miércoles, 19 de noviembre de 2014

Arenga

A ver si te hacés hombre de una vez, viejo. Basta de lloriqueos infantiles y de miedos cobardes. Y si los miedos están, si aparecen, enfrentalos. Así de simple. ¿Hasta cuándo si no vas a seguir así? Pisando los treinta y tres. Si estuviste en el mismísimo desierto bajando riscos empinados para bañarte en una cascadita mientras los jotes revoloteaban expectantes a tu alrededor. Y en la selva casi te perdés mientras no cesaban de picarte mosquitos voraces y animales peligrosos amenazaban con aparecer a cada paso que dabas. Y en la alta montaña, sólo en una cabaña de piedra en el medio de la nada, pasaste la noche más fría de tu vida teniendo que elegir entre helarte hasta la médula o dormir inmerso en el humo de una fogata frustrada. ¿No te sirvió para nada todo eso? Confiá en vos. Con-fiá. Pensá un poquito menos. Intuí. Canalizá esa energía negativa. Expresala. Manifestala. Transformala. Llorá. Quizá mejor, reíte. De vos. De la situación. Del absurdo. Capitalizalo. Soltalo. Naturalizalo. Echá mano de tantos años de enseñanzas. Cambiá, un poco. Todo es cambio en definitiva. Sacá el valor que tenés ahí dentro y disfrutalo. Animate. Disfrutá de verte donde nunca antes. Conocete y querete un poco más. Dale.

martes, 30 de septiembre de 2014

Amigos son los amigos (y más, también)

Me saludó con tanta buena energía tras alcanzarme hasta mi casa… Cuántos amigos tengo, la verdad. Será que no me gusta reservar la palabra “amigo” para casos muy puntuales e importantes, como recuerdo haber escuchado en algún lugar el otro día. Cierto que –por ejemplo- tengo compañeros de trabajo, pero tan cierto como que tengo amigos del trabajo. Yo veo (siento) claramente la diferencia. Aunque no sean de toda la vida o no hayan compartido momentos trascendentes de mi historia. Yo prefiero sentir amigos a todos aquellos que, por algún motivo particular –que los hace precisamente especiales-, vibran conmigo en la misma frecuencia. Claro que están los famosos íntimos-contados-con-los-dedos-de-las-manos, pero también están los que ahora pasan casi todo el día junto a uno en el trabajo o la facultad, los que están lejos (geográficamente), los que comparten además un vínculo de sangre, de parentesco político (fea expresión si las hay, por cierto), los que comparten una actividad  o una pasión un día a la semana (digamos, un fulbito, teatro o un ensayo en la sala), una ideología atemporal. También están los que son más viejos, más jóvenes, más gordos o más flacos. Los que pueden enseñarte y los que pueden aprender; profesores y alumnos de cualquier índole, ¿por qué no? Los que coincidieron –espacialmente- con uno por un tiempo limitado, los que bastaron horas o palabras para generar la conexión. Hombres, mujeres. Solteros o en pareja. Si tan sólo fuera consciente siempre de lo afortunado que soy por tenerlos, no habría forma de sentirme mal por ningún problema o necesidad personal (aunque sí por los de otros). Feliz día del amigo. Feliz primavera. Feliz vida.   

lunes, 1 de septiembre de 2014

Abre

Yendo en el colectivo leo: "El cerebro de los bebés tiene muchas más conexiones que el de los adultos (...) Nuestro cerebro poda los caminos más frágiles y menos usados, y refuerza los que se usan más a menudo". Llegado a mi particular destino reflexiono: "pocas cosas hay tan maravillosas como encontrarse en un lugar o situación donde nunca uno hubiera imaginado estar". Salgo y veo cuatro teros alborotando el cielo con sus gritos; me recuerdan mis días de infancia. Un golpe de vitalidad me sacude. Entonces me doy cuenta mientras vuelvo que ¡caminar por el parque a esta hora de la mañana! No todos los días... Abro mis poros a cada sensación y detalle. Me colman. Entreveo un nexo. Todo cierra (o se abre).

viernes, 6 de junio de 2014

Título aún no elegido

Dame un bizcocho; pero qué ganas de haber llevado la factura de crema (ayer). Dame una factura de crema; pero qué ganas de haber llevado la tortita negra (hoy). La prueba empírica e irrefutable que faltaba para comprobar aquel nefasto mecanismo. Siempre centrado (o más bien descentrado) en lo que se pierde al elegir. Una factura, una película, una acción, un trabajo. Warning! Así siempre se va a estar mal. Y con una inocencia deliciosa imagina que Oliveira sería más feliz en cualquiera de las Arcadias de bolsillo que fabrican las madame Léonie de este mundo. A veces, cuanto menos se  piensa, menos se yerra. Como cuando se juega al fútbol. Todo se reduce prácticamente a intuición, o a conciencia sartreana arrojándose al mundo (y a la pelota). Vivir(lo). Sentir(lo). La película, el trabajo, la presencia de ese amigo. Y ya que estamos, reír más. Más Platón y menos prozac, pero más Capusotto y menos Platón.

martes, 25 de febrero de 2014

20 minutos

A falta de inspiración, y con la esperanza de encontrarla a fuerza de escribir como ejercicio, he aquí algunas apreciaciones sobre el día de hoy.

Primera vez en meses que dispongo de bastante tiempo para mí. Siempre que pasa me desespero cual perro con dos platos (o más) de comida. No sé cuál o cuáles elegir. Tanto que termino haciendo nada. O muy poco. En este momento deseo tanto leer, escuchar música, hacer cosas en la casa –y suerte que ayer ya fui a correr-. (Tema recurrente, lo sé.) José Pablo Feinmann, Erich Fromm, Cortázar, Frans de Waal, Mary Shelley… ¡¿Cómo elegir?! Para sacarme estos dilemas de encima decido escribir. Ya no tengo que elegir entre Lennon o White Stripes. Entre tanto, mi vecina toca a la puerta y nos regala un plato de fideos al pesto que hizo especialmente para nosotros (bah, para ella). Un gesto tan cálido que bien podría redimir todos los malos actos del resto de la gente. O al menos alimenta, fortalece, mi fe en el otro. No sé cómo –ya lo recordé; pero no es importante- doy con unas fotos que hace mucho no veo. Que vi muy pocas veces, de hecho, pese a los momentos y personas tan especiales –y su mágica confluencia- que retratan. Me pierdo en aquellos recuerdos. Me olvido del tiempo. Lo disfruto. Amo, suelto, soy yo mismo. Y escribo esto en tan sólo veinte minutos (!).    

sábado, 22 de febrero de 2014

(What's the Story) Morning Glory?



Recién llego al trabajo, a mi trabajo. Me siento bien. Debería ser precavido, pero, ¿para qué negarlo? Me gusta. En este momento, imagino que el trabajo que tenga que hacer durante el resto del día puede ser lindo, y hasta estimulante. También hay otras cosas que hacen a este sentimiento: mis compañeros (que en algún comenzarán a caer –de hecho, acaba de caer la primera-), el mate, Del Frade en la radio (y más tarde, la música), mis fotos de Messi y los Beatles, la esperanza intrínseca del amanecer, que renace con fuerza día tras día. 

Pero volviendo al trabajo. Todo parece ideal, acaso idílico. ¿Por qué entonces, tarde o temprano, termino con esa sensación de desasosiego y derrota al finalizar la jornada, e incluso antes? Trato de ser objetivo. Es difícil. Me cuesta. No creo que sea por extrañar a los monos, a los animales y sus conductas (que, en efecto, extraño); tiene que ver con otra cosa. Con las grandes dificultades con las que termino chocando casi inexorablemente una vez que me pongo manos a la obra. Y la consecuente frustración. Intento. Estudio. Reintento. Trato de buscar alternativas. Pero no hay caso. La cosa avanza poco y nada. Al menos, pensando en los cánones establecidos. (Qué tema ese…) Y entonces es cuando ya pierdo las fuerzas y las ganas de hacer todo lo que hay que hacer para iniciar, desarrollar y completar un experimento. Cuando siento casi la certeza de que el experimento no va a dar. Porque casi nunca da. Y otra lucha, más difícil aún. La lucha conmigo mismo. Esa sensación, constante y difícil de extirpar, de que el culpable de tales avatares cotidianos soy yo. Mi impericia. Mi falta de criterio y sentido común para este tipo de asuntos.

