Pretendemos
que haya trabajo, salud, educación, seguridad –en definitiva, que el país marche
(bien) en términos socio-económicos- pero nos quejamos de que no podemos
importar tal o cual “producto” y no
nos queda otra que comprar las porquerías que hacen en Argentina (porque lo de
afuera –por definición- siempre es mejor). ¿Cómo puede hacer un país para
crecer y no estancarse si se limita a “generar” ganancias sólo a través de la
venta de materias primas, –que, dicho sea de paso, son propiedad de una minoría-?
¿Cómo vamos a tener una industria de calidad si siempre la menospreciamos y
elegimos la foránea? Porque para mejorar se necesitan recursos; los cuales no
florecen del suelo como –sólo por el momento- el petróleo. Se trata de un
proceso dinámico. Es como el típico bar que insiste en pedir, en carácter de “excluyente”,
mozos con experiencia. ¿Cómo podría
uno tenerla si nunca se puede entrar en el mercado laboral? Es un círculo
vicioso y cerrado herméticamente. ¿Y cómo podemos pedir seguridad cuando
nosotros, día a día, arrebatamos y hasta dejamos agonizando la dignidad y la
confianza de nuestra gente más cercana? Y casi sin darnos cuenta. A veces
pedimos mucho para lo poco que damos. O resulta que levantar torres junto al
río es descabellado, pero tirar el pucho o el boleto inútil en la calle no lo
es; quizá hasta algunos crean que es un acto patriótico. Y ¡ay! de pretender
trabajar menos o ganar más. Los que lo hacen –unos vagos desagradecidos- quizá ignoran
el ejército de pobres que hay detrás, a la espera de una oportunidad para
empeñar su amor propio. ¡Y por mucho menos! Y qué fácil es inventarnos un chivo
expiatorio: si no es el gobierno deben ser los negros de m… A veces pareciera
que nos esforzamos por obtener el mote de “seres
viles y egoístas”. Por suerte, muchos –sí, muchos- demuestran, en cada momento y en cada
lugar, que otro camino es posible. Y entonces mi esperanza permanece intacta.
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