miércoles, 11 de julio de 2012

El mono teleológico


¿Salto cualitativo?
De repente recordé, con algo de gracia, el argumento “de que está en nuestra naturaleza y en nuestro instinto” esgrimido por muchos para justificar la infidelidad o sus sensatos ataques en contra de la “construcción cultural” del amor. (También se lo usa, y también absurdamente, para intentar justificar nuestra pretendida naturaleza maligna y abyecta, según la manera hobbesiana y freudiana de ver una sola cara de la moneda.) ¡Pobre biología –reflexioné-, agraviada tan impunemente! Porque pocas cosas hay –si las hay- más puras y genuinas que el instinto y la inocencia animal. Entonces me pregunté si sabrán y tendrán presente el hecho de que somos la única especie del Planeta que -usando términos técnicos y libres de todo “romanticismo barato e ingenuo”- copula de frente (bueno, con excepción de los bonobos, tan parientes nuestros como los chimpancés, pero más sexuales y pacifistas). Podrá pasar inadvertido en un primer momento, pero basta pensar un poco en ello para darse cuenta de la trascendencia de esta particularidad. Al copular de frente, los miembros de la pareja pueden mirarse a la cara, a los ojos; ser testigos y partícipes de los intensos sentimientos experimentados por su pareja, en aquel momento de intimidad y confianza casi absolutas, afianzando sobremanera el vínculo que los une. Incluso los rasgos físicos del otro se afianzan en la memoria, se singularizan, se vuelven únicos. Y es que el Homo sapiens, a diferencia de otros primates, era de dieta mayoritariamente carnívora, y necesitaba de la cooperación de sus compañeros para salir a cazar y tener éxito, a la vez que una mujer que cuidara de sus hijos y no fuera motivo de competencia y discordia entre los cooperantes. Tales circunstancias habrían alentado (y moldeado) la evolución y afirmación de tendencias monogámicas en nuestra especie.

Sí podría concebir al amor como una construcción cultural, en el siguiente sentido. Todos los animales sociales forman estrechos vínculos entre los miembros de su grupo, se preocupan por el otro y cooperan para alcanzar objetivos comunes; pero el hombre probablemente sea el único capaz de tomar conciencia plena de ello y de articular un lenguaje que le permita hacer de esa realidad una elección, atribuyéndole a esta última un sentido, un sentido por y para el qué vivir.
Entonces, quizá el hombre sí haya dado un salto cualitativo respecto de los demás primates después de todo. Quizá dicho salto consista en haberse convertido en un mono teleológico.

Nota: Debo aclarar que, aunque no desarrollado aquí, mi concepción del amor va más allá de la ciencia, hallando su principal sustento en el vínculo espiritual y en una elección activa, libre y conciente de la búsqueda del bien común, para el otro y con el otro.

