martes, 30 de septiembre de 2014

Amigos son los amigos (y más, también)

Me saludó con tanta buena energía tras alcanzarme hasta mi casa… Cuántos amigos tengo, la verdad. Será que no me gusta reservar la palabra “amigo” para casos muy puntuales e importantes, como recuerdo haber escuchado en algún lugar el otro día. Cierto que –por ejemplo- tengo compañeros de trabajo, pero tan cierto como que tengo amigos del trabajo. Yo veo (siento) claramente la diferencia. Aunque no sean de toda la vida o no hayan compartido momentos trascendentes de mi historia. Yo prefiero sentir amigos a todos aquellos que, por algún motivo particular –que los hace precisamente especiales-, vibran conmigo en la misma frecuencia. Claro que están los famosos íntimos-contados-con-los-dedos-de-las-manos, pero también están los que ahora pasan casi todo el día junto a uno en el trabajo o la facultad, los que están lejos (geográficamente), los que comparten además un vínculo de sangre, de parentesco político (fea expresión si las hay, por cierto), los que comparten una actividad  o una pasión un día a la semana (digamos, un fulbito, teatro o un ensayo en la sala), una ideología atemporal. También están los que son más viejos, más jóvenes, más gordos o más flacos. Los que pueden enseñarte y los que pueden aprender; profesores y alumnos de cualquier índole, ¿por qué no? Los que coincidieron –espacialmente- con uno por un tiempo limitado, los que bastaron horas o palabras para generar la conexión. Hombres, mujeres. Solteros o en pareja. Si tan sólo fuera consciente siempre de lo afortunado que soy por tenerlos, no habría forma de sentirme mal por ningún problema o necesidad personal (aunque sí por los de otros). Feliz día del amigo. Feliz primavera. Feliz vida.   

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