Mientras reflexionaba en pleno centro sobre el sinsentido de ofrecer volantes de papel (por la campaña electoral) a todo el mundo para que acto seguido absolutamente todos esos papeles terminen en el primer tacho de basura disponible, me crucé con una mamá que pedía ayuda junto a su hijita de unos seis años. Decía muy acongojada que hacía mucho tiempo que no comían. Dolía mirarla a los ojos... Entonces alguien se acercó a darle algo de dinero, pero además le preguntó de dónde eran. La mujer contestó que del barrio toba, a lo que la otra persona respondió que era docente y que estaba anotada para dar clases en la escuela toba. La cara de la madre comenzó a tomar otro color, mientras contaba que casualmente su hijita iba a esa escuela. Le preguntaron el nombre y la nena respondió tímidamente (pero con gesto pícaro, o cómplice). Se despidieron con el deseo de reencontrarse en aquel barrio, algún día, y toda la expresión de la mujer era diferente; ahora tenía luz.
Me quedé pensando en la importancia del reconocimiento para cualquier persona. El sentirse parte, integrada, una más con quien hablar. Quizá ese haya sido uno de los pocos momentos de gratificación en el día para esa mujer y su hijita. Pensé en lo importante que es luchar colectivamente por un cambio social profundo pero que definitivamente no hay que perder de vista las pequeñas cosas que uno puede hacer siempre por el otro.
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