lunes, 7 de marzo de 2016

Lunes existencialista (Friday, I'm in love)

Encadenado al instinto que libera de la opresión de la razón. Encadenado a la razón que libera de las pulsiones del instinto. Preso de mi libertad.

sábado, 13 de febrero de 2016

Luciérnagas

Salgo al balcón a tomar aire; la tarde es agradable después de los calores abrumadores de ayer. Anochece y la oscuridad del crepúsculo le va ganado a las últimas luces del día. En el edificio de la esquina veo, en diferentes balcones, a una chica sola y a otra acompañada por una amiga. En verdad sólo percibo sus siluetas, sus formas opacas dibujándose sobre el escenario de fondo. Todo es muy oscuro, a no ser por tres rectángulos de luz casi furiosa; tienen diferentes tamaños y cada uno ilumina la cara de una de las chicas. Luciérnagas urbanas de plástico y cristal líquido, se mueven autosuficientes ante mis ojos. De repente una –la más grande- parece reposar en una mesa, dejándome ver con su luz a la chica solitaria, que se está peinando. Las otras dos iluminan ahora el rostro de las amigas, enfrentadas entre sí. Una de ellas brilla rectangularmente frente a mí; la otra –la más pequeña de las tres- sólo se advierte por el rostro encendido de la chica en la oscuridad. Lo último que veo antes de irme adentro es como las dos luciérnagas se juntan, acentuando el fulgor del rostro encendido.  

Paseo

Durante un paseo de tres cuadras y media (ida y vuelta) en busca de facturas observo, entre otras cosas: un perro labrador (¿muy?) anciano, echado en la vereda; el frente de un edificio repleto de cajas, como un depósito al aire libre, signo de la llegada o partida de alguien en aquel lugar; dos amigas en una esquina abrazándose con cierto grado de solemnidad (aunque ignoro por completo los motivos); la panadería cerrada, y con un colchón (?) en la puerta; una ex compañera de la facu, que no veo desde hace ocho años, caminando con sus dos hijos; una mujer hablando por celular con alguien a quien recrimina –no sin cierta congoja- un extraño y excesivo interés por una casa; una pareja de ancianos, que es bastante común verlos, pero no deja de ser especial. Una de las cosas que me maravillan de la ciudad es que puedo caminar años enteros por la misma cuadra y nunca dejo de descubrir cosas nuevas. El mundo es, aún en su cotidianeidad, inconnmensurable. En fin, me quedé con las ganas de las facturas.  

sábado, 23 de enero de 2016

Panic attack!

Principio de conservación de la energía: la cantidad total de energía en cualquier sistema físico aislado (sin interacción con ningún otro sistema) permanece invariable con el tiempo, aunque dicha energía puede transformarse en otra forma de energía. Jorge Drexler: nada se pierde; todo se transforma. Intuyo que de esto se tratan los ataques de pánico. Falta de aire, estrechez y opresión en el pecho, palpitaciones, hormigueo en las extremidades, ganas de salir corriendo, sensación de no poder bajar de revoluciones. Todas manifestaciones de angustia –o ansiedad- devenida energía acumulada, sin canalizar. Nudos en la garganta, palabras tragadas o truncas, acciones reprimidas. Todos, canales bloqueados por donde fluiría la energía física y emocional. Entonces se acumula, el sistema se desborda, la gota rebalsa el vaso. ¡Plum! Implosión.Ya Einstein nos avisaba sobre la infinita cantidad de energía contenida en un átomo insignificante; qué queda para una persona completa… Soluciones. La más rápida y deseable: un abrazo, la contención afectiva que deje fluir o transforme la angustia. La más rápida, no deseable: una pastilla de clonazepam o cualquier ansiolítico a gusto del consumidor. La de fondo: comenzar a desatar los nudos guturales, regurgitar las egagrópilas verbales, actuar. 

