miércoles, 28 de septiembre de 2016

Pulgar arriba

El sentido de la vida es dos laburantes haciéndose el gesto pulgar arriba en un colectivo urbano de Rosario sin conocerse y por haber ayudado entre los dos a que se siente un anciano que a su vez había dado su asiento a otra persona. Los dos se sonríen en la mañana soleada, volviendo de, a la vez que yendo a, laburar.

martes, 17 de mayo de 2016

Palabras que se lleva el viento...

De repente entendí que no me sacaban el mero placer de leer (o de ver cine o escuchar una obra). Me sacaban una herramienta –más inconsciente que consciente- para comprender el mundo, darme cuenta de sus injusticias e, idealmente, obrar en consecuencia. Como dijo Marx: “Hay que hacer la opresión real aún más opresiva, agregándole la consciencia de la opresión; hay que hacer la ignominia aún más ignominiosa, publicándola”. Y no hace falta leer un ensayo sobre explotación e injusticia social para adquirir y ejercitar esas herramientas, sino que estas se afianzan por la riqueza y la fuerza de las ideas, emociones y hasta de las propias palabras sueltas –recuerdo el tema “Por”, del Flaco-, que (¿casi?) cualquier expresión humana tiene por naturaleza. Pero si no tengo tiempo ni energía para tirarme a escuchar un disco, mucho menos los tendré para tomar conciencia de su falta, y así sucesivamente. El peligro de naturalizar las cosas. ¿Por qué debo conformarme con una o dos hor(it)as al día de “recreación”? (El tiempo justo para que la tele me cuente de qué va el mundo.) Y sí, hay otros que están peor. ¿Pero por eso hay que aceptar mi situación y su situación, es decir, nuestra situación? Palabras que se las lleva el viento…

lunes, 7 de marzo de 2016

Lunes existencialista (Friday, I'm in love)

Encadenado al instinto que libera de la opresión de la razón. Encadenado a la razón que libera de las pulsiones del instinto. Preso de mi libertad.

sábado, 13 de febrero de 2016

Luciérnagas

Salgo al balcón a tomar aire; la tarde es agradable después de los calores abrumadores de ayer. Anochece y la oscuridad del crepúsculo le va ganado a las últimas luces del día. En el edificio de la esquina veo, en diferentes balcones, a una chica sola y a otra acompañada por una amiga. En verdad sólo percibo sus siluetas, sus formas opacas dibujándose sobre el escenario de fondo. Todo es muy oscuro, a no ser por tres rectángulos de luz casi furiosa; tienen diferentes tamaños y cada uno ilumina la cara de una de las chicas. Luciérnagas urbanas de plástico y cristal líquido, se mueven autosuficientes ante mis ojos. De repente una –la más grande- parece reposar en una mesa, dejándome ver con su luz a la chica solitaria, que se está peinando. Las otras dos iluminan ahora el rostro de las amigas, enfrentadas entre sí. Una de ellas brilla rectangularmente frente a mí; la otra –la más pequeña de las tres- sólo se advierte por el rostro encendido de la chica en la oscuridad. Lo último que veo antes de irme adentro es como las dos luciérnagas se juntan, acentuando el fulgor del rostro encendido.  

Paseo

Durante un paseo de tres cuadras y media (ida y vuelta) en busca de facturas observo, entre otras cosas: un perro labrador (¿muy?) anciano, echado en la vereda; el frente de un edificio repleto de cajas, como un depósito al aire libre, signo de la llegada o partida de alguien en aquel lugar; dos amigas en una esquina abrazándose con cierto grado de solemnidad (aunque ignoro por completo los motivos); la panadería cerrada, y con un colchón (?) en la puerta; una ex compañera de la facu, que no veo desde hace ocho años, caminando con sus dos hijos; una mujer hablando por celular con alguien a quien recrimina –no sin cierta congoja- un extraño y excesivo interés por una casa; una pareja de ancianos, que es bastante común verlos, pero no deja de ser especial. Una de las cosas que me maravillan de la ciudad es que puedo caminar años enteros por la misma cuadra y nunca dejo de descubrir cosas nuevas. El mundo es, aún en su cotidianeidad, inconnmensurable. En fin, me quedé con las ganas de las facturas.  

sábado, 23 de enero de 2016

Panic attack!

