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| ¿Salto cualitativo? |
De repente
recordé, con algo de gracia, el argumento “de
que está en nuestra naturaleza y en nuestro instinto” esgrimido por muchos
para justificar la infidelidad o sus sensatos
ataques en contra de la “construcción cultural” del amor. (También se lo
usa, y también absurdamente, para intentar justificar nuestra pretendida
naturaleza maligna y abyecta, según la manera hobbesiana y freudiana de ver una
sola cara de la moneda.) ¡Pobre biología –reflexioné-, agraviada tan
impunemente! Porque pocas cosas hay –si las hay- más puras y genuinas que el
instinto y la inocencia animal. Entonces me pregunté si sabrán y tendrán
presente el hecho de que somos la única especie del Planeta que -usando
términos técnicos y libres de todo “romanticismo barato e ingenuo”- copula de frente (bueno, con excepción
de los bonobos, tan parientes nuestros como los chimpancés, pero más sexuales y
pacifistas). Podrá pasar inadvertido en un primer momento, pero basta pensar un
poco en ello para darse cuenta de la trascendencia de esta particularidad. Al
copular de frente, los miembros de la pareja pueden mirarse a la cara, a los
ojos; ser testigos y partícipes de los intensos sentimientos experimentados por
su pareja, en aquel momento de intimidad y confianza casi absolutas, afianzando
sobremanera el vínculo que los une. Incluso los rasgos físicos del otro se
afianzan en la memoria, se singularizan, se vuelven únicos. Y es que el Homo sapiens, a diferencia de otros
primates, era de dieta mayoritariamente carnívora, y necesitaba de la cooperación
de sus compañeros para salir a cazar y tener éxito, a la vez que una mujer que
cuidara de sus hijos y no fuera motivo de competencia y discordia entre los
cooperantes. Tales circunstancias habrían alentado (y moldeado) la evolución y afirmación
de tendencias monogámicas en nuestra especie.
Sí podría
concebir al amor como una construcción cultural, en el siguiente sentido. Todos
los animales sociales forman estrechos vínculos entre los miembros de su grupo,
se preocupan por el otro y cooperan para alcanzar objetivos comunes; pero el
hombre probablemente sea el único capaz de tomar conciencia plena de ello y de
articular un lenguaje que le permita hacer de esa realidad una elección, atribuyéndole a esta última un
sentido, un sentido por y para el qué vivir.
Entonces,
quizá el hombre sí haya dado un salto cualitativo respecto de los demás
primates después de todo. Quizá dicho salto consista en haberse convertido en un
mono teleológico.
Nota: Debo
aclarar que, aunque no desarrollado aquí, mi concepción del amor va más allá de
la ciencia, hallando su principal sustento en el vínculo espiritual y en una
elección activa, libre y conciente de la búsqueda del bien común, para el otro y con el otro.
Muy interesante la interpretación desde el cooperativismo del amor.
ResponderEliminarMuy buen post Dani, creo que no podemos afirmar que el ser humano es infiel por naturaleza, pero tampoco me parece valida la afirmacion contraria. Si dudas nuestra ¿racionalidad? y nuestra cultura se superponen con nuestros instintos y es muy dificil poder separarlos, mas aun en nuestra particular forma de relacionarlos y especialmente en lo que nosotros llamamos amor
ResponderEliminarGracias chicos. Sí, yo comulgo con la idea de que somos un todo perfectamente integrado; instinto y cultura. Somos nuestra herencia y nuestro entorno, y -en última instancia- lo que elegimos, libremente, hacer con ellos.
ResponderEliminarHola Daniel. Ya comenté un artículo tuyo “De la primatología a la psicología”. Me parece muy valioso este planteo, o camino que estás haciendo desde lo “biológico” (tan atacado en nuestro ambiente académico) para encontrarle un sentido -creo entender- a la vida, saliéndote de los parámetros habituales.
