lunes, 22 de octubre de 2012

Eros vs. Chronos


El tiempo pasa, fluye, corre, y un poco me desespera. No puedo seguirle el ritmo. Salgo a correr, entreno, pero a pesar de mejorar mi resistencia y velocidad, es inútil. Siempre se (me) escapa. ¿Se escapa realmente? ¿Existe, finalmente, el tiempo? ¿Es la famosa cuarta (de no sé cuántas) dimensión del universo postulada por Einstein? ¿Es la categoría kantiana, aquella que -junto con el espacio- concibió el hombre para poder entender el mundo? ¿Es un tiempo absoluto o relativo? ¿O son los “delta” de tiempo, es decir, sus intervalos, los que ciertamente importan, como nos develó una noche, a Guille y a mí, un excéntrico astrónomo en una plaza de Capilla del Monte, mientras yo observaba en su telescopio, por primera vez, los anillos de Saturno? ¿Cuál es la concepción que vale? ¿La filosófica, la física, la psicológica? ¿Todas? ¿Ninguna? Sea como sea, ninguna respuesta parece conformarme, satisfacerme.
A veces pienso que la mejor forma de resolver el problema es reformular la pregunta, la –en el más angustiante sentido de la palabra- inquietud, en otros términos. Mayor pragmatismo, quizá. Entonces, más que preguntar, afirmo: calidad antes que cantidad. Insisto para mis adentros: grabar a fuego. Golpear al tiempo –y esta expresión denota una postura ideológica definida, más o menos consciente, y para bien o para mal de quien suscribe- donde más le duele, donde pierde su razón de ser (algunos piensan, y es muy respetable, que esta razón de ser del tiempo es su mismísima pérdida) o su esencia. Quiero decir, con esos momentos o instantes (¡es imposible escapar al paradigma impuesto por el dios Chronos!) que, parafraseando a Sábato, parecen “detenerse y extenderse” en la eternidad. Vuelvo a caer en sus trampas. No son momentos ni instantes. Son sentimientos. Actitudes. Acciones. Son, en definitiva, amor. Sentido, expresado, dirigido y aplicado. Hacia quien tengo al lado. Hacia el mundo que me rodea. Hacia lo que hago. Pero no un amor ingenuo, baladí; antes bien, madurado y sustentado en fuertes convicción y voluntad. Hablo de alegría, de endorfinas, de entrega (absoluta), de sabiduría, de melodías, de sensibilidad y apertura, de abrazos y miradas, de humildad, de templanza, de serenidad, de gratitud, y hasta de coraje e hidalguía.
Ser y hacer en estos valores permiten –al menos a mí parece funcionarme-  vivir en, con, e incluso más allá, del tiempo. Sin preocuparse por el tiempo; salvo por el mal tiempo, sobre todo si te olvidás el paraguas.

viernes, 24 de agosto de 2012

Messi: el único capaz de hacernos soñar y amar

Es tarde y estoy bastante cansado, pero intentaré escribir estas líneas de agradecimiento. El hecho, las circunstancias, la persona, las jugadas, los goles, lo ameritan. Serán líneas humildes, pero sentidas.

“Messi es el único jugador en el mundo que me hace soñar y amar” sentenció Eduardo Galeano, gran escritor y pensador, y también -como quien suscribe- un amante del fútbol. Creo que no podría yo haber encontrado palabras más exactas para describir mis sentimientos. Y por hacernos soñar y amar es este agradecimiento; por haberme hecho recuperar algo que era tan valioso para mí, y que había perdido, o decidido abandonar. A medida que crecemos, realmente no sé por qué –juro que me lo pregunto día y noche hasta el hastío, y también cómo fuimos capaces de llegar a ello-, vamos perdiendo nuestra capacidad de divertirnos, alegrarnos, de sentirnos vivos y cultivar aquello que nos mantiene vitales, latiendo (“sólo los niños saben lo que buscan", ya lo advirtió el Principito); para convertirnos gradualmente en pseudo-máquinas (o pseudo-hombres) frívolas, estresadas, enajenadas, racionalizadas hasta la náusea, deshumanizadas y desanimalizadas, desvitalizadas, running everywhere at such speed, till they find there’s no need. Y olvidamos lo esencial de esta vida: soñar y amar.

Y Messi nos regala, nos devuelve (nos ayuda a recuperar), esas capacidades: la vehemencia y la alegría de lo vivo. Creo que ya eso bastaría para considerarlo el mejor jugador de la historia. (Pero ese es otro tema, del cual en algún momento me ocuparé.) Y lo hace porque su fútbol es poesía y es amor en sí mismo. Porque es pasión. Porque juega como el primer día, con esa alegría genuina de los chicos. Y creo que -entre otras cosas- me contagia eso: la re-conexión con –aunque sea una frase trillada- el niño que todos llevamos dentro. ¡Es tan necesario y saludable no perderlo ni olvidarlo! Después (antes y durante) están sus goles increíbles, sus asistencias quirúrgicas ("tomá y hacelo"), sus gambetas incontenibles. Sus récords y estadísticas siderales. Su inteligencia para jugar y analizar cada situación en milisegundos, su velocidad física. Su voluntad de jugar y seguir, en vez de tirarse o dejarse caer en la primera de cambio, buscando la ventaja mediocre. No señores, como alguien advirtió –con mucha lucidez- y posteó en youtube: Lionel Messi never dives.
Podría decirse que su juego -al igual que su persona- está atravesado por valores fundamentales. Un sentido de la estética digno del mejor compositor, escultor o pintor. (Porque eso hace: compone obras, orquesta jugadas, pinta escenas de una belleza acaso inverosímil.) La generosidad. Y la humildad y la convicción. El ejemplo irrefutable de que se puede. Por algo será que la gente tanto lo adora, lo idolatra, lo quiere. En cualquier parte del mundo. Todos son fans de Lío Messi. Y eso que jugadores que meten goles hay muchos…

Por todo esto y mucho más: gracias eternas, Lío.

viernes, 10 de agosto de 2012

De amores, dados y entropías


Como sabemos, la naturaleza no juega a los dados; Einstein fue más que claro al respecto. Heisenberg, con su  célebre principio de incertidumbre, sólo nos muestra nuestras limitaciones al momento de pretender conocer el mundo. No obstante, todo objeto y todos aquellos entes inanimados, se rigen, en última instancia, por leyes físicas concretas y precisas. La luz se desplazará de un punto a otro en el espacio a trescientosmil kilómetros por segundo y la piedra con que tropecé esta tarde, seguirá siendo piedra mañana. Esto, al menos intuitivamente. No me animaría siquiera a insinuar que existe un determinismo físico, no me gusta la idea, pero, insisto, intuyo cierta forma de limitación. La cosa se complica y se vuelve más compleja –a la vez que fascinante- cuando entramos en el reino de lo biológico. Ya no es tan fácil decir –como sucedía con la piedra- si el perro que me crucé esta tarde estará allí mañana; mucho menos dónde estará. Parecería haber una especie de grados de libertad, que van aumentando a medida que nos desplazados desde el átomo –desde el bosón de Higgs, para estar al día- hacia el árbol, el perro, el gato (pasando en el medio por las piedras, la arena y el mar). Libertad que perturba nuestra física toda, haciendo tambalear hasta la mismísima entropía.
En fin, el punto es que la naturaleza no juega a los dados, tiene sus reglas, pero el hombre –al menos- parece trascenderlas, ir más allá. Me cuesta mucho imaginarme una persona como un mero cúmulo de materia y energía andante, como una insípida máquina biológica. (Aunque es tentador pensar un espíritu en términos de energías fluyendo, transformándose, intercambiándose; y hasta algo de eso hay.) Sino que más bien, veo en él al ente que es sus infinitas posibilidades, que es proyecto y proyección libres. Más aún, veo, siento, intuyo, como proclamara Sartre, que esa libertad es el fundamento del ser. Que es condición necesaria e insoslayable del amor. Que el amor otorga sentido a la libertad, al ser. Que el espíritu, el alma, es fundamento de ambos, libertad y amor.

