sábado, 18 de abril de 2020

Felicidad meridiana

Lo maravilloso es que me dijo "Chau, querido". También la ferretería con el frente cubierto de hojas amarillas y la extrañeza de caminar a tres cuadras de tu casa después de un mes de no hacerlo. Pero sobre todo  el "Chau, querido". Juro que no lo conozco. Y juro que en la vibración de su voz no había frecuencia alguna de indiferencia, conveniencia o cinismo. Eran palabras sentidas. Como la sonrisa que adiviné detrás del barbijo de la cajera del súper. El brillo repentino de sus ojos confirmaba lo que su medio rostro cubierto insinuaba estremeciéndose casi imperceptiblemente. Y uno que necesita tanto esas cosas por estos días. 

Y es que por unos cuarenta y cinco meridianos minutos fui feliz. Y fui feliz con tan poco. Sintiendo caer el sol directamente sobre mi piel y mi pelo, entreteniéndome con los movimientos de las hojas de los árboles, caminando por primera vez una calle olvidada a tres cuadras de mi casa. Podría decirse tranquilamente que estaba en Colombia, Marcos Paz o Nueva Zelanda. Todo era tan nuevo y atractivo y llamativo en esa calle. El ventanal abierto dejando ver el disco "Piano Bar" en la pantalla de la tele fue una caricia adicional. Aunque la primera vez no escuchara nada. Y aunque la segunda vez sólo oyera vagamente un acorde que no logré reconocer.

No puede ser que tras esto no entendamos que la vida pasa por ahí. Por el "Chau querido", por la sonrisa que trasciende el barbijo, por la libertad de andar, por el descubrimiento de un barrio nuevo, de un disco, de un amor. Y después compartirlo con un amigo, mate o birra de por medio.

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