lunes, 14 de mayo de 2012

Breve historia del hombre-mono

Dicen que una vez el hombre fue un mono que vivía alegremente en las selvas africanas comiendo frutas de todos los colores, olores y sabores (si acaso tiene) del arcoíris. (Nuestra predilección por las golosinas nos lo recuerda.) Un día algo en el clima cambió y sus selvas devinieron pastizales, sabanas. El “hombre-mono” tuvo que buscar otra forma de alimentarse, y parece ser que lo que más tenía a mano eran otros animales, principalmente otros mamíferos. Así que aprendió y comenzó a cazarlos. Paralelamente el hombre-mono también era cazado por otros animales, en el eterno y universal –o mejor dicho, mundano- juego de la supervivencia. Por ello comenzó a pararse en sus dos patas traseras con mucha frecuencia; para poder observar a través de los altos pastizales y estar alerta ante el peligro de ser cazado. Cada vez pasaba más tiempo erguido, hasta que un día dejó de caminar en cuatro patas para nunca más volver a hacerlo. Esta nueva forma de andar en la vida dejó libre sus manos para manipular, explorar, aprehender y aprender (de) todo tipo de objetos. Con el tiempo su conocimiento y habilidad mejoraron notablemente;  entonces fue capaz de transformar los objetos que manipulaba y, como una consecuencia lógica, transformar su medioambiente, su entorno. Mientras tanto seguía cazando para alimentarse y, como sus presas no eran presa fácil (si se me permite el juego de palabras), debió recurrir a esos objetos transformándolos en herramientas de caza. Como eso no fue suficiente, recurrió también a sus compañeros de grupo (o tribu), cooperando en la empresa de conseguir el alimento, afianzando y arraigándose así sus tendencias sociales. (Esto también nos consta, pues heredamos una fuerte impronta en relación al ritual de la alimentación en grupo. Almorzamos y cenamos con amigos y familiares, reunidos frente al banquete –siempre salado-, compartiéndolo, cual grupo de lobos en derredor de la presa abatida.) Y dado que esta cooperación exigía armonía, se libró (o al menos lo intentó –podía equivocarse, después de todo era humano; aunque pensándolo bien, no lo era aún, en un sentido cabal-) de uno de los motivos de lucha y competencia más importantes –sino el más importante- entre los potenciales cooperadores: la búsqueda de pareja. El hombre-mono se volvió monógamo y vivió toda su vida con una misma pareja (hasta inventar millones de años después, el divorcio). No obstante el trabajo en equipo y las herramientas, muchos animales seguían siendo difíciles de atrapar, pues eran más veloces que el hombre-mono. Entonces éste ideó una estrategia notable: correría y perseguiría a sus presas hasta, literalmente, “ganarles por cansancio”. Para lograrlo tuvo que desprenderse de su espeso y ubicuo pelaje, pues la piel desnuda le permitía transpirar con mayor facilidad, evitando que su cuerpo se recalentase durante las largas e intensas persecuciones. El hombre-mono podía correr, de esta manera, durante horas, hasta que el animal perseguido sucumbía sólo por el cansancio y el excesivo calor. Para aquel entonces una cola prensil no tenía mucho sentido, no habiendo árboles en los que trepar. El hombre-mono también podía alimentarse recolectando frutas y verduras, hasta que comprendió que era más fácil si las cultivaba él mismo. Dejó de perseguir su destino y decidió construirlo, estableciéndose en un lugar determinado. Surgieron la economía y la política; las ciudades y los países. El rudimentario –pero no por ello menos excepcional-  lenguaje que había desarrollado, se tornó cada vez más rico y complejo. Cuando el hombre-mono –a esta altura, mejor conocido como hombre, a secas- vio satisfechas sus necesidades básicas de subsistencia, dio rienda suelta a una de sus cualidades más admirables: la creatividad. Comenzó a expresar lo que sentía y pensaba (en algún punto de este vertiginoso camino, el instinto puro dio lugar a la conciencia, quizá, como dijera Piaget, cuando hubo problemas que el primero por sí sólo ya no fue capaz de resolver) y surgió el arte. Cultivó, como ningún otro animal en la Tierra, su curiosidad infinita, y se volvió filósofo y científico. Extendió muchas cualidades de su infancia a la edad adulta, y jugó en todo momento y lugar, en vez de simplemente descansar. Fue capaz de reír y de llorar. Y hasta fue capaz de llegar a la representación abstracta, al símbolo. Y la curiosidad se volvió búsqueda de sentido, de trascendencia. De libertad y de amor. El hombre-mono se volvió metafísico. Y así, casi sin quererlo, fue padre e hijo de la cultura, de la civilización y de la historia. Actualmente algunos dicen que el hombre-mono se ha vuelto posmoderno. Que es un mono (un hombre) “posmo”. Otros, que también ésta es una etapa superada. Porque el hombre-mono está siempre pronto a superarse, a pro-yectarse. Yo lo admiro por su naturaleza animal y por su condición humana. Tan contradictorias en apariencia, pero en esencia, estrechamente ligadas, partes de un todo acabado e integrado. Ése que es consciente de sí mismo, de su futuro, de sus infinitas posibilidades y hasta de su muerte (la imposibilidad de todas sus posibilidades). Ése que es capaz de pensar el mundo y hasta de (atreverse a intentar) pensar la nada. De pro-yectarse individual y colectivamente. De actuar y construir con y para el otro; y también contra el otro. Ése que es víctima y victimario, pero, a la vez, mártir y redentor. Ése que ama, ríe y llora; que se abraza, se besa y se golpea. Ése que se rasca la cabeza por vergüenza, y que muchas veces dice más con su lenguaje corporal que con la exuberancia de sus símbolos. Ése que conserva la mirada transparente y honesta –para mí, reflejo de un alma- de todo animal. Eso y mucho más.