miércoles, 1 de abril de 2015

Fast food, serie y a dormir

Yo pienso que el mundo aún tiene esperanza. O dicho de otra forma, yo tengo aún esperanza en el mundo. Ya lo he dicho hasta el cansancio –al menos a mí mismo-, pero un solo gesto de una sola persona, puede –y de hecho, lo hace- redimir cien malos gestos de (¿malas?) personas. Será eso que llaman “la fuerza del amor”, quizá. Sin embargo cuesta el día a día en esta sociedad tan extraña, tan enajenada. Y hay que sacarse el sombrero ante el temple y la fortaleza del hombre, que casi siempre sale airoso de todas las dificultades que este estilo de vida moderno conlleva. Bah, creo. Ayer me advirtieron –muy atinadamente-: “no subestimes el valor de la libertad”. Gran verdad. Tanto como su contracara más oscura: cómo cuesta hacerse cargo de la responsabilidad que de esa libertad se deriva. Muchos prefieren no hacerlo. Será por eso que existe el masoquismo. Y el consumismo. Y quizá casi todos los ismos. En un vértigo constante, sin tiempo para darse cuenta de este ritmo atroz, o sin posibilidades (¿económicas?) de bajar un cambio. Sin tiempo para mirarte a los ojos. Fast food, serie y a dormir, que mañana será otro día. Igual al de hoy. ¡Todo ya, todo ya! Y así casi indefinidamente. ¿Por qué uno se ofusca tanto por cosas que no valen la pena? ¡Vaya forma de divagar! Igual que en los viejos tiempos. No estoy yendo a ningún lado, me parece, pero qué se yo. Vuelvo a repetirme: al final, lo único que importa son las personas, los vínculos, el amor que los (y nos) trasciende. La cerveza con un amigo. La peli con tu pareja. Los mates con los compañeros. Los momentos compartidos. Las experiencias transmitidas. Las imágenes, sensaciones táctiles y sonidos grabados para siempre. Las presencias, y acaso las ausencias. Así nos enriquecemos. Y somos un poquito todos. Extensible a los libros y las artes, a través de los cuales las personas se expresan al mundo, que somos nosotros; quién más. El resto es prescindible. Digno del desapego, como también me enseñaron.

jueves, 26 de marzo de 2015

Mi amigo el dotor

Agridulce paradoja que momentos personales tan difíciles te priven de compartir determinados acontecimientos importantes en la vida de personas queridas, los cuales -estos últimos- a su vez, terminan siendo motor, fuerza y fuente de energía para salir adelante en tan complejas circunstancias.

En estos días me perdí las defensas de tesis de muchos de los chicos con los cuales compartí cuatro años increíbles, de conocimiento mutuo y amistad crecientes, y que se fueron haciendo parte de mi historia. Fútbol, (pseudo)filosofía, cerveza, literatura, música, consejos, aguante, congresos, risas y alguna que otra bronca también. Una vez dije “que los demás se jacten de las tesis que escriban, yo quisiera jactarme de los agradecimientos de otras tesis en los que aparezca”. Y algo así puedo decir que pasó (y espero que siga pasando) por estos días. Porque, pese a mis constantes ausencias –físicas y/o mentales- en los últimos tiempos, no he dejado de sentirme apreciado y presente para con  mis compañeros de ruta. Ber, invitándome a su casa a celebrar; Santi, poniendo mi foto en el mural del grupo; Gasti, con sus palabras de agradecimiento tan gratificantes. Pablito, a quien conozco desde mis doce años y reencontré quince años después, y siento que es especial volver a coincidir en este momento visagra. Roxi, que, ahora doctora, sabiamente me cura un poquito a fuerza de humor (“playito, hondo, playito, hondo”). Verdaderos presentes.

Veo las fotos grupales de cada defensa y siento, por no haber estado ahí, como una espina clavada que no me deja de pinchar. Pero sé que aquello duele, agridulce paradoja, duele porque a lo largo de estos años se hicieron parte de mí, y yo de ellos. Y eso alegra, y es para siempre. Gracias por enriquecerme. ¡Salud y felicitaciones, amigos dotores!


Y ojalá pueda estar en las próximas defensas.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Almendra

Deseaba fervientemente ponerme a leer El lobo estepario, tras casi una semana sin poder hacerlo. Antes quise descansar media horita para cortar un poco y renovar la energía. Una llamada circunstancial me arrancó de mi somnolencia. Ahora estoy acá sentado escribiendo esto.
No sé que quiero escribir, así que más bien dejaré que la cosa fluya. Son las últimas horas de un año que –creo- fue más malo que bueno; sin embargo, quiero centrarme en lo bueno. Siempre fantaseé con inventar algo donde todos mis amigos más queridos se vean involucrados. Por ejemplo, el día que B. (Chuker) presentó su obra de teatro y fuimos posteriormente a celebrar al bar donde labura T. Entonces discutimos un rato sobre la obra y luego la charla discurrió para el lado del cine, en parte, debido a que comenté haber visto una película de Godard que tenía mucho en común con la obra de C. Mientras tanto, T. nos agasajaba muy generosamente con cerveza tirada. La música acompañaba armoniosamente la juntada, sonando, entre otros, Beatles, Black Keys y Atoms For Peace, bandas estas últimas que conocí gracias a G. y T. (A todos ellos debo, también, las reuniones del Club de la serpiente, sucursal Rosario.) Luego cayeron S. y su hermana C., y la fiesta estuvo casi completa. Al instante me puse a recordar viejas épocas, una costumbre que se reedita casi involuntariamente cada vez que los veo. Hablamos mucho de los años en Funes, de cómo éramos y de cómo cambiamos, de los viajes en bicicleta con S. que tanto disfruté realizar y ahora disfruto evocar. Bien podrían llamarme “Funes, el memorioso”. M. (Tata; no el vampiro) también venía desde Buenos Aires para la ocasión; el mismo que tan importante había sido para mí iniciándome –y marcándome- en mi relación con el rock. No se habló mucho de fútbol; quizá porque L. no estaba, pues se había quedado cuidando a su novia, presta a dar a luz a su primogénito. T. (Tortu) recién vendría para estos pagos en diciembre, para las Fiestas; pero siempre lo sentía presente, aunque más no fuera sabiéndolo allá en Ezeiza, haciendo esas cosas que tanto le gustan y tanto sacrificio le costaron.
Este sí que podría ser un año marcado por el redescubrimiento: de personas, amigos, ideas, modos de ser, de pensar y de andar. La bici es uno de esos redescubrimientos. Ahora creo firmemente que hay un antes y un después de la bicicleta en la vida de una persona. Y no puedo entender esa necesidad del auto. Porque la bici te permite desplazarte distancias relativamente grandes (las necesarias y suficientes como para manejarse en una ciudad promedio), en tiempos relativamente cortos; pero además tiene el plus de ser ecológica, saludable y hasta gratuita. Ni qué hablar de las sensaciones intrínsecas (creo que esta palabra la escuché por primera vez de la boca de S., je) del andar y pedalear en estrecho vínculo con el afuera, que por cierto no es tan afuera porque uno está inmerso en él hasta la verija; arrojado sobre el mundo, en palabras sartreanas, en vez de recluido en una burbuja aislante –y enajenante- en palabras moriacaseanas.
Siento, por último, la necesidad de homenajear a esos amigos a la distancia, con quienes nunca creí poder formar vínculos tan íntimos, enriquecedores y permanentes, dada precisamente la distancia. Afortunadamente lo hicimos, y son muestra de que hay una energía particular, maravillosa, que forja la unión y es capaz de trascender las geografías. C., sannicoleño devenido tucumano; M., salteña-jujeña, devenida también tucumana; T. y M., otros jujeños devenidos cordobeses. Todos son parte de mí y en cada reencuentro es como si el tiempo no hubiera pasado. También J. y A., los internacionales, que aunque veo mucho menos, nunca dejo de pensarlos.
Faltaría incluir a muchas personas más, conocidas y por conocer; mis disculpas a ellos y mis agradecimientos también.
Sólo una vez pudimos coincidir (casi) todos en tiempo y espacio. Fue en mi casamiento; uno de los momentos más lindos de esta historia.

Será hasta el año que viene.