No me creía
capaz de creerme capaz. Y la culpa, la culpa es el cáncer del alma. Y la
soberbia. La soberbia muchas veces es culpable de la culpa. En el otro. La
virtud del hombre reside en que una sola palabra, un solo gesto, pueden reparar
acciones completas, hirientes. Yo lo veo, entre otras cosas, en la amistad.
Basta una mirada para que un amigo se haga querer; y oraciones enteras, para
pelear. Nuevamente una palabra, vínculo encubierto, para perdonar. Para sentir,
hacer prevalecer, el amor. Cae la noche. Gente congregándose al ritmo vital –en
sentido técnico y metafórico- de la música. Los cuerpos se mueven, natural y
espontáneamente. Imagino la sangre bullendo en las venas. Me remonto a un
pasado que no conozco pero imagino, intuyo. Los primeros hombres, danzando al
calor del fuego. Los tambores (o algo parecido) sonando. El vínculo se
estrecha. Está en nosotros. Vuelvo al presente. Viajo nuevamente, pero no en el
tiempo; en el espacio. Tribus aborígenes, en el África y en el Amazonas.
Compartiendo el mismo ritual. Aquí entre edificios de concreto y el asfalto.
Allí entre los árboles y la tierra. Pero la sangre es la misma. El vínculo. Veo
una niña dejándose llevar también. Y un perro bostezando entre la multitud. Y
no es sólo eso. Siento, creo ver, expresamente, nuestro legado animal. Además
creo en el alma. Me siento bien. Celebro, esta noche, el día del inmigrante
libanés. La calle está de fiesta. La gente se ve feliz. Yo me veo feliz. El
vínculo.
sábado, 21 de abril de 2012
miércoles, 14 de marzo de 2012
Pies descalzos, sueños blancos
Pienso que el mundo comenzaría a cambiar radicalmente con tan sólo
erradicar todo tipo de calzado; con tan sólo caminar descalzos.
Comenzaríamos a reconectarnos, directamente, íntimamente, sin
intermediarios -o mejor dicho, barreras-, con la tierra y con La Tierra,
con nuestra naturaleza y con La Naturaleza. Con el tiempo sentiríamos
la necesidad de erradicar el pavimento, el asfalto, y todo tipo de
cobertura -artificial- de nuestro suelo, tan rico y lleno de vida, de
energía, de colores, formas y sustancias. Felizmente (al menos para mí),
no habiendo superficie apropiada para la circulación de los autos, con
el tiempo estas máquinas se irían volviendo obsoletas, perdiendo la
gente gradualmente el interés en ellas, hasta su inexorable extinción.
Desaparecido este becerro de oro moderno, nuestra mente se liberaría (un
poco) y nuestros ojos se alzarían, encontrándose con los de otra
persona, con los de un perro, con un árbol, con un río.
(Escrito esto, vienen a mi mente algunos versos de la canción de Shakira, "Pies descalzos, sueños blancos", y caigo en la cuenta de que tienen mucho en común con este párrafo. Canción que redescubro, sorprendido, y que ostenta una letra rica y profunda, disimulada en el ritmo pegadizo de su melodía. Aquí el link del video del tema, que recomiendo: http://www.youtube.com/watch?v=H0HsoXQKTkE&feature=fvst.)
(Escrito esto, vienen a mi mente algunos versos de la canción de Shakira, "Pies descalzos, sueños blancos", y caigo en la cuenta de que tienen mucho en común con este párrafo. Canción que redescubro, sorprendido, y que ostenta una letra rica y profunda, disimulada en el ritmo pegadizo de su melodía. Aquí el link del video del tema, que recomiendo: http://www.youtube.com/watch?v=H0HsoXQKTkE&feature=fvst.)
lunes, 12 de marzo de 2012
Nueva extensión de la línea K(ant)
“El hombre
como fin; nunca como medio”. Creo haberle dado una vuelta de tuerca más a esta
expresión, una de las varias formas de enunciar el imperativo categórico
kantiano. Y si no es una vuelta de tuerca, al menos me sirvió de inspiración y
disparador para seguir afinando mi cosmovisión, mi metafísica personal, y para de
paso aplacar un poco mis luchas y contradicciones internas (como la, por
momentos despiadada, batalla ente mi ello, mi yo y mi superyó; o la eterna
dicotomía existencial: producción o angustia). Pero esta nueva interpretación
–acertada o no- no tiene tanto que ver con la ética como con nuestra naturaleza
–social- y los frutos que de tal condición (la social) se desprenden. Sin más
preludios, se trata de extender esta declaración de principios
transformándola en una, simple, declaración
de fines: “la relación (social) con los hombres como fin; más no como
cualquier fin, como el fin por antonomasia”.
