Recién llego al trabajo, a mi trabajo. Me siento bien. Debería ser precavido, pero, ¿para qué
negarlo? Me gusta. En este momento, imagino que el trabajo que tenga que hacer
durante el resto del día puede ser lindo, y hasta estimulante. También hay
otras cosas que hacen a este sentimiento: mis compañeros (que en algún
comenzarán a caer –de hecho, acaba de caer la primera-), el mate, Del Frade en
la radio (y más tarde, la música), mis fotos de Messi y los Beatles, la
esperanza intrínseca del amanecer, que renace con fuerza día tras día.
Pero volviendo al trabajo. Todo parece ideal, acaso idílico.
¿Por qué entonces, tarde o temprano, termino con esa sensación de desasosiego y
derrota al finalizar la jornada, e incluso antes? Trato de ser objetivo. Es
difícil. Me cuesta. No creo que sea por extrañar a los monos, a los animales y
sus conductas (que, en efecto, extraño); tiene que ver con otra cosa. Con las
grandes dificultades con las que termino chocando casi inexorablemente una vez
que me pongo manos a la obra. Y la consecuente frustración. Intento. Estudio.
Reintento. Trato de buscar alternativas. Pero no hay caso. La cosa avanza poco
y nada. Al menos, pensando en los cánones establecidos. (Qué tema ese…) Y
entonces es cuando ya pierdo las fuerzas y las ganas de hacer todo lo que hay que hacer para iniciar,
desarrollar y completar un experimento. Cuando siento casi la certeza de que el
experimento no va a dar. Porque casi nunca da. Y otra lucha, más difícil aún.
La lucha conmigo mismo. Esa sensación, constante y difícil de extirpar, de que el
culpable de tales avatares cotidianos soy yo. Mi impericia. Mi falta de
criterio y sentido común para este tipo de asuntos.
Es curioso, porque para otras cosas pienso que soy bueno. O,
al menos, mejor que para éstas. ¿Será que es así? ¿Que uno puede ser bueno para
algo y tan malo para otra cosa? Lo cierto es que ambas tienen que ver con el
conocimiento, y específicamente, el conocimiento de la vida, el mundo, la
naturaleza. Y me gustaría poder saber mucho y manejar los temas que estudio. Y,
aunque no me apasionan tanto como la conducta animal y la naturaleza humana (entre
otros), me interesan y desearía poder ser un entendido en las disciplinas que
hoy por hoy me ocupan. Ya veremos cómo discurre esta historia, que amanece
diariamente, durante los próximos dos años. Ya veremos también qué pasará con
la ecología, la etología y la antropología. Por lo pronto: debo procurar
desarrollar la entereza y dedicación necesarias para sacar adelante –y hasta
disfrutar, y por qué no, dejarme apasionar (por)- este doctorado. ¿Podré? ¿Sólo
dependerá de mí? ¡A trabajar!
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