lunes, 13 de mayo de 2019
Pan, amor y fantasía
Debí haberlo escrito ayer. Cuando el cine me llenaba; cuando el cine me contenía y me acompañaba. Cuando acaso por primera vez lo sentí como un hogar (mi tercer hogar, después de la escuela y el café). Cuando tras haber entrado vacilante porque dejaba atrás un cielo presente y aún celeste radiante para sumergirme en la oscuridad de un pasado filmado y en cierto modo pisado, sentí que quería estar ahí. Entonces de repente la magia del cine. Los paisajes agrestes, la vida de posguerra, los animales, la tranquilidad, l'italiano con esa cadencia tan linda, Vittorio De Sica y por primera vez -en mi vida de cinéfilo- la Lollobrigida. Y entender tantas cosas ahora. Y quererla así siempre. La rosa púrpura del Cairo más rosa y más púrpura que nunca. Y la posibilidad de renovar el ritual cada domingo a las seis. Salí feliz, embriagado de cine y de Bersagliera. Por eso las butacas llenas, el sonido envolvente, la risa en complicidad, el llanto compartido, la queja por el ruido y los aplausos del final. Pan, amor y fantasía.
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