viernes, 10 de enero de 2020

Mate

Cierro los ojos y siento una caricia tibia sobre mi mano. En el fondo suena alguna canción de Radiohead y yo estoy sentado a la mesa, trabajando. Doy por sentado que se trata de Maga. Pero no. Abro los ojos y me encuentro cara a cara con el mate. Inmóvil, cálido, apacible. Curioso caer en la cuenta de que ambos tienen una temperatura corporal muy similar. De que ambos están siempre ahí, haciéndome compañía y sin esperar nada a cambio. De que ambos tienen esa virtud que les envidio tanto de llenar de densidad y plenitud el tiempo presente. Procedo a cebarlo y sigo corrigiendo.

jueves, 9 de enero de 2020

Benjamin

Debería leer de una buena vez a Benjamin. Leer sobre esos intersticios de la vida por donde se filtra la tan esperada redención mesiánica. Porque por momentos es lo que siento. Como una ráfaga fugaz de lucidez y serenidad que me atraviesa en tiempo y espacio para después irse y dejarme de nuevo a la deriva, en este mar de sensaciones y emociones variopintas y viscerales, acaso axiales. Círculos, loops, lúpulos y demás derivaciones de la-no-linealidad dan forma al oleaje de mi agridulce errar por el mundo. Y cada tanto recorriéndome el cuerpo esa certeza de no sé qué pero que da una tranquilidad absoluta, ese intersticio por donde se filtra lo que quizá alguna vez.

domingo, 22 de diciembre de 2019

Cable a tierra

"Tirado" en la vereda. Disfrutándolo tanto. ¿Por qué será que lo disfruto así? Una costumbre que no suele ser "bien vista" en la (y por) gente grande. Pero a mí me hace tan bien. Una costumbre que -al menos en mí- remite a lo animal, lo infantil, lo descontaminado de tanta cultura acartonada. Literalmente, un gigantesco cable a tierra. Que se chupa todas las malas energías. Que me devuelve -en tanto y en cuanto esté ahí, abajo- a mi naturaleza primera, a mi vínculo inexorable con la tierra.

domingo, 15 de diciembre de 2019

Carancho

Qué más puedo decir. Finalmente me dejaste. Finalmente tuviste la generosidad de dejarme acercar. Cerca, muy cerca, como aquella primera vez hace tantos años. Por eso las manos me temblaban casi infantilmente. 
Y por momentos me ignorabas con una indiferencia que me hacía sentir tan poca cosa. Mientras a la vez te admiraba y me gustaba reconocer esa majestuosidad que se trasluce en tu corona emplumada, en tu mirada penetrante, en tus dimensiones intimidantes, en tus garras que se adivinan implacables.
Y todo sin dejar de temblar mientras te saco fotos, una y otra vez. Totalmente olvidado del mundo que me rodea porque en ese ahí y ahora es sólo tu elegancia, tu imponencia. No hay un día en que no mire el cielo buscando verte pasar. Y hoy te tuve (me tuviste) ahí. Son las vivencias que me devuelven la tranquilidad de ser parte, de ser Pachamama, de sentirme un único abrazo, libre y cálido.

jueves, 19 de septiembre de 2019

La sonrisa de mi viejo

Walter Benjamin decía que la salvación mesiánica es impredecible, que se cuela por una hendija en cualquier momento y en cualquier lugar; que de repente ¡zas!, llegaba colmándolo todo de redención y de sentido, aunque más no fuera por unos instantes. Hoy yo la encontré: en la sonrisa de mi viejo. Ahí estaba ella, de repente y de manera inesperada. Tan fugaz pero a la vez tan poderosa y hermosa. Casi inasequible para los sentidos que posteriormente la estamparían en la memoria. Y sin embargo, mágica y pura y hermosa, capaz de convertir en felicidad y eternidad el instante que dura desde que comienza la mueca, se escapa esa especie de berrido ahogado que instintivamente adivino como su risa, y que finalmente se va apagando mientras las curvas de su boca se vuelven rectas otra vez. Es tan lindo ver cómo se le transfigura la cara… Ahora entiendo que esa sonrisa me salva, me llena de felicidad durante unos pocos e infinitos segundos. Los labios de mi viejo forman la hendija; quiero estar atento a su próxima revelación.

martes, 27 de agosto de 2019

Ángel

Quería ponerme los auriculares pero no podía. Una y otra vez, mientras caminaba, hice ademanes de agarrarlos para llevarlos a mis orejas. Pero no. Algo en esa apacible noche de Funes me atraía y me llamaba a entregarme por completo a su arrullo de grillos y perros lejanos. El resto era silencio, oscuridad e inmovilidad. Sólo mis pasos y mi sombra, por momentos. Las calles transmitían una especie de desolación que, bien entendida, se traducía en sensaciones de paz y serenidad.
Cuando finalmente llegué a la parada me encontré con él. Absorto (él sí) en sus auriculares con vaya-a-saber-uno qué melodías. Le pregunté si podría pagarme el pasaje y contestó, entre tímido y sonriente, que sí. Subimos, pagó, y casi como avergonzado aceptó el billete que le tendí. Antes de sentarme reapareció bruscamente. Me dio el vuelto. Sonreía con impavidez y parecía estar más allá del bien y del mal.

martes, 30 de julio de 2019

Agujero blanco

Conozco la plenitud. La felicidad absoluta. El amor infinito. Necesito expresarlo. Decírmelo. Busqué la imagen más hermosa que pudiera representarla y entendí que no la hay. Quizá esta sea la menos equívoca. Porque si blanco representa pureza, luz, eternidad y  lo absoluto, todo eso es lo que me atraviesa cada vez que estoy en un aula con ellxs. Una especie de agujero negro (o blanco, en rigor) donde se abolen el tiempo y el espacio. Donde desaparece la temporalidad, el instante se vuelve eternidad, y el sentimiento, infinito. Y entonces es sólo fluir, flotar como si no pesara. Porque, ¿quién puede negarlo?, la pasión es lo único capaz de hacer trizas la racionalidad. Y afortunadamente ahí, en ese agujero blanco, caigo yo. Cada inolvidable día de la semana. Y no alcanzan las palabras para agradecer(les).