martes, 11 de diciembre de 2012

Crónica de una indignación anunciada


Volvía en el “cole” (101 negro) cuando un simpático –nótese el eufemismo- señor subió y se sentó delante de mí. De repente levanté la vista y pude ver cómo tiraba, hecho un bollito, su boleto por la ventana. Al instante, acaso instintivamente, me indigné; pero no le dije nada. Me quedé pensando en el hecho, que más de una vez me ha tocado presenciar, todas las cuales nunca supe cómo reaccionar. Casi sin proponérmelo, el siguiente diálogo se construyó en mi imaginación, más o menos así:
-Señor, ¿por qué tira el papel a la calle? ¿Qué le costaba guardarlo en un bolsillo y tirarlo al encontrar un tacho de basura?
-¿Y a usted qué le importa?
-¿No se da cuenta de que así perjudica a toda la gente, incluyéndolo a usted mismo?
-No. ¿Por qué?
- Porque tirar basura en la calle es antiestético, antihigiénico y antiecológico. Y además genera mala energía en la gente.
- ¿Por qué?
- Porque una ciudad sucia es fea; la basura en la calle puede contener gérmenes patógenos que se transmiten a las personas; y el acto puede convertirse en un –mal- hábito que se contagie entre la gente: por resentimiento, negligencia o por simple facilitación social. Se tira un papel, una botella, un envoltorio de comida. De esta manera, no sólo se ensucian las ciudades sino los ambientes naturales. Luego, animales mueren enredados en residuos plásticos o atragantados con ellos. Y la gente se mal predispone, se enoja al ver las calles sucias y malolientes; y se enfrenta con –todos- los demás.

Podría prolongar el diálogo –tengo una gran tendencia a la divagación-, pero lo cierto es que en aquel momento terminó ahí; en mi mente, quiero decir. Me pregunto qué me habría respondido el señor luego. Pero más me pregunto si debiera habérselo dicho. Si me corresponde. Y si mi corresponde, si no hay otras maneras más efectivas y eficientes de generar conciencia. Creo que un llamado de atención por parte de un extraño, de un otro, por más respetuoso que sea, la mayor parte de las veces será contraproducente, y generará más broncas que reflexiones. Intuyo que no faltarán oportunidades para averiguarlo...

lunes, 22 de octubre de 2012

Eros vs. Chronos


El tiempo pasa, fluye, corre, y un poco me desespera. No puedo seguirle el ritmo. Salgo a correr, entreno, pero a pesar de mejorar mi resistencia y velocidad, es inútil. Siempre se (me) escapa. ¿Se escapa realmente? ¿Existe, finalmente, el tiempo? ¿Es la famosa cuarta (de no sé cuántas) dimensión del universo postulada por Einstein? ¿Es la categoría kantiana, aquella que -junto con el espacio- concibió el hombre para poder entender el mundo? ¿Es un tiempo absoluto o relativo? ¿O son los “delta” de tiempo, es decir, sus intervalos, los que ciertamente importan, como nos develó una noche, a Guille y a mí, un excéntrico astrónomo en una plaza de Capilla del Monte, mientras yo observaba en su telescopio, por primera vez, los anillos de Saturno? ¿Cuál es la concepción que vale? ¿La filosófica, la física, la psicológica? ¿Todas? ¿Ninguna? Sea como sea, ninguna respuesta parece conformarme, satisfacerme.
A veces pienso que la mejor forma de resolver el problema es reformular la pregunta, la –en el más angustiante sentido de la palabra- inquietud, en otros términos. Mayor pragmatismo, quizá. Entonces, más que preguntar, afirmo: calidad antes que cantidad. Insisto para mis adentros: grabar a fuego. Golpear al tiempo –y esta expresión denota una postura ideológica definida, más o menos consciente, y para bien o para mal de quien suscribe- donde más le duele, donde pierde su razón de ser (algunos piensan, y es muy respetable, que esta razón de ser del tiempo es su mismísima pérdida) o su esencia. Quiero decir, con esos momentos o instantes (¡es imposible escapar al paradigma impuesto por el dios Chronos!) que, parafraseando a Sábato, parecen “detenerse y extenderse” en la eternidad. Vuelvo a caer en sus trampas. No son momentos ni instantes. Son sentimientos. Actitudes. Acciones. Son, en definitiva, amor. Sentido, expresado, dirigido y aplicado. Hacia quien tengo al lado. Hacia el mundo que me rodea. Hacia lo que hago. Pero no un amor ingenuo, baladí; antes bien, madurado y sustentado en fuertes convicción y voluntad. Hablo de alegría, de endorfinas, de entrega (absoluta), de sabiduría, de melodías, de sensibilidad y apertura, de abrazos y miradas, de humildad, de templanza, de serenidad, de gratitud, y hasta de coraje e hidalguía.
Ser y hacer en estos valores permiten –al menos a mí parece funcionarme-  vivir en, con, e incluso más allá, del tiempo. Sin preocuparse por el tiempo; salvo por el mal tiempo, sobre todo si te olvidás el paraguas.

viernes, 24 de agosto de 2012

Messi: el único capaz de hacernos soñar y amar

Es tarde y estoy bastante cansado, pero intentaré escribir estas líneas de agradecimiento. El hecho, las circunstancias, la persona, las jugadas, los goles, lo ameritan. Serán líneas humildes, pero sentidas.

“Messi es el único jugador en el mundo que me hace soñar y amar” sentenció Eduardo Galeano, gran escritor y pensador, y también -como quien suscribe- un amante del fútbol. Creo que no podría yo haber encontrado palabras más exactas para describir mis sentimientos. Y por hacernos soñar y amar es este agradecimiento; por haberme hecho recuperar algo que era tan valioso para mí, y que había perdido, o decidido abandonar. A medida que crecemos, realmente no sé por qué –juro que me lo pregunto día y noche hasta el hastío, y también cómo fuimos capaces de llegar a ello-, vamos perdiendo nuestra capacidad de divertirnos, alegrarnos, de sentirnos vivos y cultivar aquello que nos mantiene vitales, latiendo (“sólo los niños saben lo que buscan", ya lo advirtió el Principito); para convertirnos gradualmente en pseudo-máquinas (o pseudo-hombres) frívolas, estresadas, enajenadas, racionalizadas hasta la náusea, deshumanizadas y desanimalizadas, desvitalizadas, running everywhere at such speed, till they find there’s no need. Y olvidamos lo esencial de esta vida: soñar y amar.

Y Messi nos regala, nos devuelve (nos ayuda a recuperar), esas capacidades: la vehemencia y la alegría de lo vivo. Creo que ya eso bastaría para considerarlo el mejor jugador de la historia. (Pero ese es otro tema, del cual en algún momento me ocuparé.) Y lo hace porque su fútbol es poesía y es amor en sí mismo. Porque es pasión. Porque juega como el primer día, con esa alegría genuina de los chicos. Y creo que -entre otras cosas- me contagia eso: la re-conexión con –aunque sea una frase trillada- el niño que todos llevamos dentro. ¡Es tan necesario y saludable no perderlo ni olvidarlo! Después (antes y durante) están sus goles increíbles, sus asistencias quirúrgicas ("tomá y hacelo"), sus gambetas incontenibles. Sus récords y estadísticas siderales. Su inteligencia para jugar y analizar cada situación en milisegundos, su velocidad física. Su voluntad de jugar y seguir, en vez de tirarse o dejarse caer en la primera de cambio, buscando la ventaja mediocre. No señores, como alguien advirtió –con mucha lucidez- y posteó en youtube: Lionel Messi never dives.
Podría decirse que su juego -al igual que su persona- está atravesado por valores fundamentales. Un sentido de la estética digno del mejor compositor, escultor o pintor. (Porque eso hace: compone obras, orquesta jugadas, pinta escenas de una belleza acaso inverosímil.) La generosidad. Y la humildad y la convicción. El ejemplo irrefutable de que se puede. Por algo será que la gente tanto lo adora, lo idolatra, lo quiere. En cualquier parte del mundo. Todos son fans de Lío Messi. Y eso que jugadores que meten goles hay muchos…

Por todo esto y mucho más: gracias eternas, Lío.

viernes, 10 de agosto de 2012

De amores, dados y entropías


Como sabemos, la naturaleza no juega a los dados; Einstein fue más que claro al respecto. Heisenberg, con su  célebre principio de incertidumbre, sólo nos muestra nuestras limitaciones al momento de pretender conocer el mundo. No obstante, todo objeto y todos aquellos entes inanimados, se rigen, en última instancia, por leyes físicas concretas y precisas. La luz se desplazará de un punto a otro en el espacio a trescientosmil kilómetros por segundo y la piedra con que tropecé esta tarde, seguirá siendo piedra mañana. Esto, al menos intuitivamente. No me animaría siquiera a insinuar que existe un determinismo físico, no me gusta la idea, pero, insisto, intuyo cierta forma de limitación. La cosa se complica y se vuelve más compleja –a la vez que fascinante- cuando entramos en el reino de lo biológico. Ya no es tan fácil decir –como sucedía con la piedra- si el perro que me crucé esta tarde estará allí mañana; mucho menos dónde estará. Parecería haber una especie de grados de libertad, que van aumentando a medida que nos desplazados desde el átomo –desde el bosón de Higgs, para estar al día- hacia el árbol, el perro, el gato (pasando en el medio por las piedras, la arena y el mar). Libertad que perturba nuestra física toda, haciendo tambalear hasta la mismísima entropía.
En fin, el punto es que la naturaleza no juega a los dados, tiene sus reglas, pero el hombre –al menos- parece trascenderlas, ir más allá. Me cuesta mucho imaginarme una persona como un mero cúmulo de materia y energía andante, como una insípida máquina biológica. (Aunque es tentador pensar un espíritu en términos de energías fluyendo, transformándose, intercambiándose; y hasta algo de eso hay.) Sino que más bien, veo en él al ente que es sus infinitas posibilidades, que es proyecto y proyección libres. Más aún, veo, siento, intuyo, como proclamara Sartre, que esa libertad es el fundamento del ser. Que es condición necesaria e insoslayable del amor. Que el amor otorga sentido a la libertad, al ser. Que el espíritu, el alma, es fundamento de ambos, libertad y amor.

viernes, 27 de julio de 2012

Preguntas


¿De qué se trata todo esto? ¿De qué va la cosa? ¿Se trata de ser feliz o de ser fuerte? ¿Existe la felicidad? ¿Existe un sentido? ¿Un final del camino? ¿O es el camino lo que importa (como dijera Fito Páez)? Y yo que siempre critiqué (critico) y condené al consumismo, al materialismo, ¿no hay derecho, acaso, a buscar la felicidad en lo material, en los productos, en las mercancías? ¿Quién dice que es menos genuina esa búsqueda que aquella que cultiva el espíritu, el conocimiento, el arte? (Obviamente, pensando y abstrayéndonos –si es que se puede, sin caer en la infamia- de la explotación de clases, de las terribles desigualdades, injusticias y miserias que subyacen al sistema de producción de todos estos pequeños “pedazos de felicidad”.) ¿Y la felicidad puede estar en el trabajo? ¿Entonces trabajo para ser feliz? ¿Entonces vivo para trabajar? ¿Vivo para ser feliz? ¿Trabajo para vivir? ¿Aunque muchas veces se nos prive del sol? ¿Es un precio justo a pagar? Y, no sé; a mí me encanta mi trabajo. A mí también, tanto como sentir el calor y la luz del sol, y la brisa del otoño, y las endorfinas corriendo por mi sangre durante y después de un buen ejercicio físico. ¡Ah! ¡Cierto! ¡Las endorfinas! Los (¿escépticos? No, se respeta su opinión) que consideran la felicidad como parte de un romanticismo, acaso ingenuo, poco tienen y pueden decir sobre las endorfinas. La felicidad materializada, hecha hormona. ¿O ahora estamos hablando de placer? ¿Felicidad y placer son la misma cosa? ¿Son como la idea platónica y su contraparte mundana? Entonces (!), ¿vivimos para buscar el placer? ¿Somos hedonistas? ¿Y el amor? No olvidemos al amor. Y a la libertad. Yo no puedo identificar el amor con lo material, pero sí pienso en la libertad de elegir lo material. Y para mí la libertad es el fundamento del amor. Me estoy desviando, pero me acuerdo que el amor es otro “ente” tan cuestionado como la felicidad. Tan maltratados por el reduccionismo. ¿Son creaciones humanas? ¿Los animales aman, son felices? ¿Y las plantas? ¿No serán todas, distintas versiones de una misma cosa? ¿Y la Pachamama? ¿Y Gaia? Cuando volvía a casa me crucé, en la peatonal, con un perro de la calle, que me miraba –con ojos bondadosos- desde su “cucha” (unos cartones en el piso), entre las piernas de las muchas personas que iban y venían. Sentí amor. Y también felicidad.

miércoles, 25 de julio de 2012

Kinesioterapia



Qué experiencia loca y “cortazariana” sufrir de repente una lesión en la rodilla y tener que comenzar sesiones de kinesioterapia, cosa que nunca había hecho en la vida. Levantarme más temprano y acostarme proporcionalmente  antes de lo habitual (o no, y sufrir las consecuencias del cansancio al día siguiente). Comenzar una rutina diaria de magnetoterapia, ultrasonido y ejercicios, gradualmente más larga y exigente respecto de los últimos. Conocer gente nueva; las secretarias, que te abren y cierran la puerta de entrada al llegar y al retirarte, y te preguntan tu apellido para anunciárselo al kinesiólogo pertinente (Sergio, en mi caso), quien a los pocos minutos aparece por el espacio que divide la sala de espera de las camillas y los aparatos para hacer ejercicios y te invita -interrumpiéndote lecturas anacrónicas sobre el furor de Messi antes del mundial de Alemania (¡las maravillas que ya se decían de él!, ¡si hubieran podido saber lo que sería después, ahora!) o la rememoración de los 50 años desde que los Rolling Stones tocaron por primera vez- a pasar del otro lado; los pacientes, algunos de los cuales se van volviendo familiares, y uno siente una cosa extraña cuando de repente un día deja de verlos sabiendo que no volverá a hacerlo, y sabiendo que un día le tocará a uno mismo dejar de ser visto por los demás (por suerte eso todavía no ha ocurrido). Y todo eso, para de golpe –a esta altura ya puedo decir que estoy cerca; sólo me queda un día de rehabilitación, ¡un día!- convertirse en el paciente que no se verá más por allí, porque debió volver a su antigua rutina, la de levantarse y desayunar para ir derechito al trabajo. Y entonces aparece el riesgo, el miedo. Extrañar la rutina de la rodilla, cada detalle de ella. Un llamado, ubicarse en la camilla, ultrasonido, charla amena con Sergio  (principalmente sobre el avance en la recuperación, pero también sobre trabajo, literatura –Cortázar: pocas veces, acaso ninguna, he leído un cuento tan mágico, tan visceral y tan dulce, como “La señorita Cora”- y el frío), magnetoterapia, y como acá me quedo sólo, leer; luego sacarse la modorra en la que tibia y mansamente uno ha entrado, comenzar los ejercicios físicos, sentadillas, cuádriceps, gemelos, de vez en cuando lindos goles en el televisor del gimnasio; y finalmente saludar (a veces estirar antes), y salir al mundo con un hambre voraz, de desayuno y de vida. Se acentúa el miedo, el riesgo de vivir anhelando volver a estar ahí, esperando ser llamado para entrar a la kinesioterapia, esperando y deseando una nueva lesión que te devuelva a ese cálido y confortable mundo de kinesiólogos, pacientes y secretarias. Tengo que apurarme y terminar de escribir esto, terminar antes de que sea mañana, y me haya invadido la angustia.


miércoles, 11 de julio de 2012

El mono teleológico


¿Salto cualitativo?
De repente recordé, con algo de gracia, el argumento “de que está en nuestra naturaleza y en nuestro instinto” esgrimido por muchos para justificar la infidelidad o sus sensatos ataques en contra de la “construcción cultural” del amor. (También se lo usa, y también absurdamente, para intentar justificar nuestra pretendida naturaleza maligna y abyecta, según la manera hobbesiana y freudiana de ver una sola cara de la moneda.) ¡Pobre biología –reflexioné-, agraviada tan impunemente! Porque pocas cosas hay –si las hay- más puras y genuinas que el instinto y la inocencia animal. Entonces me pregunté si sabrán y tendrán presente el hecho de que somos la única especie del Planeta que -usando términos técnicos y libres de todo “romanticismo barato e ingenuo”- copula de frente (bueno, con excepción de los bonobos, tan parientes nuestros como los chimpancés, pero más sexuales y pacifistas). Podrá pasar inadvertido en un primer momento, pero basta pensar un poco en ello para darse cuenta de la trascendencia de esta particularidad. Al copular de frente, los miembros de la pareja pueden mirarse a la cara, a los ojos; ser testigos y partícipes de los intensos sentimientos experimentados por su pareja, en aquel momento de intimidad y confianza casi absolutas, afianzando sobremanera el vínculo que los une. Incluso los rasgos físicos del otro se afianzan en la memoria, se singularizan, se vuelven únicos. Y es que el Homo sapiens, a diferencia de otros primates, era de dieta mayoritariamente carnívora, y necesitaba de la cooperación de sus compañeros para salir a cazar y tener éxito, a la vez que una mujer que cuidara de sus hijos y no fuera motivo de competencia y discordia entre los cooperantes. Tales circunstancias habrían alentado (y moldeado) la evolución y afirmación de tendencias monogámicas en nuestra especie.

Sí podría concebir al amor como una construcción cultural, en el siguiente sentido. Todos los animales sociales forman estrechos vínculos entre los miembros de su grupo, se preocupan por el otro y cooperan para alcanzar objetivos comunes; pero el hombre probablemente sea el único capaz de tomar conciencia plena de ello y de articular un lenguaje que le permita hacer de esa realidad una elección, atribuyéndole a esta última un sentido, un sentido por y para el qué vivir.
Entonces, quizá el hombre sí haya dado un salto cualitativo respecto de los demás primates después de todo. Quizá dicho salto consista en haberse convertido en un mono teleológico.

Nota: Debo aclarar que, aunque no desarrollado aquí, mi concepción del amor va más allá de la ciencia, hallando su principal sustento en el vínculo espiritual y en una elección activa, libre y conciente de la búsqueda del bien común, para el otro y con el otro.