sábado, 13 de octubre de 2018

Estacionamiento

El tipo siempre sale a mi encuentro apesadumbrado para contarme “que ya robaron una bici ahí y qué él no pudo hacer nada porque le podrían haber metido un tiro, nunca se sabe, seguro andan armados”. Hoy no fue la excepción, pero lo vi más sombrío que de costumbre; cabizbajo, solitario, inmóvil, apretado, en su cabinita del estacionamiento. Cuando veo a personas (sobre)vivir así me pongo muy mal. Me duele que su vida esté (haya sido) reducida a eso. No les queda vitalidad, quizá tampoco alegría, mucho menos sentido; me pregunto qué sentirán. Personas tan vapuleadas por “la vida” que ni siquiera puede uno imaginar cómo sería su rostro esbozando una sonrisa. Lo mismo me pasó el otro día, cuando de repente me di cuenta que caminaba detrás de un hombre de aspecto derrotado, con una botella en la mano (no recuerdo de qué), ropa ajada y sucia, paso como tambaleante, pesado. Me sentí pésimo por pasar al lado suyo como si nada. Uno de tantos y tantas.
Y por otro lado están los chicos. Los que tengo el privilegio de tener como alumnos casi todos los días. Con su frescura, su alegría y su vitalidad. Y también su falta de corrupción. No es la primera ni la última vez que me pregunto qué pasa –y cómo pasa- desde que terminan el colegio hasta que se reciben de adultos. Cómo (algunos) pasan de ser seres luminosos a personas que fueron apagadas o que -peor aún- se dedican a apagar a otras. En qué estaremos fallando. ¿Tan poderoso es el famoso “sistema” que no nos queda más que declararnos víctimas pasivas de un monstruo que “se volvió –cual ser animado- contra (casi) todos nosotros”? Entonces me desespero buscando asegurarme de que estos chicos que hoy brillan sigan haciéndolo y continúen contagiando su luz durante toda su vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario