sábado, 18 de abril de 2020
Axolotes
La sensación es tan extraña en este punto. No sé si ubicar primero la "s" o primero la "u". Pero aquella vivencia de mañana de bici en febrero resulta tan reveladora vista en retrospectiva. Y la plazoleta y 2-D. Es tan extraño todo esto. Mover las piernas por más de un minuto y en línea recta. Desplazarse más de diez metros sin parar. Las calles casi vacías. El silencio. Los barbijos cubriendo las emociones contrariadas de las pocas personas que cruzo. Todo digno de un buen libro de Aldous Huxley o una película de Buñuel. Mezcla de ciencia ficción y surrealismo. Las hasta ahora nunca vistas colas en la vereda con sus dos metros de distancia entre clientes. El tiempo que pasa mientras uno disfruta tener que esperar y dilatar el retorno al hogar, más estrecho y hermético que nunca. Y esto pensando en quienes tienen dónde volver. Esa es la herida más lascerante de todas: los que ya debían vivir en un mundo opresor y desdibujado, oscuro y con el peligro a cada vuelta de esquina. Cuánto que falta el calor humano, el abrazo, el cosquilleo de una voz en las orejas. Y cuánto falta la libertad. Ahora comprendo cabalmente los movimientos erráticos y exasperantes de un animal en cautiverio. Ahora somos nosotros los que estamos del otro lado del vidrio, como si axolotes salidos de un cuento de Cortázar nos dejaran adentro, debiendo vivir sus opacas existencias de acuario. Espero tanto el paseo en bici, el viento en la cara, el calor de una mano, la humedad de un beso. Sigo sin lograr definir si ubicar primero la "s" o la "u". Sin lograr precisar si eso que entendí durante aquella mañana de música y bici fue casualidad o causalidad.
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