Así lo
estoy viviendo por estos días. Y así lo estoy sintiendo. Porque, aunque Kant sea el emblema del Iluminismo de la
razón, esta concepción mía, neonata o en vías de desarrollo, surge de un
sentimiento, de una necesidad, acaso de un instinto, muy fuertes, más que de un
trabajo racional, lógico-deductivo, intelectual. Claro que la razón ayuda a darle
forma a esta materia, entre abstracta
y visceral -una paradoja que tiene sentido y, más aún, da fuerza al argumento
(segunda contradicción), pues ésta es propia de la vida, de lo vivo, de lo
pasional-, y aquí reconozco saberme influenciado, enhorabuena, por mis ideas,
y/o creencias, previas (¿tercera contradicción?) de una naturaleza que nos
abraza a todos por igual, de una comunión con el mundo, pero también de que una
energía particular, léase espíritu o alma, subyace a toda ella y a todos
nosotros (¿cuarta contradicción, descarrilamiento total, o un dualismo posible?).
No obstante, y sin lugar a dudas, la esencia
de la afirmación huele a frescura, a pureza, a inocencia, y florece
espontáneamente, de la manera más natural; como los lazos de amor y amistad
entre las personas.
jueves, 23 de febrero de 2012
Sobre lo inútil de ser neutral
Tincho, me obligás
a reflexionar sobre por qué es inútil -o, quizá, me arriesgaría a decir, no
ético (ver más adelante)- ser neutral; qué nos motiva a no serlo y qué nos
incita a sí serlo (interrogante número 1). La verdad es genial que nos
incomodes con estos interrogantes, siempre apuntando a que la reflexión nos
lleve a ser un poquito mejor cada día. Es una pregunta difícil, a mi entender,
aunque superficialmente vista parezca una obviedad. Y creo que puede
responderse desde diversos lugares; algunos más racionales, otros más
emocionales y hasta espirituales.
Personalmente (sin
indagar demasiado por "falta de tiempo" ;) pienso que la empatía juega un rol importante, ya que
en uno de los escenarios donde más se pone en juego -y en tela de juicio- la
neutralidad es en las relaciones humanas. Nuestra estrecha vinculación
emocional con los demás -forjada por las fuerzas de la evolución, dado que
somos una especie estrictamente social- nos lleva a sentirnos afectados por los estados emocionales
del otro, por lo que, desde este punto de vista, difícilmente uno pueda
mantenerse –o sentirse- neutral.
Desde el más básico contagio emocional
hasta las formas más complejas de compasión,
siempre nos veremos afectados por el estado del otro. Creo que las emociones y
motivaciones subyacentes son tan fuertes, que luego se extrapolan a problemas
inherentes a los animales, las plantas, la ecología, el planeta. Y llegado a
este punto se me plantea un nuevo interrogante (el número 2). ¿Existe alguna
clase de problemas, donde se ponga en juego nuestra neutralidad, que no tenga
que ver con los seres vivos? (Y con sus relaciones con otros sujetos –vivos- y con su medio ambiente –entendido en el
amplio sentido de la palabra-). ¿Se plantea el dilema de la neutralidad en
problemas de índole estrictamente “abiótica”? Por ejemplo, ¿tiene sentido
plantear la pregunta “por la opinión
acerca de la calidad de un auto o por la belleza de una construcción arquitectónica”
en términos de neutralidad? ¿Será
entonces que la cuestión de la neutralidad sólo tiene sentido entendida como
una postura ética y moral? Y finalmente, entonces (interrogante número 3),
podemos inferir y concluir que la
moralidad tiene una estrecha -acaso exclusiva- relación con nuestra biología?
Relación que podría remontarse a sus raíces, llegando así a la postura
planteada y compartida por muchos, de que somos seres morales, altruistas,
cooperativos y sociales por naturaleza;
en contraposición a la concepción de los teóricos
de la capa, como Rousseau, Hobbes, Huxley (apodado “el bulldog de Darwin”
por haber sido un férreo defensor de sus teorías, y que, paradójicamente, sobre
este tema, sostuvo una postura contraria a estas teorías) o Richard Dawkins
(autor del “célebre” libro El gen egoísta),
quienes conciben la moralidad humana como un artificio cultural, creado para hacer
posible la convivencia y la coexistencia, pese a nuestras tendencias “malvadas
y egoístas”.
Ahora, si por
nuestra naturaleza somos seres morales, no-neutrales,
¿cómo es que (interrogante número 4), sin embargo, muchas veces nos compartamos como si no lo
fuéramos, incluso haciendo gala de nuestra aptitud de buenos “esquivadores”?
¿Tendrá que ver aquí la irrupción de
nuestra alabada racionalidad, cualidad
admirable si se la emplea
adecuadamente y con fines loables, pero peligrosa cuando mal utilizada?
