me animaría siquiera a insinuar que existe un determinismo físico, no me gusta la idea, pero, insisto, intuyo cierta forma de limitación. La cosa se complica y se vuelve más compleja –a la vez que fascinante- cuando entramos en el reino de lo biológico. Ya no es tan fácil decir –como sucedía con la piedra- si el perro que me crucé esta tarde estará allí mañana; mucho menos dónde estará. Parecería haber una especie de grados de libertad, que van aumentando a medida que nos desplazados desde el átomo –desde el bosón de Higgs, para estar al día- hacia el árbol, el perro, el gato (pasando en el medio por las piedras, la arena y el mar). Libertad que perturba nuestra física toda, haciendo tambalear hasta la mismísima entropía.
En fin, el punto es que la naturaleza no juega a los dados, tiene sus reglas, pero el hombre –al menos- parece trascenderlas, ir más allá. Me cuesta mucho imaginarme una persona como un mero cúmulo de materia y energía andante, como una insípida máquina biológica. (Aunque es tentador pensar un espíritu en términos de energías fluyendo, transformándose, intercambiándose; y hasta algo de eso hay.) Sino que más bien, veo en él al ente que es sus infinitas posibilidades, que es proyecto y proyección libres. Más aún, veo, siento, intuyo, como proclamara Sartre, que esa libertad es el fundamento del ser. Que es condición necesaria e insoslayable del amor. Que el amor otorga sentido a la libertad, al ser. Que el espíritu, el alma, es fundamento de ambos, libertad y amor.

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