viernes, 22 de febrero de 2013

¡Eureka!


¡Eureka! "Dejá de quejarte, que hay gente mucho peor que vos. Los tuyos no son problemas importantes como los de aquellos." Un ejército de pobres y marginados (que, claro, sí, obvio, están peor que uno). Suficiente para generar la percepción relativa de que "estamos bien". La mejor manera de mantener a todo el mundo tranquilito, pasivo y hasta contento. Funcionales a los intereses de los poderosos. Que a esta altura ya no sé ni quiénes son ni qué persiguen. (Más poder: es la única respuesta razonable que se me ocurre. Porque, ¿dinero? Hace siglos que deben tener suficiente como para gastar y derrochar hasta que se apague nuestro sol, y más. De todos modos, nunca podré comprender -por suerte- esa obsesión por el poder. O, mejor dicho, necesidad, porque intuyo que ya uno se vuelve esclavo de éste. O sea que "tener poder": ¡minga! Ni los poderosos pueden jactarse de no tener problemas.) La mejor manera de mantener el orden establecido -el de su conveniencia-, naturalizándolo y pintándolo de confortable, agradable, acaso -para algunos- de justo. Y nosotros compramos. "Sí, la verdad es que no me puedo quejar. No debo pensar que puede ser de otra manera, mejor. Hay tantos que la pasan "realmente" mal. Mejor aceptar el mundo así, tal como está. Total, yo, es cierto, estoy bastante bien." ¿Ideas de cambio? ¡No! Simplemente no llegan a concebirse. Hay que ganarse el pan trabajando, "como debe ser" (tal vez sí, pero, ¿por qué?), y queda poco tiempo libre para pensar en cosas como éstas. ¡Uy! ¡Mirá! ¡El nuevo I-Phone viene con inodoro incorporado!.. ¡Quiero!

martes, 29 de enero de 2013

¿Sociobiología o el rap de las hormigas?


Es curioso cómo nos parecemos a las hormigas cuando salimos a correr por los parques. O, al menos, por los parques de Rosario, aquellos que costean el río. (¡Nunca logré ser plenamente conciente de lo que significa tener el Paraná a cinco cuadras de mi casa!) No me había percatado hasta el momento, pero son llamativas las similitudes. Por empezar, corremos uno detrás del otro y dejando un caminito. Cierto es que las áreas propicias para tal fin a disposición del deportista no son muy extensas, pero no menos cierto es que uno –la mayoría-, casi inconscientemente, tiende a correr por el camino preexistente. Las hormigas van dejando –e intercambiando- en su camino señales químicas. Me pregunto si con nosotros pasará lo mismo. Creo haber escuchado una vez que a través de nuestra transpiración (los mamíferos) liberamos alguna que otra feromona, las cuales sirven para comunicarse con los demás, enviando “mensajes” bastante específicos aunque no sean mediados por el lenguaje. Incluso podrían actuar como una señal de pertenencia, sirviendo así a la cohesión social de un grupo o de los individuos (de una misma especie) que se encuentran o transitan en el entorno. (Siempre recuerdo que me decían que no tocara a un pichoncito si lo encontraba caído en el suelo, porque la madre lo abandonaría.) Yo pienso que algo de eso debe haber. Que debe haber algo (¿en el aire?) que nos mantiene unidos, que hace que disfrutemos estar en compañía de los demás, que sintamos tranquilidad al estar rodeados de gente. Esto es lo que yo siento cada vez que salgo a correr –y en todo momento- y estoy convencido de que muchos sentirán lo mismo. No debo ser el único al que la sensación de que la mayoría de los que corren junto a mí me ayudaría sin pensarlo si algo me pasara en el camino, llena de tranquilidad y gratitud. También es frecuente encontrarse con algún conocido en el trayecto, pararse unos segundos para saludarlo o intercambiar unas palabras y luego seguir cada uno en sendas direcciones (muchas veces opuestas), cual hormigas dialogando a través de sus antenas. No debe haber grandes diferencias, vistas desde un plano áereo, entre una escena y la otra.
Las hormigas son una de las especies animales sociales por excelencia; aunque dicho carácter –la eusocialidad- presenta matices diferentes con respecto a nuestra socialidad. No obstante, hemos desarrollado, como especie, tendencias sociales tan fuertes y determinantes, que no se puede concebir la vida humana sin el otro. Aquí no se trata de reinas y zánganos (¿o sí?) –aunque sí de obreros y división de tareas-  pero pensarnos sólos en el mundo es sabernos psíquica y físicamente muertos. Porque somos incapaces de sobrevivir sin cooperación. Y, quizá, más importante aún, intrínseco de nuestra naturaleza humana: cualquier actividad, trabajo, profesión, composición artística, cualquier tipo de expresión, emocional o intelectual, cualquier forma de conocimiento y toda causa por la cual luchar (así como la lucha misma) carecen totalmente de sentido y -más aún- su condición de posibilidad es nula, si no es en la interacción e interrelación con un otro. All you need is love.