Me he permitido
discurrir –o siendo sincero, divagar- reflexionando sobre el problema de lo inútil de ser neutral, pero creo que de
eso se trata, al menos en parte, la posibilidad de intercambiar ideas: de
enriquecernos mutuamente, de ser catalizadora de nuevas respuestas, o para
muchos, más importante aún, nuevas preguntas. Hoy me surgieron como cuatro.
Gracias Martín.
martes, 21 de febrero de 2012
Cómo viajar en el tiempo sin gastar un peso
El hecho de haber
tenido que caminar por el (macro)centro de la ciudad (de Rosario), a las 8:15
de la mañana, un día martes, feriado y parte de un fin de semana largo de
cuatro días (la razón: los carnavales de febrero), me hizo redescubrir parte de
la ciudad. Dado que no había mucho para ver, ni autos, ni gente, ni siquiera perros
(bueno, sí, había una gran aglomeración de canes frente a la vieja Maternidad
Martin, pero eran una excepción; el séquito de una de esas -respetables-
mujeres que siempre se encuentran en una ciudad cosmopolita, paseando con gran
amor y dedicación a sus amigos cuadrúpedos, quienes parecen ser, lamentablemente,
su única compañía en la vida), y sumado a la circunstancia de que debía caminar
despacio para “hacer tiempo” (¡triste ironía del destino! ¡yo teniendo que
hacer tiempo! ¡yo que siempre ando renegando y hasta mendigando por un poco de
tiempo extra!), me vi obligado a pasear
observando –con detenimiento- las casas y los edificios –pero sobre todo las
casas, y algunos edificios viejos- circundantes. Construcciones por las que
habitualmente paso pero que, sin embargo, me resultaban completamente
desconocidas.
Así fue que tuve mi
viaje de fin de semana largo. Duró unos veinte minutos de ida y unos diez de
vuelta (a la ida tenía que hacer tiempo), tuvo una extensión de doce cuadras
(seis y seis; volví por calles diferentes a las de la ida) y un costo meramente
energético (costo que recuperaría luego, alfajor de maicena mediante), sin
gastar dinero alguno. Me encontré con una ciudad diferente, desconocida, y por
qué no, mágica. Me maravillé y deleité con una arquitectura delicada, compleja,
de fachadas ricas en detalles y ornamentaciones; muy diferentes de las
edificaciones modernas, construidas bajo el paradigma minimalista (o algo así;
no soy un entendido del tema, pero tengo un amigo a quien le apasiona la
arquitectura, y especialmente la moderna), que será muy funcional, sí, pero cuyo
sentido estético –para mi gusto- deja mucho que desear. (Re)descubrí,
sorprendido, casas enteras, o parte de ellas; encontré algunas más bellas de lo
habitual y otras más feas. Encontré nuevos locales comerciales y sedes casi centenarias
de antiguas instituciones -como la Sociedad de Pediatría de Rosario- a la
vuelta, a escasos metros de mi casa. Y hasta pude reparar en las magníficas
esculturas que algunas construcciones emblemáticas de la ciudad ostentan. Entre
ellas, la majestuosa auriga que sobresale guiando su carro tirado por cinco
caballos, por encima de los árboles (vista desde la Plaza San Martín), en la ex
Jefatura de Policía, actual Sede de Gobierno Provincial. Y cómo no mencionar
la mansión de la Fundación Josefina
Prats, con sus vitrales, sus fuentes custodiadas por querubines y sus jardines
(y sus mitos y leyendas). Aunque, resulta necesario admitir que, lugares como
estos últimos, difícilmente pasen desapercibidos.
Pero acaso lo más
increíble haya sido la posibilidad de viajar no sólo en el (acotado) espacio
sino también en el (dilatado) tiempo. Porque las diferentes edificaciones corresponden a
distintos estilos, inherentes a distintas épocas. Desde las más barrocas y
coloniales hasta las actuales cajas blancas. Y resulta extraordinariamente
sugestivo y cautivador jugar a imaginarse cómo habrá sido la ciudad (Rosario),
su gente y su estilo de vida, en cada una de las diferentes épocas, y cómo
habrán sido las sucesivas transiciones que culminaron en la miscelánea
fisonomía actual. Jugar a ser una especie de arqueólogo o antropólogo, quizá de
eso se trate; y quizá sea la forma más económica de viajar en el tiempo.
lunes, 30 de enero de 2012
(Una muy humilde reflexión) Acerca de la naturaleza humana
Estoy cansado de leer y escuchar a intelectuales que, como
Nietzsche, Freud, Dawkins (por mencionar a algunos de los más populares, los
que me vienen a la mente; pero hay muchos y contemporáneos), soberbiamente, se
jactan por un lado de su ateísmo y, por otro, se vanaglorian de “comprender” la
naturaleza malvada y egoísta del ser humano. ¿De dónde sale esta vil condición?
