miércoles, 25 de julio de 2012

Kinesioterapia



Qué experiencia loca y “cortazariana” sufrir de repente una lesión en la rodilla y tener que comenzar sesiones de kinesioterapia, cosa que nunca había hecho en la vida. Levantarme más temprano y acostarme proporcionalmente  antes de lo habitual (o no, y sufrir las consecuencias del cansancio al día siguiente). Comenzar una rutina diaria de magnetoterapia, ultrasonido y ejercicios, gradualmente más larga y exigente respecto de los últimos. Conocer gente nueva; las secretarias, que te abren y cierran la puerta de entrada al llegar y al retirarte, y te preguntan tu apellido para anunciárselo al kinesiólogo pertinente (Sergio, en mi caso), quien a los pocos minutos aparece por el espacio que divide la sala de espera de las camillas y los aparatos para hacer ejercicios y te invita -interrumpiéndote lecturas anacrónicas sobre el furor de Messi antes del mundial de Alemania (¡las maravillas que ya se decían de él!, ¡si hubieran podido saber lo que sería después, ahora!) o la rememoración de los 50 años desde que los Rolling Stones tocaron por primera vez- a pasar del otro lado; los pacientes, algunos de los cuales se van volviendo familiares, y uno siente una cosa extraña cuando de repente un día deja de verlos sabiendo que no volverá a hacerlo, y sabiendo que un día le tocará a uno mismo dejar de ser visto por los demás (por suerte eso todavía no ha ocurrido). Y todo eso, para de golpe –a esta altura ya puedo decir que estoy cerca; sólo me queda un día de rehabilitación, ¡un día!- convertirse en el paciente que no se verá más por allí, porque debió volver a su antigua rutina, la de levantarse y desayunar para ir derechito al trabajo. Y entonces aparece el riesgo, el miedo. Extrañar la rutina de la rodilla, cada detalle de ella. Un llamado, ubicarse en la camilla, ultrasonido, charla amena con Sergio  (principalmente sobre el avance en la recuperación, pero también sobre trabajo, literatura –Cortázar: pocas veces, acaso ninguna, he leído un cuento tan mágico, tan visceral y tan dulce, como “La señorita Cora”- y el frío), magnetoterapia, y como acá me quedo sólo, leer; luego sacarse la modorra en la que tibia y mansamente uno ha entrado, comenzar los ejercicios físicos, sentadillas, cuádriceps, gemelos, de vez en cuando lindos goles en el televisor del gimnasio; y finalmente saludar (a veces estirar antes), y salir al mundo con un hambre voraz, de desayuno y de vida. Se acentúa el miedo, el riesgo de vivir anhelando volver a estar ahí, esperando ser llamado para entrar a la kinesioterapia, esperando y deseando una nueva lesión que te devuelva a ese cálido y confortable mundo de kinesiólogos, pacientes y secretarias. Tengo que apurarme y terminar de escribir esto, terminar antes de que sea mañana, y me haya invadido la angustia.


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