Es curioso, porque para otras cosas pienso que soy bueno. O, al menos, mejor que para éstas. ¿Será que es así? ¿Que uno puede ser bueno para algo y tan malo para otra cosa? Lo cierto es que ambas tienen que ver con el conocimiento, y específicamente, el conocimiento de la vida, el mundo, la naturaleza. Y me gustaría poder saber mucho y manejar los temas que estudio. Y, aunque no me apasionan tanto como la conducta animal y la naturaleza humana (entre otros), me interesan y desearía poder ser un entendido en las disciplinas que hoy por hoy me ocupan. Ya veremos cómo discurre esta historia, que amanece diariamente, durante los próximos dos años. Ya veremos también qué pasará con la ecología, la etología y la antropología. Por lo pronto: debo procurar desarrollar la entereza y dedicación necesarias para sacar adelante –y hasta disfrutar, y por qué no, dejarme apasionar (por)- este doctorado. ¿Podré? ¿Sólo dependerá de mí? ¡A trabajar!

martes, 24 de septiembre de 2013

Vértigo

Vértigo. Vértigo para irme a dormir. Vértigo para levantarme. Vértigo para desayunar. Para ir al trabajo. Para llegar al trabajo. Para trabajar. Para salir del trabajo. Para llegar a mi casa. Para descansar un rato. Para levantarme y hacer algo (y de ser posible, varios, muchos algos). Para cenar. Para bañarme. Para irme a dormir otra vez. Vértigo para ponerme a escribir esto. Vértigo.

Hace mucho tiempo que vivo en permanente estado de vértigo. Hace mucho tiempo que no me detengo. Que no percibo con plenitud las cosas. Con claridad. Con densidad. Hace mucho tiempo que (casi) todo pasa delante de mí como si nada. (Siniestra condición del vértigo que no me da tiempo a tomar conciencia de ello.) O mejor dicho –y he aquí lo esperanzador, el haz de luz que se cuela por la hendija-, que yo paso delante de las cosas como si nada. Cuánto hace que no me detengo a observar y escuchar a una pareja de horneritos cantar a dúo. Cuánto hace que no me detengo a observar las curiosas y graciosas conductas de los perros de la calle. Cuánto hace que no observo las nubes, la luna, las estrellas. Que no me detengo en las texturas, los aromas, los colores. Que no siento el mundo latiendo a mi alrededor. Que no sincronizo con la mirada del otro, ni me abandono a vibrar en la frecuencia de su voz. (Y eso es muy peligroso: no sólo descuido sus valores; también sus problemas.) Cuánto hace que no vivo en el presente sino en el constante correr hacia el futuro, hacia lo que viene (y nunca termina de llegar).



Por suerte, siempre hay cosas que me abofetean lo suficientemente fuerte como para arrancarme –al menos por un momento- de semejante enajenación. La risa de algún chico. La inesperada irrupción del olor a tierra mojada. Una canción especial. Una frase. Una caricia. O la simple y terrible ansiedad, espontánea, asfixiante, sólo en apariencia injustificada. Es preciso recuperar ese contacto y ese vínculo genuinos con el mundo, con las personas. La serenidad del ahora. “Quién me quita la paz de la tortuga” reza un poema norteño (será por eso que me fascinan tanto). Reivindicar el cliché: “Primero lo importante; después lo urgente”. Y que el vértigo quede relegado sólo a la (gran) película de Hitchcock.