jueves, 25 de julio de 2013

Todos los caminos conducen al Otro

Corrían las siete de la tarde cuando mi partido comenzó. Digo mi partido, porque yo me  jugaba más que una victoria en el fútbol. Prácticamente desde el primer día venía perdiendo todos mis partidos. Sí, todos. El ganador no era otro que el perdedor mismo; es decir, yo. Había utilizado todo tipo de recursos, tácticas y estrategias para salir victorioso. Pero casi siempre en vano. Cambiaron los equipos, los jugadores, las camisetas, las medias altas, las medias bajas, los resultados. Curiosamente en la cancha casi todos eran empates. No sé si porque éramos muy buenos, o muy malos. Pero en mi cancha –que más que verde, era negra- todas eran derrotas. No sé por qué me costaban tanto esos partidos. Lo más gracioso es que los sábados todo era diferente. Ahí era un Messi en mis encuentros. Pero sólo ahí. Luego volvía, irremediablemente, a las ligas menores de mi preciada psique. Pero hoy todo comenzó de manera diferente. Un poco más rojinegro, las medias bajas, los amigos cerca. Y la charla previa de Mauri. No tanto por lo que dijo –que fue muy importante y atinado- sino porque me lo dijo. La calidez en la cancha crecía y era mucha pese a las bajas temperaturas. Jugadas, goles (míos no; no entiendo por qué no se me dan acá, cuando sí allá; jugadas idénticas, o en esencia, muy distintas entre sí), corridas extenuantes a la vez que estimulantes, y el palo. Como la montaña no iba a Mahoma, yo fui al palo. Y cómo fui. Finalizaba un partido para mí, pero otro continuaba. Otro en el que por fin estaba saliendo victorioso. Y en esos últimos minutos, la cosa terminó en goleada. El afecto y la contención de todos mis compañeros y amigos, la preocupación sincera, los chistes. El perfume y los colores de una flor, la noche invernal en la ciudad, los taxis, la paz de un sanatorio tranquilo, los rayos X, la increíble remontada del Mineiro, y el diagnóstico feliz: la placa no muestra nada; en unos diez días podrás volver a jugar. Y desde entonces, apenas unas horas, espero ese momento. Volver a jugar a la pelota con los chicos y seguir superando a ese rival tan talentoso, con actitud, voluntad y esfuerzo. Emular a Leo, al menos con mi carácter.

No hay comentarios:

Publicar un comentario