Si dan –ellos- por sentado que no intervino dios alguno en la existencia del
mundo (y transitivamente, en la del hombre) debemos entonces nuestros viles –de
nuevo, según ellos- instintos a nuestras raíces animales; siempre ingenuamente –o
tal vez no tanto- emparentadas con la bestialidad más despiadada. Pero sucede
que la naturaleza no es así y que –asumiéndonos “descendientes del mono”-
nuestros parientes más cercanos (y los lejanos también) nos muestran, aquí y allá,
constantemente, que evolucionaron y lograron tener éxito gracias a
comportamientos cooperativos, gregarios, altruistas; y gracias a la formación
de vínculos estrechos con otros individuos. Esta condición no anula, ni
pretende hacerlo, tendencias competitivas y agresivas, que también son parte de
nuestra naturaleza, pero que de ningún modo la determinan. Llegamos entonces a
un callejón sin salida. Si no somos justos y rectos (buenos) dado que no somos creaturas
de Dios; pero tampoco podemos ser
bestias crueles y egoístas (malos) debido
a la herencia del mundo animal, ya que su naturaleza no es tal, ¿en qué “categoría
ontológica” han de ubicar al ser humano, estos señores, para justificar su
inmoralidad?
Parafraseando a un gran amigo: la soberbia de pensarse sin
un ser, un Dios, superior a uno (podría reformularse: de pensarse el ser superior) está hecha de la misma
substancia que la soberbia de pensarse el único sabio y valiente (acaso, héroe)
que re-conoce y enfrenta la realidad de una condición humana horrorosamente
infame, abyecta.
domingo, 8 de enero de 2012
¡Marti, Marti!
La primera vez que "sentí que sentí" que era Uno con el mundo, que sentí la plenitud del ser y del universo todo, no fue gracias a Heidegger, ni por meditar y recitar el mantra “Hare Krishna” con Harrison, ni por encontrar el Aleph de Borges; fue porque tomé la mano de un monito capuchino, o mejor dicho, él me la tomó a mí.
No importan las circunstancias; sólo importa aquel momento inolvidable, aquella sensación inigualable, acaso irrepetible. ¡Marti, Marti! le decía tiernamente –tal era el diminutivo de su nombre, Martín- mientras él jugaba a tironearme la mano, me hacía gestos con su rostro extraordinariamente expresivo, o se deleitaba comiéndose un caracol (o, en sus días de suerte, algún aventurado gorrión que osaba penetrar en sus aposentos). Su mirada era penetrante y conmovedora. Su cuerpo fibroso (así son los animales en general, cuando sanos); su pelaje pardo. Creo que me consideraba su amigo –yo por mi parte así lo sentía- y en algunas –excepcionales- ocasiones, compartió conmigo su insigne ritual de acicalamiento. No sé si él simulaba sacarme piojillos, para hacerme sentir bien, aceptado; o si realmente los encontraba. Yo hacía lo propio simulando comer los parásitos que de su brazo “sacaba”. Eran encuentros inocentes, genuinos, naturales, vitales. Si pasaba un tiempo sin verlo, él no se olvidaba de mí; por el contrario, me recibía con gritos aturdidores, desde lo lejos, ni bien se percataba de mi presencia.
Hace mucho que no te veo ¡Marti, Marti! ¡Tanta agua corrió bajo el puente desde entonces! ¡Tanto tuviste que ver vos con ella! ¿Estarás allí aún, presto a jugar conmigo, amigo?
No importan las circunstancias; sólo importa aquel momento inolvidable, aquella sensación inigualable, acaso irrepetible. ¡Marti, Marti! le decía tiernamente –tal era el diminutivo de su nombre, Martín- mientras él jugaba a tironearme la mano, me hacía gestos con su rostro extraordinariamente expresivo, o se deleitaba comiéndose un caracol (o, en sus días de suerte, algún aventurado gorrión que osaba penetrar en sus aposentos). Su mirada era penetrante y conmovedora. Su cuerpo fibroso (así son los animales en general, cuando sanos); su pelaje pardo. Creo que me consideraba su amigo –yo por mi parte así lo sentía- y en algunas –excepcionales- ocasiones, compartió conmigo su insigne ritual de acicalamiento. No sé si él simulaba sacarme piojillos, para hacerme sentir bien, aceptado; o si realmente los encontraba. Yo hacía lo propio simulando comer los parásitos que de su brazo “sacaba”. Eran encuentros inocentes, genuinos, naturales, vitales. Si pasaba un tiempo sin verlo, él no se olvidaba de mí; por el contrario, me recibía con gritos aturdidores, desde lo lejos, ni bien se percataba de mi presencia.
Hace mucho que no te veo ¡Marti, Marti! ¡Tanta agua corrió bajo el puente desde entonces! ¡Tanto tuviste que ver vos con ella! ¿Estarás allí aún, presto a jugar conmigo, amigo?
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

