martes, 21 de febrero de 2012

Cómo viajar en el tiempo sin gastar un peso


El hecho de haber tenido que caminar por el (macro)centro de la ciudad (de Rosario), a las 8:15 de la mañana, un día martes, feriado y parte de un fin de semana largo de cuatro días (la razón: los carnavales de febrero), me hizo redescubrir parte de la ciudad. Dado que no había mucho para ver, ni autos, ni gente, ni siquiera perros (bueno, sí, había una gran aglomeración de canes frente a la vieja Maternidad Martin, pero eran una excepción; el séquito de una de esas -respetables- mujeres que siempre se encuentran en una ciudad cosmopolita, paseando con gran amor y dedicación a sus amigos cuadrúpedos, quienes parecen ser, lamentablemente, su única compañía en la vida), y sumado a la circunstancia de que debía caminar despacio para “hacer tiempo” (¡triste ironía del destino! ¡yo teniendo que hacer tiempo! ¡yo que siempre ando renegando y hasta mendigando por un poco de tiempo extra!), me vi obligado a pasear observando –con detenimiento- las casas y los edificios –pero sobre todo las casas, y algunos edificios viejos- circundantes. Construcciones por las que habitualmente paso pero que, sin embargo, me resultaban completamente desconocidas.

Así fue que tuve mi viaje de fin de semana largo. Duró unos veinte minutos de ida y unos diez de vuelta (a la ida tenía que hacer tiempo), tuvo una extensión de doce cuadras (seis y seis; volví por calles diferentes a las de la ida) y un costo meramente energético (costo que recuperaría luego, alfajor de maicena mediante), sin gastar dinero alguno. Me encontré con una ciudad diferente, desconocida, y por qué no, mágica. Me maravillé y deleité con una arquitectura delicada, compleja, de fachadas ricas en detalles y ornamentaciones; muy diferentes de las edificaciones modernas, construidas bajo el paradigma minimalista (o algo así; no soy un entendido del tema, pero tengo un amigo a quien le apasiona la arquitectura, y especialmente la moderna), que será muy funcional, sí, pero cuyo sentido estético –para mi gusto- deja mucho que desear. (Re)descubrí, sorprendido, casas enteras, o parte de ellas; encontré algunas más bellas de lo habitual y otras más feas. Encontré nuevos locales comerciales y sedes casi centenarias de antiguas instituciones -como la Sociedad de Pediatría de Rosario- a la vuelta, a escasos metros de mi casa. Y hasta pude reparar en las magníficas esculturas que algunas construcciones emblemáticas de la ciudad ostentan. Entre ellas, la majestuosa auriga que sobresale guiando su carro tirado por cinco caballos, por encima de los árboles (vista desde la Plaza San Martín), en la ex Jefatura de Policía, actual Sede de Gobierno Provincial. Y cómo no mencionar la mansión de  la Fundación Josefina Prats, con sus vitrales, sus fuentes custodiadas por querubines y sus jardines (y sus mitos y leyendas). Aunque, resulta necesario admitir que, lugares como estos últimos, difícilmente pasen desapercibidos. 

Pero acaso lo más increíble haya sido la posibilidad de viajar no sólo en el (acotado) espacio sino también en el (dilatado) tiempo. Porque las diferentes edificaciones corresponden a distintos estilos, inherentes a distintas épocas. Desde las más barrocas y coloniales hasta las actuales cajas blancas. Y resulta extraordinariamente sugestivo y cautivador jugar a imaginarse cómo habrá sido la ciudad (Rosario), su gente y su estilo de vida, en cada una de las diferentes épocas, y cómo habrán sido las sucesivas transiciones que culminaron en la miscelánea fisonomía actual. Jugar a ser una especie de arqueólogo o antropólogo, quizá de eso se trate; y quizá sea la forma más económica de viajar en el tiempo.

2 comentarios:

  1. Muy bueno Dani, me pasa exactamente eso, en Rosario y en Buenos Aires. Sobre todo, ahora que han hecho sacar toldos y carteles que tapan la arquitectura.

    Y la arquitectura moderna... bueh... una porquería jeje

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  2. Muy bueno Dani, al igual que vos no conozco mucho de arquitectura y mucho menos que menos de estetica, simplemente disfruto lo que me gusta, pero me ha pasado muchas veces "descubrir" un lugar por el que pase cientos de veces simplemente cambiando de vereda o prestando un poco mas de atencion al paisaje urbano. Parece que es un mal de estos tiempos el mirar sin ver lo que nos rodea....

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