jueves, 24 de enero de 2013

La flor de mi jardín



Me siento feliz. (No debo temer a este sentimiento, sino alimentarlo y potenciarlo con la elección, la voluntad y la acción.) Aunque te extrañe, por momentos quizá angustiosamente, me siento feliz. El fundamento de esta felicidad no soy yo, ni vos, sino nosotros. Porque somos uno y dos a la vez. Singularidades que, eligiéndose libremente -una y otra vez-, se realizan en la pluralidad y (se) trascienden en la universalidad del amor.

miércoles, 16 de enero de 2013

Instinto (social)


¿No es maravilloso el sentimiento que –inexorablemente- nos invade al alzar un bebé o un niño en brazos, esto es, la profunda motivación, convicción y certeza de que daríamos la vida por estas criaturas, aún no teniendo ellas relación o parentesco alguno con nosotros?

Y no se trata de una imposición cultural, señores. No. Hablamos del más puro instinto. De cientos de miles de años forjando una conducta que prioriza, ante todo, el beneficio y la continuidad de nuestra especie, la supervivencia y reproducción de nuestros congéneres –en especial, los más vulnerables-. Lo cual da cuenta de nuestra naturaleza netamente social. En esta lucha eterna entre tendencias afiliativas y altruistas versus aquellas competitivas y egoístas (que, sí, existen, muy necio sería negarlo), predominan las primeras. Por eso estamos acá. Por eso puedo estar escribiendo esto. Sospecho que, por el contrario, son elementos inherentes a nuestra cultura y civilización los que han ido inclinando la balanza hacia las últimas. Pero creo que éstos no son esenciales sino que han sido, antes bien, coyunturales, acaso fortuitos. Por lo que –lejos de caer en una actitud derrotista, demonizando y condenando nuestros logros en tanto hombres y mujeres creadores de cultura- estamos aún a tiempo de corregir estos elementos perjudiciales. La clave –creo- está en recurrir a nuestra esencia más íntima y profunda, aquella naturaleza social (que dicen, fue –quizá paradójicamente- una de las principales fuerzas impulsoras del desarrollo de nuestra excepcional inteligencia) cuya fuerza es tal que trascendió los grupos o clanes o tribus más inmediatas, alcanzando a individuos de cualquier parte del mundo que habitamos. Y más aún, extendiose al resto de las especies vivientes y a la naturaleza toda. Cabe aclarar, que este planteamiento no se circunscribe a una concepción materialista, ya que nada impide -pienso- que algún dios o deidad superior haya configurado la materia a partir de la cual, nosotros, construimos nuestra propia historia. Cada uno es libre de elegir en qué creer. Lo importante acá es tomar acabada conciencia de la situación de exclusión, desigualdades y miserias -así como de la creciente devastación de nuestro entorno- que estamos viviendo y actuar. Actuar haciendo prevalecer y movilizados por estas tendencias sociales. Y transformar el mundo. O al menos intentarlo. Una y otra vez. Indefinidamente. Acaso sea lo que en gran parte defina nuestra condición humana.   

domingo, 16 de diciembre de 2012

"¿Quién me quita la paz de la tortuga?"



