sábado, 15 de junio de 2019

La ciudad hospital

Este es el octavo día dentro de la ciudad. Me refiero al hospital. Es increíble la dinámica interna que tienen los lugares como estos. Los vínculos que se establecen (¿transitoriamente?) o que nunca llegan a establecerse pese a la regularidad de ciertas interacciones. Nunca supe por qué me generan una especie de fascinación los hospitales y sanatorios por la noche. El deambular de los enfermeros; de algún empleado de limpieza con su carro lleno de químicos, trapos y bolsas; de alguna médica con su guardapolvo blanco y su estetoscopio al cuello. Y después el silencio. El zumbido en los oídos, la luz baja, la soledad. Siempre me atrajo ese pequeño (o no tanto) submundo, ignorado por los transeúntes más distraídos, manifiesto en los múltiples rectángulos de luz que se recortan en la oscuridad para aquellos más atentos u observadores.
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Ahora estoy adentro desde hace diez días. Y por momentos siento que serán interminables. Y por momentos temo llegar a extrañar las mañanas y las tardes en este lugar. Supongo que tiene que ver con ese sentimiento melancólico que me envuelve cada vez, que encaja con cierto sentido (melo)dramático de la vida.  Aquí conocí a muchas personas -enfermeras, médicos, azafatas- que me emocionaron hasta las lágrimas por el amor demostrado hacia cada uno de sus pacientes, y con las cuales me identifiqué. La delicadeza en su manera de acercarse, su predisposición para escucharlos y, sobre todo, su paciencia para comprenderlos. Pero también conocí la frivolidad y la mecanicidad más desahuciante, y me heló la piel y me constriñó el alma.
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Onceavo día. Creo haber aprendido bastante en este viaje a la ciudad que yace a tan sólo ocho cuadras de mi casa. Pero hace rato que también anhelo volver a esas ciudades donde la algarabía y la vitalidad vienen en paquetes de treinta, y donde realmente valdría la pena quedarse para siempre.

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