sábado, 21 de abril de 2012

Hard day's night


No me creía capaz de creerme capaz. Y la culpa, la culpa es el cáncer del alma. Y la soberbia. La soberbia muchas veces es culpable de la culpa. En el otro. La virtud del hombre reside en que una sola palabra, un solo gesto, pueden reparar acciones completas, hirientes. Yo lo veo, entre otras cosas, en la amistad. Basta una mirada para que un amigo se haga querer; y oraciones enteras, para pelear. Nuevamente una palabra, vínculo encubierto, para perdonar. Para sentir, hacer prevalecer, el amor. Cae la noche. Gente congregándose al ritmo vital –en sentido técnico y metafórico- de la música. Los cuerpos se mueven, natural y espontáneamente. Imagino la sangre bullendo en las venas. Me remonto a un pasado que no conozco pero imagino, intuyo. Los primeros hombres, danzando al calor del fuego. Los tambores (o algo parecido) sonando. El vínculo se estrecha. Está en nosotros. Vuelvo al presente. Viajo nuevamente, pero no en el tiempo; en el espacio. Tribus aborígenes, en el África y en el Amazonas. Compartiendo el mismo ritual. Aquí entre edificios de concreto y el asfalto. Allí entre los árboles y la tierra. Pero la sangre es la misma. El vínculo. Veo una niña dejándose llevar también. Y un perro bostezando entre la multitud. Y no es sólo eso. Siento, creo ver, expresamente, nuestro legado animal. Además creo en el alma. Me siento bien. Celebro, esta noche, el día del inmigrante libanés. La calle está de fiesta. La gente se ve feliz. Yo me veo feliz. El vínculo.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Pies descalzos, sueños blancos

Pienso que el mundo comenzaría a cambiar radicalmente con tan sólo erradicar todo tipo de calzado; con tan sólo caminar descalzos. Comenzaríamos a reconectarnos, directamente, íntimamente, sin intermediarios -o mejor dicho, barreras-, con la tierra y con La Tierra, con nuestra naturaleza y con La Naturaleza. Con el tiempo sentiríamos la necesidad de erradicar el pavimento, el asfalto, y todo tipo de cobertura -artificial- de nuestro suelo, tan rico y lleno de vida, de energía, de colores, formas y sustancias. Felizmente (al menos para mí), no habiendo superficie apropiada para la circulación de los autos, con el tiempo estas máquinas se irían volviendo obsoletas, perdiendo la gente gradualmente el interés en ellas, hasta su inexorable extinción. Desaparecido este becerro de oro moderno, nuestra mente se liberaría (un poco) y nuestros ojos se alzarían, encontrándose con los de otra persona, con los de un perro, con un árbol, con un río.

(Escrito esto, vienen a mi mente algunos versos de la canción de Shakira, "Pies descalzos, sueños blancos", y caigo en la cuenta de que tienen mucho en común con este párrafo. Canción que redescubro, sorprendido, y que ostenta una letra rica y profunda, disimulada en el ritmo pegadizo de su melodía. Aquí el link del video del tema, que recomiendo: http://www.youtube.com/watch?v=H0HsoXQKTkE&feature=fvst.) 

lunes, 12 de marzo de 2012

Nueva extensión de la línea K(ant)


“El hombre como fin; nunca como medio”. Creo haberle dado una vuelta de tuerca más a esta expresión, una de las varias formas de enunciar el imperativo categórico kantiano. Y si no es una vuelta de tuerca, al menos me sirvió de inspiración y disparador para seguir afinando mi cosmovisión, mi metafísica personal, y para de paso aplacar un poco mis luchas y contradicciones internas (como la, por momentos despiadada, batalla ente mi ello, mi yo y mi superyó; o la eterna dicotomía existencial: producción o angustia). Pero esta nueva interpretación –acertada o no- no tiene tanto que ver con la ética como con nuestra naturaleza –social- y los frutos que de tal condición (la social) se desprenden. Sin más preludios, se trata de extender esta declaración de principios transformándola en una, simple, declaración de fines: “la relación (social) con los hombres como fin; más no como cualquier fin, como el fin por antonomasia”.
Así lo estoy viviendo por estos días. Y así lo estoy sintiendo. Porque, aunque Kant sea el emblema del Iluminismo de la razón, esta concepción mía, neonata o en vías de desarrollo, surge de un sentimiento, de una necesidad, acaso de un instinto, muy fuertes, más que de un trabajo racional, lógico-deductivo, intelectual. Claro que la razón ayuda a darle forma a esta materia, entre abstracta y visceral -una paradoja que tiene sentido y, más aún, da fuerza al argumento (segunda contradicción), pues ésta es propia de la vida, de lo vivo, de lo pasional-, y aquí reconozco saberme influenciado, enhorabuena, por mis ideas, y/o creencias, previas (¿tercera contradicción?) de una naturaleza que nos abraza a todos por igual, de una comunión con el mundo, pero también de que una energía particular, léase espíritu o alma, subyace a toda ella y a todos nosotros (¿cuarta contradicción, descarrilamiento total, o un dualismo posible?). No obstante, y sin lugar a dudas, la esencia de la afirmación huele a frescura, a pureza, a inocencia, y florece espontáneamente, de la manera más natural; como los lazos de amor y amistad entre las personas.