Me acerqué a observar a mis tortugas; cinco entrañables compañeras de vida. No las siento ni mis “hijas”, ni mis “amigas”, ni nada que se le parezca. Es un vínculo especial, particular, único. Y lo cierto es que –al menos tres de ellas; las dos restantes son hijas de las primeras- me han acompañado durante la mayor parte de mi existencia. Veinticinco de treinta años. No puedo explicar lo que siento por ellas. O mejor dicho, sí: es amor. Del más puro, fuerte y genuino. Tengo toda clase de recuerdos junto a ellas (pero éstos, éstos quedan en mi fuero íntimo), incluyendo momentos de desinteresada compañía, de contención –así los viví yo- en etapas críticas y muy difíciles de mi vida. Ya no las veo mucho –lamentablemente- y es como si hubiera aprendido a vivir sin ellas (creo que así debe de ser).

Pero cuando la vida nos vuelve a juntar, cada tanto, ellas me siguen regalando su inocencia, su amor –sí, hay cosas en las que uno debe jugársela, donde no hay prudencia que valga (sino, es más bien mediocridad), cuestiones que definen a las personas, que le aportan la densidad necesaria para enfrentarse con el mundo y sus infinitos desafíos; y ésta es una: yo creo y afirmo  que un animal, un reptil, nos puede dar, y de hecho nos da, amor-, su paz . Lo hacen a través de su mansa –pero penetrante, como sólo pueden hacerlo los inocentes- mirada, de sus movimientos apacibles e incorruptos, de su actitud pletórica de gratitud.

Anoche, cuando me acerqué, tuve que iluminarlas para poder verlas. Yacían dormidas, tranquilas, entregadas a su confianza en el mundo que les tocó en suerte –el de mi casa-. Y al acariciar la piel de una de ellas, al sentir su calor, su vitalidad y su candor, me conmoví profundamente, sentí ganas de llorar, alegría y tristeza; sentí que, una vez más, me ayudaban a recordar y no olvidarme de quien soy, de quienes somos, de cuál es nuestra esencia compartida que –felizmente- nos une a todos.


 (Nota: Demás está aclarar que las tortugas no son animales domésticos y no deben estar en cautiverio. En mi caso, se trata de una historia que comenzó cuando yo era muy chico. Las circunstancias llevaron a que las cosas sucedieran de este modo; no habiendo, hoy por hoy, otras posibilidades.)

martes, 11 de diciembre de 2012

Crónica de una indignación anunciada


Volvía en el “cole” (101 negro) cuando un simpático –nótese el eufemismo- señor subió y se sentó delante de mí. De repente levanté la vista y pude ver cómo tiraba, hecho un bollito, su boleto por la ventana. Al instante, acaso instintivamente, me indigné; pero no le dije nada. Me quedé pensando en el hecho, que más de una vez me ha tocado presenciar, todas las cuales nunca supe cómo reaccionar. Casi sin proponérmelo, el siguiente diálogo se construyó en mi imaginación, más o menos así:
-Señor, ¿por qué tira el papel a la calle? ¿Qué le costaba guardarlo en un bolsillo y tirarlo al encontrar un tacho de basura?
-¿Y a usted qué le importa?
-¿No se da cuenta de que así perjudica a toda la gente, incluyéndolo a usted mismo?
-No. ¿Por qué?
- Porque tirar basura en la calle es antiestético, antihigiénico y antiecológico. Y además genera mala energía en la gente.
- ¿Por qué?
- Porque una ciudad sucia es fea; la basura en la calle puede contener gérmenes patógenos que se transmiten a las personas; y el acto puede convertirse en un –mal- hábito que se contagie entre la gente: por resentimiento, negligencia o por simple facilitación social. Se tira un papel, una botella, un envoltorio de comida. De esta manera, no sólo se ensucian las ciudades sino los ambientes naturales. Luego, animales mueren enredados en residuos plásticos o atragantados con ellos. Y la gente se mal predispone, se enoja al ver las calles sucias y malolientes; y se enfrenta con –todos- los demás.

