Salgo al balcón a tomar aire; la tarde es agradable después
de los calores abrumadores de ayer. Anochece y la oscuridad del crepúsculo le
va ganado a las últimas luces del día. En el edificio de la esquina veo, en
diferentes balcones, a una chica sola y
a otra acompañada por una amiga. En verdad sólo percibo sus siluetas, sus
formas opacas dibujándose sobre el escenario de fondo. Todo es muy oscuro, a no
ser por tres rectángulos de luz casi furiosa; tienen diferentes tamaños y cada
uno ilumina la cara de una de las chicas. Luciérnagas urbanas de plástico y
cristal líquido, se mueven autosuficientes ante mis ojos. De repente una –la más
grande- parece reposar en una mesa, dejándome ver con su luz a la chica solitaria,
que se está peinando. Las otras dos iluminan ahora el rostro de las amigas,
enfrentadas entre sí. Una de ellas brilla rectangularmente frente a mí; la otra
–la más pequeña de las tres- sólo se advierte por el rostro encendido de la
chica en la oscuridad. Lo último que veo antes de irme adentro es como las dos
luciérnagas se juntan, acentuando el fulgor del rostro encendido.
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