martes, 1 de septiembre de 2020

Monerías

Hoy recordé, así, casi de repente, aquella fascinación tan profunda que solía sentir al observar a los monos. No importaba qué especie de monos ni dónde estuvieran. Simplemente podía quedarme horas observándolos. Los que más solían llamarme la atención eran aquellos cuyas jerarquías sociales eran tan marcadas. Era sorprendente ver cómo el macho alfa ostentaba sus privilegios, cómo el resto del grupo -machos, hembras, jóvenes, adultos- se subordinaban a su autoridad. Pero lo más fascinante no era eso sino su maravillosa similitud con el ser humano. Recuerdo que me daba tanta paz percibir eso. Me sentía unido a ellos. Me hacía sentir parte. Por un lado, esas expresiones increíbles, ya sea de sus rostros o de sus cuerpos. Realmente podía empatizar con ellos y saber lo que sentían. Si tenían miedo, irritación, alegría o excitación. Y luego, su manera de vincularse. Su forma de abrazarse, de acicalarse, de pelearse y corretearse. Tanta similitud. Y qué decir de su inteligencia, su habilidad para manipular objetos con las manos -única en el planeta, luego de la nuestra-, su capacidad para resolver problemas. Pero quizá, de todo lo que me conectaba con ellos, lo que más me conmovía y me transmitía paz era su mirada. Tan profunda, tan genuina, tan inocente y tan comunidad. Cuando Martín -un monito caí- me tomó la mano literalmente sentí la plenitud de mi vínculo con la Naturaleza toda, con el Universo todo. Fue un instante fugaz pero eterno. Fue el aleph de Borges, pero en la piel. No sé por qué hoy lo recordé tanto. Tal vez tema estar olvidando mi tendencia natural a las monerías.

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