sábado, 2 de mayo de 2020

Hormigas

A medida que pasa el tiempo la intimidad de la escena va revelando sus secretos. Y yo me voy volviendo parte de ella. Ingreso en un mundo infinito ubicado ahí nomás de la vereda, extendido apenas entre dos árboles añosos. Siento la armonía de sus movimientos interminables. No veo una imagen definida y sólo percibo los pequeños cuerpos oscuros yendo y viniendo en tejidos indescifrables. Pero sus velocidades parecen las mismas. Eso vuelve su caótico ritmo por demás de hipnótico. Inevitablemente termino vibrando en su misma frecuencia, en sincronía con él.

Hacia la derecha se desprende un camino angosto y bien demarcado. Comienzo a seguirlas de a tres, de a dos, finalmente, una a una. Muchas se mueven armónicamente durante un trecho hasta cruzarse con la compañera que viene de frente, y entonces desaceleran para contactarla. Otras, osadas, rebeldes o desorientadas abandonan el sendero, acaso en la búsqueda de nuevos paraísos que conquistar. Lo que no admite excepción alguna es el sentido de su circulación: las que portan comida van hacia la izquierda, rumbo al hormiguero; las que no, hacia la derecha, buscando el árbol del que sacarán el palito o la hoja que les permita volver.

Ya en la verticalidad del tronco se suceden situaciones asombrosas. En primer lugar: no se caen. Uno las ve todos los días y sabe que es así, pero ¡no se caen! Sobradoramente se abren paso despreciando a la gravedad. Luego lo inesperado: una hormiga se comporta como verdadera estafadora intentando quitarle sus tronquitos a las compañeras que ya bajan cargadas. Lo intenta una vez, dos, forcejeando infructuosamente en cada ocasión. Entonces la duda, unos pequeños pasos erráticos y, finalmente, decisión de subir a trabajar con honestidad. Los minutos se vuelven eternos estando allí adentro, en aquel microcosmos fórmico. Pero yo, en verdad, pertenezco al afuera. Y debo seguir.

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