Principio de conservación de la energía: la cantidad total de energía en cualquier sistema físico aislado (sin interacción con ningún otro sistema) permanece invariable con el tiempo, aunque dicha energía puede transformarse en otra forma de energía. Jorge Drexler: nada se pierde; todo se transforma. Intuyo que de esto se tratan los ataques de pánico. Falta de aire, estrechez y opresión en el pecho, palpitaciones, hormigueo en las extremidades, ganas de salir corriendo, sensación de no poder bajar de revoluciones. Todas manifestaciones de angustia –o ansiedad- devenida energía acumulada, sin canalizar. Nudos en la garganta, palabras tragadas o truncas, acciones reprimidas. Todos, canales bloqueados por donde fluiría la energía física y emocional. Entonces se acumula, el sistema se desborda, la gota rebalsa el vaso. ¡Plum! Implosión.Ya Einstein nos avisaba sobre la infinita cantidad de energía contenida en un átomo insignificante; qué queda para una persona completa… Soluciones. La más rápida y deseable: un abrazo, la contención afectiva que deje fluir o transforme la angustia. La más rápida, no deseable: una pastilla de clonazepam o cualquier ansiolítico a gusto del consumidor. La de fondo: comenzar a desatar los nudos guturales, regurgitar las egagrópilas verbales, actuar. 

miércoles, 1 de abril de 2015

Fast food, serie y a dormir

Yo pienso que el mundo aún tiene esperanza. O dicho de otra forma, yo tengo aún esperanza en el mundo. Ya lo he dicho hasta el cansancio –al menos a mí mismo-, pero un solo gesto de una sola persona, puede –y de hecho, lo hace- redimir cien malos gestos de (¿malas?) personas. Será eso que llaman “la fuerza del amor”, quizá. Sin embargo cuesta el día a día en esta sociedad tan extraña, tan enajenada. Y hay que sacarse el sombrero ante el temple y la fortaleza del hombre, que casi siempre sale airoso de todas las dificultades que este estilo de vida moderno conlleva. Bah, creo. Ayer me advirtieron –muy atinadamente-: “no subestimes el valor de la libertad”. Gran verdad. Tanto como su contracara más oscura: cómo cuesta hacerse cargo de la responsabilidad que de esa libertad se deriva. Muchos prefieren no hacerlo. Será por eso que existe el masoquismo. Y el consumismo. Y quizá casi todos los ismos. En un vértigo constante, sin tiempo para darse cuenta de este ritmo atroz, o sin posibilidades (¿económicas?) de bajar un cambio. Sin tiempo para mirarte a los ojos. Fast food, serie y a dormir, que mañana será otro día. Igual al de hoy. ¡Todo ya, todo ya! Y así casi indefinidamente. ¿Por qué uno se ofusca tanto por cosas que no valen la pena? ¡Vaya forma de divagar! Igual que en los viejos tiempos. No estoy yendo a ningún lado, me parece, pero qué se yo. Vuelvo a repetirme: al final, lo único que importa son las personas, los vínculos, el amor que los (y nos) trasciende. La cerveza con un amigo. La peli con tu pareja. Los mates con los compañeros. Los momentos compartidos. Las experiencias transmitidas. Las imágenes, sensaciones táctiles y sonidos grabados para siempre. Las presencias, y acaso las ausencias. Así nos enriquecemos. Y somos un poquito todos. Extensible a los libros y las artes, a través de los cuales las personas se expresan al mundo, que somos nosotros; quién más. El resto es prescindible. Digno del desapego, como también me enseñaron.