Podría prolongar el diálogo –tengo una gran tendencia a la divagación-, pero lo cierto es que en aquel momento terminó ahí; en mi mente, quiero decir. Me pregunto qué me habría respondido el señor luego. Pero más me pregunto si debiera habérselo dicho. Si me corresponde. Y si mi corresponde, si no hay otras maneras más efectivas y eficientes de generar conciencia. Creo que un llamado de atención por parte de un extraño, de un otro, por más respetuoso que sea, la mayor parte de las veces será contraproducente, y generará más broncas que reflexiones. Intuyo que no faltarán oportunidades para averiguarlo...

lunes, 22 de octubre de 2012

Eros vs. Chronos


El tiempo pasa, fluye, corre, y un poco me desespera. No puedo seguirle el ritmo. Salgo a correr, entreno, pero a pesar de mejorar mi resistencia y velocidad, es inútil. Siempre se (me) escapa. ¿Se escapa realmente? ¿Existe, finalmente, el tiempo? ¿Es la famosa cuarta (de no sé cuántas) dimensión del universo postulada por Einstein? ¿Es la categoría kantiana, aquella que -junto con el espacio- concibió el hombre para poder entender el mundo? ¿Es un tiempo absoluto o relativo? ¿O son los “delta” de tiempo, es decir, sus intervalos, los que ciertamente importan, como nos develó una noche, a Guille y a mí, un excéntrico astrónomo en una plaza de Capilla del Monte, mientras yo observaba en su telescopio, por primera vez, los anillos de Saturno? ¿Cuál es la concepción que vale? ¿La filosófica, la física, la psicológica? ¿Todas? ¿Ninguna? Sea como sea, ninguna respuesta parece conformarme, satisfacerme.
A veces pienso que la mejor forma de resolver el problema es reformular la pregunta, la –en el más angustiante sentido de la palabra- inquietud, en otros términos. Mayor pragmatismo, quizá. Entonces, más que preguntar, afirmo: calidad antes que cantidad. Insisto para mis adentros: grabar a fuego. Golpear al tiempo –y esta expresión denota una postura ideológica definida, más o menos consciente, y para bien o para mal de quien suscribe- donde más le duele, donde pierde su razón de ser (algunos piensan, y es muy respetable, que esta razón de ser del tiempo es su mismísima pérdida) o su esencia. Quiero decir, con esos momentos o instantes (¡es imposible escapar al paradigma impuesto por el dios Chronos!) que, parafraseando a Sábato, parecen “detenerse y extenderse” en la eternidad. Vuelvo a caer en sus trampas. No son momentos ni instantes. Son sentimientos. Actitudes. Acciones. Son, en definitiva, amor. Sentido, expresado, dirigido y aplicado. Hacia quien tengo al lado. Hacia el mundo que me rodea. Hacia lo que hago. Pero no un amor ingenuo, baladí; antes bien, madurado y sustentado en fuertes convicción y voluntad. Hablo de alegría, de endorfinas, de entrega (absoluta), de sabiduría, de melodías, de sensibilidad y apertura, de abrazos y miradas, de humildad, de templanza, de serenidad, de gratitud, y hasta de coraje e hidalguía.
Ser y hacer en estos valores permiten –al menos a mí parece funcionarme-  vivir en, con, e incluso más allá, del tiempo. Sin preocuparse por el tiempo; salvo por el mal tiempo, sobre todo si te olvidás el paraguas.