Sus ojos para mirarme (y poder así verme),
Una voz amiga para charlar,
Una travesura infantil,
La sonrisa de un desconocido,
Un perro para jugar,
Un abrazo de (y a) quien sea,
Una melodía beatle y el canto de alguna calandria,
El perfume de un azahar,
Los colores y formas de un paisaje (cotidiano o no tanto),
Un libro,
Un mate,
Una pluma,
El otro.
Y no mucho más...
martes, 25 de octubre de 2016
domingo, 9 de octubre de 2016
Férulas
Una de las pocas cosas positivas de haber usado una férula -y luego también una bota ortopédica- en la pierna es que me impedía dejarme llevar por el vértigo del ritmo de vida actual. Indefectiblemente tenía que caminar despacio; miraba a la gente pasar (correr) al lado mío. Y era grandioso porque por más que "quisiera" -y había algo que me incitaba a hacerlo- no podía seguirles el ritmo. Así que iba tranquilo.
Ahora pienso qué-bueno-sería-tener-una-férula-mental para volver a bajar unos cambios. Algo que me impida correr -tanto con los pies como con la cabeza- a todos lados como lo he vuelto a hacer. Una férula correctora antes que protectora, que me enseñe a transitar la vida con serenidad, con densidad, con clara conciencia. Y así conectar con el mundo, en vez de pasarle por el costado.
Ahora pienso qué-bueno-sería-tener-una-férula-mental para volver a bajar unos cambios. Algo que me impida correr -tanto con los pies como con la cabeza- a todos lados como lo he vuelto a hacer. Una férula correctora antes que protectora, que me enseñe a transitar la vida con serenidad, con densidad, con clara conciencia. Y así conectar con el mundo, en vez de pasarle por el costado.
miércoles, 28 de septiembre de 2016
Pulgar arriba
El sentido de la vida es dos laburantes haciéndose el gesto pulgar arriba en un colectivo urbano de Rosario sin conocerse y por haber ayudado entre los dos a que se siente un anciano que a su vez había dado su asiento a otra persona. Los dos se sonríen en la mañana soleada, volviendo de, a la vez que yendo a, laburar.
martes, 17 de mayo de 2016
Palabras que se lleva el viento...
De repente entendí que no me sacaban el mero placer de leer (o de ver cine o escuchar una obra). Me sacaban una herramienta –más inconsciente que consciente- para comprender el mundo, darme cuenta de sus injusticias e, idealmente, obrar en consecuencia. Como dijo Marx: “Hay que hacer la opresión real aún más opresiva, agregándole la consciencia de la opresión; hay que hacer la ignominia aún más ignominiosa, publicándola”. Y no hace falta leer un ensayo sobre explotación e injusticia social para adquirir y ejercitar esas herramientas, sino que estas se afianzan por la riqueza y la fuerza de las ideas, emociones y hasta de las propias palabras sueltas –recuerdo el tema “Por”, del Flaco-, que (¿casi?) cualquier expresión humana tiene por naturaleza. Pero si no tengo tiempo ni energía para tirarme a escuchar un disco, mucho menos los tendré para tomar conciencia de su falta, y así sucesivamente. El peligro de naturalizar las cosas. ¿Por qué debo conformarme con una o dos hor(it)as al día de “recreación”? (El tiempo justo para que la tele me cuente de qué va el mundo.) Y sí, hay otros que están peor. ¿Pero por eso hay que aceptar mi situación y su situación, es decir, nuestra situación? Palabras que se las lleva el viento…
lunes, 7 de marzo de 2016
Lunes existencialista (Friday, I'm in love)
Encadenado al instinto
que libera de la opresión de la razón. Encadenado a la razón que libera de las
pulsiones del instinto. Preso de mi libertad.
sábado, 13 de febrero de 2016
Luciérnagas
Salgo al balcón a tomar aire; la tarde es agradable después
de los calores abrumadores de ayer. Anochece y la oscuridad del crepúsculo le
va ganado a las últimas luces del día. En el edificio de la esquina veo, en
diferentes balcones, a una chica sola y
a otra acompañada por una amiga. En verdad sólo percibo sus siluetas, sus
formas opacas dibujándose sobre el escenario de fondo. Todo es muy oscuro, a no
ser por tres rectángulos de luz casi furiosa; tienen diferentes tamaños y cada
uno ilumina la cara de una de las chicas. Luciérnagas urbanas de plástico y
cristal líquido, se mueven autosuficientes ante mis ojos. De repente una –la más
grande- parece reposar en una mesa, dejándome ver con su luz a la chica solitaria,
que se está peinando. Las otras dos iluminan ahora el rostro de las amigas,
enfrentadas entre sí. Una de ellas brilla rectangularmente frente a mí; la otra
–la más pequeña de las tres- sólo se advierte por el rostro encendido de la
chica en la oscuridad. Lo último que veo antes de irme adentro es como las dos
luciérnagas se juntan, acentuando el fulgor del rostro encendido.
Paseo
Durante un paseo de tres cuadras y media (ida y vuelta) en
busca de facturas observo, entre otras cosas: un perro labrador (¿muy?) anciano,
echado en la vereda; el frente de un edificio repleto de cajas, como un
depósito al aire libre, signo de la llegada o partida de alguien en aquel
lugar; dos amigas en una esquina abrazándose con cierto grado de solemnidad
(aunque ignoro por completo los motivos); la panadería cerrada, y con un
colchón (?) en la puerta; una ex compañera de la facu, que no veo desde hace
ocho años, caminando con sus dos hijos; una mujer hablando por celular con alguien
a quien recrimina –no sin cierta congoja- un extraño y excesivo interés por una
casa; una pareja de ancianos, que es bastante común verlos, pero no deja de ser
especial. Una de las cosas que me maravillan de la ciudad es que puedo caminar
años enteros por la misma cuadra y nunca dejo de descubrir cosas nuevas. El
mundo es, aún en su cotidianeidad, inconnmensurable. En fin, me quedé con las
ganas de las facturas.
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