jueves, 23 de febrero de 2012

Sobre lo inútil de ser neutral


Tincho, me obligás a reflexionar sobre por qué es inútil -o, quizá, me arriesgaría a decir, no ético (ver más adelante)- ser neutral; qué nos motiva a no serlo y qué nos incita a sí serlo (interrogante número 1). La verdad es genial que nos incomodes con estos interrogantes, siempre apuntando a que la reflexión nos lleve a ser un poquito mejor cada día. Es una pregunta difícil, a mi entender, aunque superficialmente vista parezca una obviedad. Y creo que puede responderse desde diversos lugares; algunos más racionales, otros más emocionales y hasta espirituales.
Personalmente (sin indagar demasiado por "falta de tiempo" ;) pienso que la empatía juega un rol importante, ya que en uno de los escenarios donde más se pone en juego -y en tela de juicio- la neutralidad es en las relaciones humanas. Nuestra estrecha vinculación emocional con los demás -forjada por las fuerzas de la evolución, dado que somos una especie estrictamente social- nos lleva a sentirnos afectados por los estados emocionales del otro, por lo que, desde este punto de vista, difícilmente uno pueda mantenerse –o sentirse- neutral. Desde el más básico contagio emocional hasta las formas más complejas de compasión, siempre nos veremos afectados por el estado del otro. Creo que las emociones y motivaciones subyacentes son tan fuertes, que luego se extrapolan a problemas inherentes a los animales, las plantas, la ecología, el planeta. Y llegado a este punto se me plantea un nuevo interrogante (el número 2). ¿Existe alguna clase de problemas, donde se ponga en juego nuestra neutralidad, que no tenga que ver con los seres vivos? (Y con sus relaciones con otros sujetos –vivos-  y con su medio ambiente –entendido en el amplio sentido de la palabra-). ¿Se plantea el dilema de la neutralidad en problemas de índole estrictamente “abiótica”? Por ejemplo, ¿tiene sentido plantear  la pregunta “por la opinión acerca de la calidad de un auto o por la belleza de una construcción arquitectónica” en términos de neutralidad?  ¿Será entonces que la cuestión de la neutralidad sólo tiene sentido entendida como una postura ética y moral? Y finalmente, entonces (interrogante número 3), podemos  inferir y concluir que la moralidad tiene una estrecha -acaso exclusiva- relación con nuestra biología? Relación que podría remontarse a sus raíces, llegando así a la postura planteada y compartida por muchos, de que somos seres morales, altruistas, cooperativos y sociales por naturaleza; en contraposición a la concepción de los teóricos de la capa, como Rousseau, Hobbes, Huxley (apodado “el bulldog de Darwin” por haber sido un férreo defensor de sus teorías, y que, paradójicamente, sobre este tema, sostuvo una postura contraria a estas teorías) o Richard Dawkins (autor del “célebre” libro El gen egoísta), quienes conciben la moralidad humana como un artificio cultural, creado para hacer posible la convivencia y la coexistencia, pese a nuestras tendencias “malvadas y egoístas”.
Ahora, si por nuestra naturaleza somos seres morales, no-neutrales, ¿cómo es que (interrogante número 4), sin embargo,  muchas veces nos compartamos como si no lo fuéramos, incluso haciendo gala de nuestra aptitud de buenos “esquivadores”? ¿Tendrá  que ver aquí la irrupción de nuestra alabada racionalidad, cualidad admirable si se la emplea adecuadamente y con fines loables, pero peligrosa cuando mal utilizada?

Me he permitido discurrir –o siendo sincero, divagar- reflexionando sobre el problema de lo inútil de ser neutral, pero creo que de eso se trata, al menos en parte, la posibilidad de intercambiar ideas: de enriquecernos mutuamente, de ser catalizadora de nuevas respuestas, o para muchos, más importante aún, nuevas preguntas. Hoy me surgieron como cuatro. Gracias Martín.

martes, 21 de febrero de 2012

Cómo viajar en el tiempo sin gastar un peso


El hecho de haber tenido que caminar por el (macro)centro de la ciudad (de Rosario), a las 8:15 de la mañana, un día martes, feriado y parte de un fin de semana largo de cuatro días (la razón: los carnavales de febrero), me hizo redescubrir parte de la ciudad. Dado que no había mucho para ver, ni autos, ni gente, ni siquiera perros (bueno, sí, había una gran aglomeración de canes frente a la vieja Maternidad Martin, pero eran una excepción; el séquito de una de esas -respetables- mujeres que siempre se encuentran en una ciudad cosmopolita, paseando con gran amor y dedicación a sus amigos cuadrúpedos, quienes parecen ser, lamentablemente, su única compañía en la vida), y sumado a la circunstancia de que debía caminar despacio para “hacer tiempo” (¡triste ironía del destino! ¡yo teniendo que hacer tiempo! ¡yo que siempre ando renegando y hasta mendigando por un poco de tiempo extra!), me vi obligado a pasear observando –con detenimiento- las casas y los edificios –pero sobre todo las casas, y algunos edificios viejos- circundantes. Construcciones por las que habitualmente paso pero que, sin embargo, me resultaban completamente desconocidas.

Así fue que tuve mi viaje de fin de semana largo. Duró unos veinte minutos de ida y unos diez de vuelta (a la ida tenía que hacer tiempo), tuvo una extensión de doce cuadras (seis y seis; volví por calles diferentes a las de la ida) y un costo meramente energético (costo que recuperaría luego, alfajor de maicena mediante), sin gastar dinero alguno. Me encontré con una ciudad diferente, desconocida, y por qué no, mágica. Me maravillé y deleité con una arquitectura delicada, compleja, de fachadas ricas en detalles y ornamentaciones; muy diferentes de las edificaciones modernas, construidas bajo el paradigma minimalista (o algo así; no soy un entendido del tema, pero tengo un amigo a quien le apasiona la arquitectura, y especialmente la moderna), que será muy funcional, sí, pero cuyo sentido estético –para mi gusto- deja mucho que desear. (Re)descubrí, sorprendido, casas enteras, o parte de ellas; encontré algunas más bellas de lo habitual y otras más feas. Encontré nuevos locales comerciales y sedes casi centenarias de antiguas instituciones -como la Sociedad de Pediatría de Rosario- a la vuelta, a escasos metros de mi casa. Y hasta pude reparar en las magníficas esculturas que algunas construcciones emblemáticas de la ciudad ostentan. Entre ellas, la majestuosa auriga que sobresale guiando su carro tirado por cinco caballos, por encima de los árboles (vista desde la Plaza San Martín), en la ex Jefatura de Policía, actual Sede de Gobierno Provincial. Y cómo no mencionar la mansión de  la Fundación Josefina Prats, con sus vitrales, sus fuentes custodiadas por querubines y sus jardines (y sus mitos y leyendas). Aunque, resulta necesario admitir que, lugares como estos últimos, difícilmente pasen desapercibidos. 

Pero acaso lo más increíble haya sido la posibilidad de viajar no sólo en el (acotado) espacio sino también en el (dilatado) tiempo. Porque las diferentes edificaciones corresponden a distintos estilos, inherentes a distintas épocas. Desde las más barrocas y coloniales hasta las actuales cajas blancas. Y resulta extraordinariamente sugestivo y cautivador jugar a imaginarse cómo habrá sido la ciudad (Rosario), su gente y su estilo de vida, en cada una de las diferentes épocas, y cómo habrán sido las sucesivas transiciones que culminaron en la miscelánea fisonomía actual. Jugar a ser una especie de arqueólogo o antropólogo, quizá de eso se trate; y quizá sea la forma más económica de viajar en el tiempo.