Corrían las
siete de la tarde cuando mi partido
comenzó. Digo mi partido, porque yo me
jugaba más que una victoria en el fútbol. Prácticamente desde el primer
día venía perdiendo todos mis
partidos. Sí, todos. El ganador no era otro que el perdedor mismo; es decir, yo. Había utilizado todo tipo de
recursos, tácticas y estrategias para salir victorioso. Pero casi siempre en
vano. Cambiaron los equipos, los jugadores, las camisetas, las medias altas,
las medias bajas, los resultados. Curiosamente en la cancha casi todos eran empates. No sé si porque éramos muy
buenos, o muy malos. Pero en mi
cancha –que más que verde, era negra- todas eran derrotas. No sé por qué me
costaban tanto esos partidos. Lo más gracioso es que los sábados todo era
diferente. Ahí era un Messi en mis encuentros. Pero sólo ahí. Luego volvía,
irremediablemente, a las ligas menores de mi preciada psique. Pero hoy todo comenzó de manera diferente. Un poco más
rojinegro, las medias bajas, los amigos cerca. Y la charla previa de Mauri. No
tanto por lo que dijo –que fue muy importante y atinado- sino porque me lo dijo. La calidez en la cancha crecía
y era mucha pese a las bajas temperaturas. Jugadas, goles (míos no; no entiendo
por qué no se me dan acá, cuando sí allá; jugadas idénticas, o en esencia, muy
distintas entre sí), corridas extenuantes a la vez que estimulantes, y el palo. Como la montaña no iba a Mahoma,
yo fui al palo. Y cómo fui. Finalizaba un
partido para mí, pero otro
continuaba. Otro en el que por fin estaba saliendo victorioso. Y en esos
últimos minutos, la cosa terminó en goleada. El afecto y la contención de todos
mis compañeros y amigos, la preocupación sincera, los chistes. El perfume y los
colores de una flor, la noche invernal en la ciudad, los taxis, la paz de un
sanatorio tranquilo, los rayos X, la increíble remontada del Mineiro, y el
diagnóstico feliz: la placa no muestra
nada; en unos diez días podrás volver a jugar. Y desde entonces, apenas
unas horas, espero ese momento. Volver a jugar
a la pelota con los chicos y seguir
superando a ese rival tan talentoso, con actitud, voluntad y esfuerzo. Emular a
Leo, al menos con mi carácter.
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