ResponderEliminarSobre lo que decís de un “mono teleológico” entiendo, por lo que veo en tu artículo, que con teleología te referís a la búsqueda de fines, de propósitos. Yo prefiero no utilizar la palabra “teleología” porque se la suele referir a los fines “externos”. La teleología comienza con Aristóteles, que fue muy inteligente para resolver esta cuestión del Ser estático versus el cambio permanente. Lo resolvió proponiendo una causa final, o una diferencia entre sustancia y forma, cuestionando el modelo platónico donde las ideas son realmente un mundo aparte. Pero el problema es que Aristóteles no pudo evitar poner la causa afuera, en su motor inmóvil, que luego fue tomado por la Iglesia (a través de Sto. Tomás) para justificar la existencia de Dios. En la biología, creo entender, que aplicar una teleología o teleonomía nos llevaría a pensar que la evolución tiene un “propósito” más allá de ella misma –vos debés saber más de esto que yo. La evolución no persigue fines. Me gusta la idea de no finalidad, de que el ser humano es simplemente porque tiene que seguir siendo, según Henri Laborit. ¿Lo leíste? Era psicólogo, biólogo, etólogo y filósofo. Pero me gusta más Maturana porque hay una especie de finalidad interna, sí hay una identidad, un poder ser uno mismo, autónomo y autogenerado. Creo que hay muchos aspectos de la filosofía, tal como la plantean algunos autores, y de la antropología que te pueden interesar. (sigo en otro comentario)
Siempre que se habla de lo humano, para explicar qué es lo humano, se lo compara con el prototipo imperante de aquello que no lo es, el animal, la máquina. Cuando entendemos que lo humano no es el “cuerpo humano” sino lo cultural (y algo más), es mucho más difícil encontrar sus límites, pero hoy es muy importante que lo hagamos. Que sigamos buscando qué es lo que nos hace ser mas humanos, y el término “más” indica que hay grados de humanidad. Se puede ser más humano o menos humano. Cuando hay grados hay factores, sustancias, que te inclinan para un lado o el otro. Hay que encontrarlos. Hay que producir tecnologías y saberes que los sostengan, que los hagan fuertes para que no se diluyan totalmente. Es decir, para ser humanos felices. Aunque la palabra ‘feliz’ parezca ingenua como la palabra amor. El amor no es un concepto científico. No es el apego, no es la emoción, no es la libido.
ResponderEliminarYo por mi parte, profundizando en el concepto de “viviente” he descubierto, en clases de filosofía en Humanidades, que este concepto tenemos que rastrearlo a la época de la Physis de los milesios, que hubo una época en que el ser humano, ya no un primate ni un homínido, contemplaba la naturaleza sin poner cortes ni distancias a su observación, no separándose de su objeto. Esta lógica del mundo de los Jonios, proveniente de la Physis, no es la lógica moderna sino una lógica diferente donde la naturaleza y la razón no están divididas. La física de los Jonios no es una física de partículas muertas como la concebimos actualmente, incluso al hablar de fisiología (la fisiología aplica las leyes de la física -de la materia inerte- a lo viviente.). Los Jonios contemplaban la naturaleza en lo cotidiano, simplemente la veían, no se apartaban para objetivar, ni se auto observaban “observando”, no colocaban su objeto a la distancia, no lo dividían en partes, tenían experiencias pero no experimentaban (en entornos artificiales cerrados controlando variables). Deberíamos tener una visión más crítica hacia Parménides, Platón y Aristóteles, y explorar un poco más el camino abierto por una filosofía no hegemónica, poco estudiada y a veces distorsionada, como es el caso de los Sofistas o los Pirrónicos. Estuve leyendo a Ángel Cappelletti, en sus Notas de Filosofía Griega, él hace referencia a una “filosofía biológica”, habla –se atreve- a postular un concepto de lo biológico del ser humano, un concepto filosófico de lo “viviente”, es muy interesante. Si te interesa te paso referencias bibliográficas. Saludos. Vero
Hola Vero, antes que nada, muchísimas gracias por tomarte el tiempo para comentar tan extensamente, y enriquecer así, esta nota; y también -aprovecho la oportunidad para decírtelo- por tu carta en respuesta a mi artículo sobre "Primatología y Psicología". Efectivamente, cuando hablo de "mono teleológico", lo hago en alusión a nuestra capacidad -interna- de establecer fines y atribuir sentidos a nuestras acciones y a nuestras vidas; es más un juego de palabras que un conceptualización rigurosa. No he leído a Laborit, sólo he visto la película "Mi tío de América" (me gustó en su momento, hace varios años, por su originalidad, pero debería volver a verla en la actualidad para dar una opinión válida), y creo haber oído hablar de Maturana. Todos los conceptos que me comentás me resultan más que interesantes, en especial aquellos referidos a una "filosofía biológica". Y desde ya que me gustaría que me pases referencias bibliográficas. Saludos y gracias nuevamente!
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