lunes, 27 de julio de 2020

Milonga del solitario

Hoy te estoy necesitando, viejo peregrino. Trovador de los cerros, voz de los pueblos, eco de la tierra. Será por eso que. Porque ni él, ni siquiera ellos (lo cual es raro). Y sin embargo vos. Pero intuyo la razón. Aquellas primeras lomas, el hostel. Aquel libro gigante, el mate escupido a la primera cebada. Los proyectos, la gente preciosa. Y mientras tanto vos y el aromo y tu querido alazán. Luego la valentía (acaso por primera vez), la soledad en la montaña, el desierto, la selva y el Norte y la vida misma. La residencia allá. Arriba. Tan grande, tan lejos (tan cerca), tan bella, tan promesa. Y charlar con el cocinero o el portero. Cenar juntos en la inmensidad. Frankl antes de dormir. Las yungas entrando por la ventana. Todo al compás de tu guitarra. Bajar rodeado de lapachos en flor. De tu magia. Las observaciones en la reserva. De tu guía. Las tardes entre flores y coipos. Estableciendo un puente con el todo. Aquellas rapaces posando en mi brazo. Con el adentro. Las charlas con Charly. Tu compañía invaluable. Los bares tucumanos. Y es que llegan tan adentro esos rasgueos. Tanto Tinbergen. Tanto Goodall. Tanto. Y te entiendo bien cuando al final de todo, la Luna lo sabe, piedra y camino.

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