lunes, 22 de diciembre de 2014

Autógrafo

En principio parecía una locura. Quizá en parte lo era, pero sólo por los treinta y seis grados que hacía ese 24 a la una del mediodía. Era víspera de Navidad y uno, por lo general, espera cosas buenas. Yo tenía esa energía positiva. Así que pese –o mejor dicho, gracias- a haber ido a trabajar decidí tomarme el bondi (aunque no sabía cuál en aquel momento) en pleno mediodía y visitar por primera vez el que fuera barrio de Messi durante su infancia. No me molestaba tener que sentarme veinte minutos en el colectivo. Por el contrario, me servía de excusa para seguir leyendo los capítulos finales del libro que tanto me gustaba. Oliveira ya subía con Talita viniendo del sótano. (Qué diferencia de temperatura entre el sótano y el colectivo). Preguntando se llega a Roma, o todos los caminos conducen a ella. Yo pude llegar a la casa de los tíos de Leo y luego, taxi mediante, a su casa natal. Y mientras tanto Oliveira empezaba a planificar su estrategia de defensa. Llegando a la casa de Leo, un auto importado arrancaba mientras un hombre de mi edad se metía por el lado del acompañante. De espaldas parecía él. Fue lindo experimentar la adrenalina de sentir el sueño tan cerca. Los piolines negros, las palanganas, los rulemanes (sea lo que fueran estos últimos). Pero no. Era su hermano. Igual bajé y le pregunté por las posibilidades de conocer a Leo. Eran pocas y no dependían de él. No obstante, ofreció conseguirme su foto autografiada. “Venite el jueves” me dijo. El taxi había dado muchas vueltas para llegar al lugar y realmente no sabía reproducir el camino. Es un barrio de muchas cortadas y calles que terminan de golpe. Cuando nos íbamos, el taxista amablemente me llevó hasta un mural de Messi pintado en una plazoleta frente a la escuela de su niñez. Le sacamos fotos. Cuando tomé el cole para volver, Horacio ya había quedado confinado a ese espacio entre la ventana, el escritorio y la cama. Las líneas defensivas ya habían sido dispuestas. Esa misma tarde sentí que tenía que irme hasta aquel barrio privado donde estaría entrenando Messi. Las chances de lograr pasar eran nulas, y las de verlo, mínimas. Pero era Noche Buena; valía la pena intentarlo. Y si no lograba mi objetivo, quizá Manú sí lo lograra. El recepcionista del barrio me dijo (sentado en el mismo lugar donde me sentara yo trece años atrás cuando todavía eran sólo árboles y terrenos parcelados y autos lujosos entrando y saliendo para elegir cuál de todos ellos comprar) que no sabía nada de él, que no se enteraban cuándo venía o entraba o salía. Indignado por tan absurda respuesta, le dije (puede que recién en ese momento él haya vuelto a mirarme a los ojos) que entendía que no pudiera darme ese tipo de información. Lo saludé y me instalé en las proximidades de la entrada. Escudriñaba cada auto que salía pero no hubo caso. Tenía que volver. El sentimiento era agridulce. Aún no encontraba a Leo, pero parecía estar encontrando otra cosa. Otro camino. U otro modo de andar el camino. Algo que rompía la estructura. Alas que rompían el capullo tras el letargo de la larva. Sentía una alegría distinta. Y una frustración recurrente: ¡qué difícil es al final dar con él! Tan difícil como estar en los zapatos de Oliveira, que ya sentía entrar a Manú. O en los zapatos (zapatillas de goma, en rigor) de Manú, que ya se aprestaba al crítico encuentro.
La segunda vez que fui, lo hice a pie. Con la cabeza puesta en el fin último de mi visita me interné en aquel laberinto de callejones y cortadas; pasé por donde nunca hubiera imaginado pasar. Y Horacio que se hamacaba peligrosamente en la ventana del segundo piso. Hasta que de golpe aparecí frente a la casa de Leo. Otra vez me fui con las manos vacías de autógrafos. El Cielo parecía imposible de alcanzar; siempre estancado en el casillero cuatro. Al menos había aprendido, casi sin proponérmelo, un camino directo y sencillo a la casa. Quizá no sirviera de nada, como quizá tampoco sirvieran de nada las líneas defensivas de Oliveira para impedir la entrada de Manú. Hubo una tercera y habrá una cuarta y última visita. Mientras tanto, golpean la puerta con fuerza y en el patio todos están revolucionados. El diálogo con Traveler se torna tenso por momentos, y Oliveira esgrime razones de las sinrazones. ¿Será sensato todo esto? ¿Será una forma de revelarse contra los cinco mil años de genes echados a perder? En todo caso no importa, mientras siga divirtiéndome y viéndome en lugares donde nunca me hubiera imaginado, con la alegría que dan la esperanza de encontrar lo que se busca y el saberse haciendo lo imposible por lograrlo.

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