Qué experiencia loca y “cortazariana” sufrir de repente una
lesión en la rodilla y tener que comenzar sesiones de kinesioterapia, cosa que
nunca había hecho en la vida. Levantarme más temprano y acostarme
proporcionalmente antes de lo habitual (o
no, y sufrir las consecuencias del cansancio al día siguiente). Comenzar una
rutina diaria de magnetoterapia, ultrasonido y ejercicios, gradualmente más
larga y exigente respecto de los últimos. Conocer gente nueva; las secretarias,
que te abren y cierran la puerta de entrada al llegar y al retirarte, y te
preguntan tu apellido para anunciárselo al kinesiólogo pertinente (Sergio, en
mi caso), quien a los pocos minutos aparece por el espacio que divide la sala
de espera de las camillas y los aparatos para hacer ejercicios y te invita -interrumpiéndote
lecturas anacrónicas sobre el furor de Messi antes del mundial de Alemania (¡las
maravillas que ya se decían de él!, ¡si hubieran podido saber lo que sería después,
ahora!) o la rememoración de los 50 años desde que los Rolling Stones tocaron
por primera vez- a pasar del otro lado; los pacientes, algunos de los cuales se
van volviendo familiares, y uno siente una cosa extraña cuando de repente un
día deja de verlos sabiendo que no volverá a hacerlo, y sabiendo que un día le
tocará a uno mismo dejar de ser visto por los demás (por suerte eso todavía no
ha ocurrido). Y todo eso, para de golpe –a esta altura ya puedo decir que estoy
cerca; sólo me queda un día de rehabilitación, ¡un día!- convertirse en el
paciente que no se verá más por allí, porque debió volver a su antigua rutina,
la de levantarse y desayunar para ir derechito al trabajo. Y entonces aparece
el riesgo, el miedo. Extrañar la rutina de la rodilla, cada detalle de ella. Un
llamado, ubicarse en la camilla, ultrasonido, charla amena con Sergio (principalmente sobre el avance en la
recuperación, pero también sobre trabajo, literatura –Cortázar: pocas veces, acaso
ninguna, he leído un cuento tan mágico, tan visceral y tan dulce, como “La
señorita Cora”- y el frío), magnetoterapia, y como acá me quedo sólo, leer;
luego sacarse la modorra en la que tibia y mansamente uno ha entrado, comenzar
los ejercicios físicos, sentadillas, cuádriceps, gemelos, de vez en cuando
lindos goles en el televisor del gimnasio; y finalmente saludar (a veces
estirar antes), y salir al mundo con un hambre voraz, de desayuno y de vida. Se
acentúa el miedo, el riesgo de vivir anhelando volver a estar ahí, esperando
ser llamado para entrar a la kinesioterapia, esperando y deseando una nueva
lesión que te devuelva a ese cálido y confortable mundo de kinesiólogos,
pacientes y secretarias. Tengo que apurarme y terminar de escribir esto, terminar
antes de que sea mañana, y me haya invadido la angustia.
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