He descubierto el secreto de la felicidad: tener la certeza de que siempre habrá alguien allá afuera con quien hablar o, simplemente, estar.
Los agradables empleados y empleadas del Palacio de la Oportunidad, la estudiante de Terapia ocupacional en la Plaza Pringles; el chico de la calle (me perturba la expresión) que jugaba con ella y con cuya alegría era imposible no empatizar; los artesanos y artesanas que vendían libros en la misma plaza; la señora que paseaba un bretón viejo y enfermo portando orgulloso entre sus mandíbulas una pichón de paloma muerto (es porque es una raza cazadora, aclaraba también orgullosa su dueña); la familia que se acercó a ellos asombrados por la bucólica (?) escena; el empleado estatal (pronto a jubilarse) que esperaba a su hermana mientras ella escuchaba poesía en la Biblioteca Argentina (pero él se aburría y se escapó); las decenas de adolescentes que, agrupándose como gaviotas que coinciden de repente en un punto de la playa (o de la plaza), sobrecargan el ambiente con su energía de tormenta eléctrica (se ríen, rapean, se abrazan, se besan); un amigo militante que paseaba con su novia; el paseador de perros que compartió conmigo sus historias (por su edad debía tener muchas) y las cuadras y el paso indagador de Sasha.
Como rezaba la intro de X-Files: la verdad está ahí afuera.
No hay comentarios:
Publicar un comentario