En principio parecía una locura. Quizá en parte lo era, pero sólo por los treinta y seis grados que hacía ese 24 a la una del mediodía. Era víspera de Navidad y uno, por lo general, espera cosas buenas. Yo tenía esa energía positiva. Así que pese –o mejor dicho, gracias- a haber ido a trabajar decidí tomarme el bondi (aunque no sabía cuál en aquel momento) en pleno mediodía y visitar por primera vez el que fuera barrio de Messi durante su infancia. No me molestaba tener que sentarme veinte minutos en el colectivo. Por el contrario, me servía de excusa para seguir leyendo los capítulos finales del libro que tanto me gustaba. Oliveira ya subía con Talita viniendo del sótano. (Qué diferencia de temperatura entre el sótano y el colectivo). Preguntando se llega a Roma, o todos los caminos conducen a ella. Yo pude llegar a la casa de los tíos de Leo y luego, taxi mediante, a su casa natal. Y mientras tanto Oliveira empezaba a planificar su estrategia de defensa. Llegando a la casa de Leo, un auto importado arrancaba mientras un hombre de mi edad se metía por el lado del acompañante. De espaldas parecía él. Fue lindo experimentar la adrenalina de sentir el sueño tan cerca. Los piolines negros, las palanganas, los rulemanes (sea lo que fueran estos últimos). Pero no. Era su hermano. Igual bajé y le pregunté por las posibilidades de conocer a Leo. Eran pocas y no dependían de él. No obstante, ofreció conseguirme su foto autografiada. “Venite el jueves” me dijo. El taxi había dado muchas vueltas para llegar al lugar y realmente no sabía reproducir el camino. Es un barrio de muchas cortadas y calles que terminan de golpe. Cuando nos íbamos, el taxista amablemente me llevó hasta un mural de Messi pintado en una plazoleta frente a la escuela de su niñez. Le sacamos fotos. Cuando tomé el cole para volver, Horacio ya había quedado confinado a ese espacio entre la ventana, el escritorio y la cama. Las líneas defensivas ya habían sido dispuestas. Esa misma tarde sentí que tenía que irme hasta aquel barrio privado donde estaría entrenando Messi. Las chances de lograr pasar eran nulas, y las de verlo, mínimas. Pero era Noche Buena; valía la pena intentarlo. Y si no lograba mi objetivo, quizá Manú sí lo lograra. El recepcionista del barrio me dijo (sentado en el mismo lugar donde me sentara yo trece años atrás cuando todavía eran sólo árboles y terrenos parcelados y autos lujosos entrando y saliendo para elegir cuál de todos ellos comprar) que no sabía nada de él, que no se enteraban cuándo venía o entraba o salía. Indignado por tan absurda respuesta, le dije (puede que recién en ese momento él haya vuelto a mirarme a los ojos) que entendía que no pudiera darme ese tipo de información. Lo saludé y me instalé en las proximidades de la entrada. Escudriñaba cada auto que salía pero no hubo caso. Tenía que volver. El sentimiento era agridulce. Aún no encontraba a Leo, pero parecía estar encontrando otra cosa. Otro camino. U otro modo de andar el camino. Algo que rompía la estructura. Alas que rompían el capullo tras el letargo de la larva. Sentía una alegría distinta. Y una frustración recurrente: ¡qué difícil es al final dar con él! Tan difícil como estar en los zapatos de Oliveira, que ya sentía entrar a Manú. O en los zapatos (zapatillas de goma, en rigor) de Manú, que ya se aprestaba al crítico encuentro.
La segunda vez que fui, lo hice a pie. Con la cabeza puesta en el fin último de mi visita me interné en aquel laberinto de callejones y cortadas; pasé por donde nunca hubiera imaginado pasar. Y Horacio que se hamacaba peligrosamente en la ventana del segundo piso. Hasta que de golpe aparecí frente a la casa de Leo. Otra vez me fui con las manos vacías de autógrafos. El Cielo parecía imposible de alcanzar; siempre estancado en el casillero cuatro. Al menos había aprendido, casi sin proponérmelo, un camino directo y sencillo a la casa. Quizá no sirviera de nada, como quizá tampoco sirvieran de nada las líneas defensivas de Oliveira para impedir la entrada de Manú. Hubo una tercera y habrá una cuarta y última visita. Mientras tanto, golpean la puerta con fuerza y en el patio todos están revolucionados. El diálogo con Traveler se torna tenso por momentos, y Oliveira esgrime razones de las sinrazones. ¿Será sensato todo esto? ¿Será una forma de revelarse contra los cinco mil años de genes echados a perder? En todo caso no importa, mientras siga divirtiéndome y viéndome en lugares donde nunca me hubiera imaginado, con la alegría que dan la esperanza de encontrar lo que se busca y el saberse haciendo lo imposible por lograrlo.
lunes, 22 de diciembre de 2014
miércoles, 19 de noviembre de 2014
Arenga
A ver si te hacés hombre de una vez, viejo. Basta de
lloriqueos infantiles y de miedos cobardes. Y si los miedos están, si aparecen,
enfrentalos. Así de simple. ¿Hasta cuándo si no vas a seguir así? Pisando los
treinta y tres. Si estuviste en el mismísimo desierto bajando riscos empinados
para bañarte en una cascadita mientras los jotes revoloteaban expectantes a tu
alrededor. Y en la selva casi te perdés mientras no cesaban de picarte mosquitos
voraces y animales peligrosos amenazaban con aparecer a cada paso que dabas. Y
en la alta montaña, sólo en una cabaña de piedra en el medio de la nada,
pasaste la noche más fría de tu vida teniendo que elegir entre helarte hasta la
médula o dormir inmerso en el humo de una fogata frustrada. ¿No te sirvió para
nada todo eso? Confiá en vos. Con-fiá. Pensá un poquito menos. Intuí. Canalizá
esa energía negativa. Expresala. Manifestala. Transformala. Llorá. Quizá mejor,
reíte. De vos. De la situación. Del absurdo. Capitalizalo. Soltalo. Naturalizalo.
Echá mano de tantos años de enseñanzas. Cambiá, un poco. Todo es cambio en
definitiva. Sacá el valor que tenés ahí dentro y disfrutalo. Animate. Disfrutá
de verte donde nunca antes. Conocete y querete un poco más. Dale.
martes, 30 de septiembre de 2014
Amigos son los amigos (y más, también)
Me saludó con tanta buena energía tras alcanzarme
hasta mi casa… Cuántos amigos tengo, la verdad. Será que no me gusta reservar
la palabra “amigo” para casos muy puntuales e importantes, como recuerdo haber
escuchado en algún lugar el otro día. Cierto que –por ejemplo- tengo compañeros
de trabajo, pero tan cierto como que tengo amigos del trabajo. Yo veo (siento)
claramente la diferencia. Aunque no sean de toda la vida o no hayan compartido
momentos trascendentes de mi historia. Yo prefiero sentir amigos a todos
aquellos que, por algún motivo particular –que los hace precisamente
especiales-, vibran conmigo en la misma frecuencia. Claro que están los famosos
íntimos-contados-con-los-dedos-de-las-manos, pero también están los que ahora
pasan casi todo el día junto a uno en el trabajo o la facultad, los que están
lejos (geográficamente), los que comparten además un vínculo de sangre, de
parentesco político (fea expresión si las hay, por cierto), los que comparten
una actividad o una pasión un día a la
semana (digamos, un fulbito, teatro o un ensayo en la sala), una ideología
atemporal. También están los que son más viejos, más jóvenes, más gordos o más
flacos. Los que pueden enseñarte y los que pueden aprender; profesores y
alumnos de cualquier índole, ¿por qué no? Los que coincidieron –espacialmente-
con uno por un tiempo limitado, los que bastaron horas o palabras para generar
la conexión. Hombres, mujeres. Solteros o en pareja. Si tan sólo fuera
consciente siempre de lo afortunado que soy por tenerlos, no habría forma de
sentirme mal por ningún problema o necesidad personal (aunque sí por los de
otros). Feliz día del amigo. Feliz primavera. Feliz vida.
lunes, 1 de septiembre de 2014
Abre
Yendo en el colectivo leo: "El cerebro de los bebés tiene muchas más conexiones que el de los adultos (...) Nuestro cerebro poda los caminos más frágiles y menos usados, y refuerza los que se usan más a menudo". Llegado a mi particular destino reflexiono: "pocas cosas hay tan maravillosas como encontrarse en un lugar o situación donde nunca uno hubiera imaginado estar". Salgo y veo cuatro teros alborotando el cielo con sus gritos; me recuerdan mis días de infancia. Un golpe de vitalidad me sacude. Entonces me doy cuenta mientras vuelvo que ¡caminar por el parque a esta hora de la mañana! No todos los días... Abro mis poros a cada sensación y detalle. Me colman. Entreveo un nexo. Todo cierra (o se abre).
viernes, 6 de junio de 2014
Título aún no elegido
Dame un
bizcocho; pero qué ganas de haber llevado la factura de crema (ayer). Dame una
factura de crema; pero qué ganas de haber llevado la tortita negra (hoy). La
prueba empírica e irrefutable que faltaba para comprobar aquel nefasto mecanismo.
Siempre centrado (o más bien descentrado) en lo que se pierde al elegir. Una
factura, una película, una acción, un trabajo. Warning! Así siempre se va a
estar mal. Y con una inocencia deliciosa
imagina que Oliveira sería más feliz en cualquiera de las Arcadias de bolsillo
que fabrican las madame Léonie de este mundo. A veces, cuanto menos se piensa, menos se yerra. Como cuando se juega
al fútbol. Todo se reduce prácticamente a intuición, o a conciencia sartreana
arrojándose al mundo (y a la pelota). Vivir(lo). Sentir(lo). La película, el
trabajo, la presencia de ese amigo. Y ya que estamos, reír más. Más Platón y
menos prozac, pero más Capusotto y menos Platón.
martes, 25 de febrero de 2014
20 minutos
A falta de
inspiración, y con la esperanza de encontrarla a fuerza de escribir como
ejercicio, he aquí algunas apreciaciones sobre el día de hoy.
Primera vez
en meses que dispongo de bastante tiempo para mí. Siempre que pasa me desespero
cual perro con dos platos (o más) de comida. No sé cuál o cuáles elegir. Tanto
que termino haciendo nada. O muy poco. En este momento deseo tanto leer,
escuchar música, hacer cosas en la casa –y suerte que ayer ya fui a correr-.
(Tema recurrente, lo sé.) José Pablo Feinmann, Erich Fromm, Cortázar, Frans de
Waal, Mary Shelley… ¡¿Cómo elegir?! Para sacarme estos dilemas de encima decido
escribir. Ya no tengo que elegir entre Lennon o White Stripes. Entre tanto, mi
vecina toca a la puerta y nos regala un plato de fideos al pesto que hizo
especialmente para nosotros (bah, para ella).
Un gesto tan cálido que bien podría redimir todos los malos actos del resto de
la gente. O al menos alimenta, fortalece, mi fe en el otro. No sé cómo –ya lo
recordé; pero no es importante- doy con unas fotos que hace mucho no veo. Que
vi muy pocas veces, de hecho, pese a los momentos y personas tan especiales –y
su mágica confluencia- que retratan. Me pierdo en aquellos recuerdos. Me olvido
del tiempo. Lo disfruto. Amo, suelto, soy yo mismo. Y escribo esto en tan sólo
veinte minutos (!).
sábado, 22 de febrero de 2014
(What's the Story) Morning Glory?
Recién llego al trabajo, a mi trabajo. Me siento bien. Debería ser precavido, pero, ¿para qué
negarlo? Me gusta. En este momento, imagino que el trabajo que tenga que hacer
durante el resto del día puede ser lindo, y hasta estimulante. También hay
otras cosas que hacen a este sentimiento: mis compañeros (que en algún
comenzarán a caer –de hecho, acaba de caer la primera-), el mate, Del Frade en
la radio (y más tarde, la música), mis fotos de Messi y los Beatles, la
esperanza intrínseca del amanecer, que renace con fuerza día tras día.
Pero volviendo al trabajo. Todo parece ideal, acaso idílico.
¿Por qué entonces, tarde o temprano, termino con esa sensación de desasosiego y
derrota al finalizar la jornada, e incluso antes? Trato de ser objetivo. Es
difícil. Me cuesta. No creo que sea por extrañar a los monos, a los animales y
sus conductas (que, en efecto, extraño); tiene que ver con otra cosa. Con las
grandes dificultades con las que termino chocando casi inexorablemente una vez
que me pongo manos a la obra. Y la consecuente frustración. Intento. Estudio.
Reintento. Trato de buscar alternativas. Pero no hay caso. La cosa avanza poco
y nada. Al menos, pensando en los cánones establecidos. (Qué tema ese…) Y
entonces es cuando ya pierdo las fuerzas y las ganas de hacer todo lo que hay que hacer para iniciar,
desarrollar y completar un experimento. Cuando siento casi la certeza de que el
experimento no va a dar. Porque casi nunca da. Y otra lucha, más difícil aún.
La lucha conmigo mismo. Esa sensación, constante y difícil de extirpar, de que el
culpable de tales avatares cotidianos soy yo. Mi impericia. Mi falta de
criterio y sentido común para este tipo de asuntos.
Es curioso, porque para otras cosas pienso que soy bueno. O,
al menos, mejor que para éstas. ¿Será que es así? ¿Que uno puede ser bueno para
algo y tan malo para otra cosa? Lo cierto es que ambas tienen que ver con el
conocimiento, y específicamente, el conocimiento de la vida, el mundo, la
naturaleza. Y me gustaría poder saber mucho y manejar los temas que estudio. Y,
aunque no me apasionan tanto como la conducta animal y la naturaleza humana (entre
otros), me interesan y desearía poder ser un entendido en las disciplinas que
hoy por hoy me ocupan. Ya veremos cómo discurre esta historia, que amanece
diariamente, durante los próximos dos años. Ya veremos también qué pasará con
la ecología, la etología y la antropología. Por lo pronto: debo procurar
desarrollar la entereza y dedicación necesarias para sacar adelante –y hasta
disfrutar, y por qué no, dejarme apasionar (por)- este doctorado. ¿Podré? ¿Sólo
dependerá de mí? ¡A trabajar!
Suscribirse a:
Entradas (Atom)