Durante un paseo de tres cuadras y media (ida y vuelta) en
busca de facturas observo, entre otras cosas: un perro labrador (¿muy?) anciano,
echado en la vereda; el frente de un edificio repleto de cajas, como un
depósito al aire libre, signo de la llegada o partida de alguien en aquel
lugar; dos amigas en una esquina abrazándose con cierto grado de solemnidad
(aunque ignoro por completo los motivos); la panadería cerrada, y con un
colchón (?) en la puerta; una ex compañera de la facu, que no veo desde hace
ocho años, caminando con sus dos hijos; una mujer hablando por celular con alguien
a quien recrimina –no sin cierta congoja- un extraño y excesivo interés por una
casa; una pareja de ancianos, que es bastante común verlos, pero no deja de ser
especial. Una de las cosas que me maravillan de la ciudad es que puedo caminar
años enteros por la misma cuadra y nunca dejo de descubrir cosas nuevas. El
mundo es, aún en su cotidianeidad, inconnmensurable. En fin, me quedé con las
ganas de las facturas.
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