viernes, 27 de julio de 2012

Preguntas


¿De qué se trata todo esto? ¿De qué va la cosa? ¿Se trata de ser feliz o de ser fuerte? ¿Existe la felicidad? ¿Existe un sentido? ¿Un final del camino? ¿O es el camino lo que importa (como dijera Fito Páez)? Y yo que siempre critiqué (critico) y condené al consumismo, al materialismo, ¿no hay derecho, acaso, a buscar la felicidad en lo material, en los productos, en las mercancías? ¿Quién dice que es menos genuina esa búsqueda que aquella que cultiva el espíritu, el conocimiento, el arte? (Obviamente, pensando y abstrayéndonos –si es que se puede, sin caer en la infamia- de la explotación de clases, de las terribles desigualdades, injusticias y miserias que subyacen al sistema de producción de todos estos pequeños “pedazos de felicidad”.) ¿Y la felicidad puede estar en el trabajo? ¿Entonces trabajo para ser feliz? ¿Entonces vivo para trabajar? ¿Vivo para ser feliz? ¿Trabajo para vivir? ¿Aunque muchas veces se nos prive del sol? ¿Es un precio justo a pagar? Y, no sé; a mí me encanta mi trabajo. A mí también, tanto como sentir el calor y la luz del sol, y la brisa del otoño, y las endorfinas corriendo por mi sangre durante y después de un buen ejercicio físico. ¡Ah! ¡Cierto! ¡Las endorfinas! Los (¿escépticos? No, se respeta su opinión) que consideran la felicidad como parte de un romanticismo, acaso ingenuo, poco tienen y pueden decir sobre las endorfinas. La felicidad materializada, hecha hormona. ¿O ahora estamos hablando de placer? ¿Felicidad y placer son la misma cosa? ¿Son como la idea platónica y su contraparte mundana? Entonces (!), ¿vivimos para buscar el placer? ¿Somos hedonistas? ¿Y el amor? No olvidemos al amor. Y a la libertad. Yo no puedo identificar el amor con lo material, pero sí pienso en la libertad de elegir lo material. Y para mí la libertad es el fundamento del amor. Me estoy desviando, pero me acuerdo que el amor es otro “ente” tan cuestionado como la felicidad. Tan maltratados por el reduccionismo. ¿Son creaciones humanas? ¿Los animales aman, son felices? ¿Y las plantas? ¿No serán todas, distintas versiones de una misma cosa? ¿Y la Pachamama? ¿Y Gaia? Cuando volvía a casa me crucé, en la peatonal, con un perro de la calle, que me miraba –con ojos bondadosos- desde su “cucha” (unos cartones en el piso), entre las piernas de las muchas personas que iban y venían. Sentí amor. Y también felicidad.

miércoles, 25 de julio de 2012

Kinesioterapia



Qué experiencia loca y “cortazariana” sufrir de repente una lesión en la rodilla y tener que comenzar sesiones de kinesioterapia, cosa que nunca había hecho en la vida. Levantarme más temprano y acostarme proporcionalmente  antes de lo habitual (o no, y sufrir las consecuencias del cansancio al día siguiente). Comenzar una rutina diaria de magnetoterapia, ultrasonido y ejercicios, gradualmente más larga y exigente respecto de los últimos. Conocer gente nueva; las secretarias, que te abren y cierran la puerta de entrada al llegar y al retirarte, y te preguntan tu apellido para anunciárselo al kinesiólogo pertinente (Sergio, en mi caso), quien a los pocos minutos aparece por el espacio que divide la sala de espera de las camillas y los aparatos para hacer ejercicios y te invita -interrumpiéndote lecturas anacrónicas sobre el furor de Messi antes del mundial de Alemania (¡las maravillas que ya se decían de él!, ¡si hubieran podido saber lo que sería después, ahora!) o la rememoración de los 50 años desde que los Rolling Stones tocaron por primera vez- a pasar del otro lado; los pacientes, algunos de los cuales se van volviendo familiares, y uno siente una cosa extraña cuando de repente un día deja de verlos sabiendo que no volverá a hacerlo, y sabiendo que un día le tocará a uno mismo dejar de ser visto por los demás (por suerte eso todavía no ha ocurrido). Y todo eso, para de golpe –a esta altura ya puedo decir que estoy cerca; sólo me queda un día de rehabilitación, ¡un día!- convertirse en el paciente que no se verá más por allí, porque debió volver a su antigua rutina, la de levantarse y desayunar para ir derechito al trabajo. Y entonces aparece el riesgo, el miedo. Extrañar la rutina de la rodilla, cada detalle de ella. Un llamado, ubicarse en la camilla, ultrasonido, charla amena con Sergio  (principalmente sobre el avance en la recuperación, pero también sobre trabajo, literatura –Cortázar: pocas veces, acaso ninguna, he leído un cuento tan mágico, tan visceral y tan dulce, como “La señorita Cora”- y el frío), magnetoterapia, y como acá me quedo sólo, leer; luego sacarse la modorra en la que tibia y mansamente uno ha entrado, comenzar los ejercicios físicos, sentadillas, cuádriceps, gemelos, de vez en cuando lindos goles en el televisor del gimnasio; y finalmente saludar (a veces estirar antes), y salir al mundo con un hambre voraz, de desayuno y de vida. Se acentúa el miedo, el riesgo de vivir anhelando volver a estar ahí, esperando ser llamado para entrar a la kinesioterapia, esperando y deseando una nueva lesión que te devuelva a ese cálido y confortable mundo de kinesiólogos, pacientes y secretarias. Tengo que apurarme y terminar de escribir esto, terminar antes de que sea mañana, y me haya invadido la angustia.


miércoles, 11 de julio de 2012

El mono teleológico


¿Salto cualitativo?
De repente recordé, con algo de gracia, el argumento “de que está en nuestra naturaleza y en nuestro instinto” esgrimido por muchos para justificar la infidelidad o sus sensatos ataques en contra de la “construcción cultural” del amor. (También se lo usa, y también absurdamente, para intentar justificar nuestra pretendida naturaleza maligna y abyecta, según la manera hobbesiana y freudiana de ver una sola cara de la moneda.) ¡Pobre biología –reflexioné-, agraviada tan impunemente! Porque pocas cosas hay –si las hay- más puras y genuinas que el instinto y la inocencia animal. Entonces me pregunté si sabrán y tendrán presente el hecho de que somos la única especie del Planeta que -usando términos técnicos y libres de todo “romanticismo barato e ingenuo”- copula de frente (bueno, con excepción de los bonobos, tan parientes nuestros como los chimpancés, pero más sexuales y pacifistas). Podrá pasar inadvertido en un primer momento, pero basta pensar un poco en ello para darse cuenta de la trascendencia de esta particularidad. Al copular de frente, los miembros de la pareja pueden mirarse a la cara, a los ojos; ser testigos y partícipes de los intensos sentimientos experimentados por su pareja, en aquel momento de intimidad y confianza casi absolutas, afianzando sobremanera el vínculo que los une. Incluso los rasgos físicos del otro se afianzan en la memoria, se singularizan, se vuelven únicos. Y es que el Homo sapiens, a diferencia de otros primates, era de dieta mayoritariamente carnívora, y necesitaba de la cooperación de sus compañeros para salir a cazar y tener éxito, a la vez que una mujer que cuidara de sus hijos y no fuera motivo de competencia y discordia entre los cooperantes. Tales circunstancias habrían alentado (y moldeado) la evolución y afirmación de tendencias monogámicas en nuestra especie.

Sí podría concebir al amor como una construcción cultural, en el siguiente sentido. Todos los animales sociales forman estrechos vínculos entre los miembros de su grupo, se preocupan por el otro y cooperan para alcanzar objetivos comunes; pero el hombre probablemente sea el único capaz de tomar conciencia plena de ello y de articular un lenguaje que le permita hacer de esa realidad una elección, atribuyéndole a esta última un sentido, un sentido por y para el qué vivir.
Entonces, quizá el hombre sí haya dado un salto cualitativo respecto de los demás primates después de todo. Quizá dicho salto consista en haberse convertido en un mono teleológico.

Nota: Debo aclarar que, aunque no desarrollado aquí, mi concepción del amor va más allá de la ciencia, hallando su principal sustento en el vínculo espiritual y en una elección activa, libre y conciente de la búsqueda del bien común, para el otro y con el otro.

lunes, 14 de mayo de 2012

Breve historia del hombre-mono

Dicen que una vez el hombre fue un mono que vivía alegremente en las selvas africanas comiendo frutas de todos los colores, olores y sabores (si acaso tiene) del arcoíris. (Nuestra predilección por las golosinas nos lo recuerda.) Un día algo en el clima cambió y sus selvas devinieron pastizales, sabanas. El “hombre-mono” tuvo que buscar otra forma de alimentarse, y parece ser que lo que más tenía a mano eran otros animales, principalmente otros mamíferos. Así que aprendió y comenzó a cazarlos. Paralelamente el hombre-mono también era cazado por otros animales, en el eterno y universal –o mejor dicho, mundano- juego de la supervivencia. Por ello comenzó a pararse en sus dos patas traseras con mucha frecuencia; para poder observar a través de los altos pastizales y estar alerta ante el peligro de ser cazado. Cada vez pasaba más tiempo erguido, hasta que un día dejó de caminar en cuatro patas para nunca más volver a hacerlo. Esta nueva forma de andar en la vida dejó libre sus manos para manipular, explorar, aprehender y aprender (de) todo tipo de objetos. Con el tiempo su conocimiento y habilidad mejoraron notablemente;  entonces fue capaz de transformar los objetos que manipulaba y, como una consecuencia lógica, transformar su medioambiente, su entorno. Mientras tanto seguía cazando para alimentarse y, como sus presas no eran presa fácil (si se me permite el juego de palabras), debió recurrir a esos objetos transformándolos en herramientas de caza. Como eso no fue suficiente, recurrió también a sus compañeros de grupo (o tribu), cooperando en la empresa de conseguir el alimento, afianzando y arraigándose así sus tendencias sociales. (Esto también nos consta, pues heredamos una fuerte impronta en relación al ritual de la alimentación en grupo. Almorzamos y cenamos con amigos y familiares, reunidos frente al banquete –siempre salado-, compartiéndolo, cual grupo de lobos en derredor de la presa abatida.) Y dado que esta cooperación exigía armonía, se libró (o al menos lo intentó –podía equivocarse, después de todo era humano; aunque pensándolo bien, no lo era aún, en un sentido cabal-) de uno de los motivos de lucha y competencia más importantes –sino el más importante- entre los potenciales cooperadores: la búsqueda de pareja. El hombre-mono se volvió monógamo y vivió toda su vida con una misma pareja (hasta inventar millones de años después, el divorcio). No obstante el trabajo en equipo y las herramientas, muchos animales seguían siendo difíciles de atrapar, pues eran más veloces que el hombre-mono. Entonces éste ideó una estrategia notable: correría y perseguiría a sus presas hasta, literalmente, “ganarles por cansancio”. Para lograrlo tuvo que desprenderse de su espeso y ubicuo pelaje, pues la piel desnuda le permitía transpirar con mayor facilidad, evitando que su cuerpo se recalentase durante las largas e intensas persecuciones. El hombre-mono podía correr, de esta manera, durante horas, hasta que el animal perseguido sucumbía sólo por el cansancio y el excesivo calor. Para aquel entonces una cola prensil no tenía mucho sentido, no habiendo árboles en los que trepar. El hombre-mono también podía alimentarse recolectando frutas y verduras, hasta que comprendió que era más fácil si las cultivaba él mismo. Dejó de perseguir su destino y decidió construirlo, estableciéndose en un lugar determinado. Surgieron la economía y la política; las ciudades y los países. El rudimentario –pero no por ello menos excepcional-  lenguaje que había desarrollado, se tornó cada vez más rico y complejo. Cuando el hombre-mono –a esta altura, mejor conocido como hombre, a secas- vio satisfechas sus necesidades básicas de subsistencia, dio rienda suelta a una de sus cualidades más admirables: la creatividad. Comenzó a expresar lo que sentía y pensaba (en algún punto de este vertiginoso camino, el instinto puro dio lugar a la conciencia, quizá, como dijera Piaget, cuando hubo problemas que el primero por sí sólo ya no fue capaz de resolver) y surgió el arte. Cultivó, como ningún otro animal en la Tierra, su curiosidad infinita, y se volvió filósofo y científico. Extendió muchas cualidades de su infancia a la edad adulta, y jugó en todo momento y lugar, en vez de simplemente descansar. Fue capaz de reír y de llorar. Y hasta fue capaz de llegar a la representación abstracta, al símbolo. Y la curiosidad se volvió búsqueda de sentido, de trascendencia. De libertad y de amor. El hombre-mono se volvió metafísico. Y así, casi sin quererlo, fue padre e hijo de la cultura, de la civilización y de la historia. Actualmente algunos dicen que el hombre-mono se ha vuelto posmoderno. Que es un mono (un hombre) “posmo”. Otros, que también ésta es una etapa superada. Porque el hombre-mono está siempre pronto a superarse, a pro-yectarse. Yo lo admiro por su naturaleza animal y por su condición humana. Tan contradictorias en apariencia, pero en esencia, estrechamente ligadas, partes de un todo acabado e integrado. Ése que es consciente de sí mismo, de su futuro, de sus infinitas posibilidades y hasta de su muerte (la imposibilidad de todas sus posibilidades). Ése que es capaz de pensar el mundo y hasta de (atreverse a intentar) pensar la nada. De pro-yectarse individual y colectivamente. De actuar y construir con y para el otro; y también contra el otro. Ése que es víctima y victimario, pero, a la vez, mártir y redentor. Ése que ama, ríe y llora; que se abraza, se besa y se golpea. Ése que se rasca la cabeza por vergüenza, y que muchas veces dice más con su lenguaje corporal que con la exuberancia de sus símbolos. Ése que conserva la mirada transparente y honesta –para mí, reflejo de un alma- de todo animal. Eso y mucho más.