Me saludó con tanta buena energía tras alcanzarme
hasta mi casa… Cuántos amigos tengo, la verdad. Será que no me gusta reservar
la palabra “amigo” para casos muy puntuales e importantes, como recuerdo haber
escuchado en algún lugar el otro día. Cierto que –por ejemplo- tengo compañeros
de trabajo, pero tan cierto como que tengo amigos del trabajo. Yo veo (siento)
claramente la diferencia. Aunque no sean de toda la vida o no hayan compartido
momentos trascendentes de mi historia. Yo prefiero sentir amigos a todos
aquellos que, por algún motivo particular –que los hace precisamente
especiales-, vibran conmigo en la misma frecuencia. Claro que están los famosos
íntimos-contados-con-los-dedos-de-las-manos, pero también están los que ahora
pasan casi todo el día junto a uno en el trabajo o la facultad, los que están
lejos (geográficamente), los que comparten además un vínculo de sangre, de
parentesco político (fea expresión si las hay, por cierto), los que comparten
una actividad o una pasión un día a la
semana (digamos, un fulbito, teatro o un ensayo en la sala), una ideología
atemporal. También están los que son más viejos, más jóvenes, más gordos o más
flacos. Los que pueden enseñarte y los que pueden aprender; profesores y
alumnos de cualquier índole, ¿por qué no? Los que coincidieron –espacialmente-
con uno por un tiempo limitado, los que bastaron horas o palabras para generar
la conexión. Hombres, mujeres. Solteros o en pareja. Si tan sólo fuera
consciente siempre de lo afortunado que soy por tenerlos, no habría forma de
sentirme mal por ningún problema o necesidad personal (aunque sí por los de
otros). Feliz día del amigo. Feliz primavera. Feliz vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario