viernes, 11 de noviembre de 2016

The truth is out there

He descubierto el secreto de la felicidad: tener la certeza de que siempre habrá alguien allá afuera con quien hablar o, simplemente, estar.

Los agradables empleados y empleadas del Palacio de la Oportunidad, la estudiante de Terapia ocupacional en la Plaza Pringles; el chico de la calle (me perturba la expresión) que jugaba con ella y con cuya alegría era imposible no empatizar; los artesanos y artesanas que vendían libros en la misma plaza; la señora que paseaba un bretón viejo y enfermo portando orgulloso entre sus mandíbulas una pichón de paloma muerto (es porque es una raza cazadora, aclaraba también orgullosa su dueña); la familia que se acercó a ellos asombrados por la bucólica (?) escena;  el empleado estatal (pronto a jubilarse) que esperaba a su hermana mientras ella escuchaba poesía en la Biblioteca Argentina (pero él se aburría y se escapó); las decenas de adolescentes que, agrupándose como gaviotas que coinciden de repente en un punto de la playa (o de la plaza), sobrecargan el ambiente con su energía de tormenta eléctrica (se ríen, rapean, se abrazan, se besan); un amigo militante que paseaba con su novia; el paseador de perros que compartió conmigo sus historias (por su edad debía tener muchas) y las cuadras y el paso indagador de Sasha.

Como rezaba la intro de X-Files: la verdad está ahí afuera.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Genkidama escolar

Absorbo, me dejo penetrar, por toda esa energía increíble de los chicos, esa vitalidad casi ofensiva. Cual Gokú haciendo el Genkidama. No hay angustia que esa energía no cure (o no anestesie, al menos). Me siento en deuda.
Entonces me pregunto quién les roba luego esa energía, quién la corrompe. Por qué después algunos vivirán para explotar gente o consumir cosas. Por qué otros pueden terminar desayunando vino a las nueve de la mañana y hablando solos; como ese pobre tipo que estaba en la parada del cole, monologando sobre películas policiales y sentenciando al final de cada frase: la realidad é otra cosa. Estoy en deuda.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Frankenstein 2.0

La esperamos con tanta expectativa, con tanta ilusión. Finalmente llegó. Al principio fue todo alegría, el colmo de la felicidad. Era tan hermosa y tan pequeña. Nos encantaba mirarla. Pasábamos el día entero junto a ella. Hasta que empezamos a notarlo. Nunca nos hablaba. Al principio supusimos que sería normal. Pero el tiempo transcurría y ella seguía sin responder. Luego comenzamos a sentir su distancia, su frialdad. Hasta que finalmente entendimos que jamás nos abrazaría, que jamás correría a darnos un beso. Su piel de carbono, aluminio y látex, sus órganos de silicio, germanio y cobre, carecían de vitalidad, eran indiferentes al mundo. No teníamos un origen común que nos conectara, una raíz que nos hermanara. Solo era una inerte y estúpida máquina. Solo era una computadora.

lunes, 31 de octubre de 2016

Mi vecino Totoro

Hay un antes y un después de mi Mi vecino Totoro.

Siempre pensé que la conexión con la naturaleza era vital para una vida genuina, centrada en el ser y el ser-con-el-otro, para evitar la enajenación. Totoro certificó -si acaso hacía falta- esta convicción. Y el haber perdido esta conexión es, en parte, causa y consecuencia de cómo va el mundo. ¿Cómo podría alguien mostrar egoísmo, codicia, desprecio por la vida humana (y no humana), a la vez que conmoverse con las hojas de un árbol, con un bosque, un caracol, un pájaro, un sapo saltando en la lluvia?
Ya sé que suena cursi, muy yo, ingenuo y hasta ridículo, pero creo que el sentirlo así es muestra acabada de lo que afirmo.

miércoles, 26 de octubre de 2016

Mantra

No voy a hacerme más problema por nada. Por nada que tenga que ver conmigo. Sólo por los demás. (Repetir y recordar en momentos críticos.)


¿Por qué se me escapa la armonía de la flor y la abeja libando su néctar? ¿Por qué olvido la paz de la tortuga, con su mirada penetrante, que observa el planeta desde mucho antes de nuestra llegada? ¿Por qué no puedo jugar con la vida como el perro que juega con su rama y el mono con su liana? ¿Por qué no alcanzo la entereza del artesano, que hace en un mundo de burocracias y producciones en serie? ¿Por qué pierdo la sabiduría de los niños, los únicos que saben lo que buscan?

Desayuno

Justo cuando corría riesgo de embriagarme en búsquedas de sentido de las que dejan una fuerte resaca, el panadero me habló de facturas, alfajores y desayunos; semejante cachetada metafísica me puso en su lugar.

martes, 25 de octubre de 2016

Pedagogía barata y zapatos de goma

¿Por qué la escuela? ¿Por qué la autoridad en ella? Quizá porque le educación no es sólo un derecho sino una obligación. Como seres (animales) sociales que somos, tenemos el imperativo biológico -además de moral- de cooperar y trabajar para el bien común. Sucede en cualquier sociedad animal. ¿Por qué seríamos una excepción al respecto? Sin el otro no somos nada. Ni biológica ni psicológica ni metafísicamente. Por eso la necesidad de ayudar(nos). Entonces la escuela. Para que esa ayuda sea -idealmente- óptima. Porque en eso sí somos especiales: en la transmisión cultural a través de los años, en la acumulación aditiva de conocimientos. Quien no está educado no sólo no puede valerse por sí mismo sino que no puede colaborar con los demás. Pero este proceso -como todos- es complejo y necesita cierta guía, ciertas normas. De nuevo, en toda sociedad animal existen esas guías, esas normas, y por ende, individuos que velan por su cumplimiento. No hay organización social sin normas, no hay individuo sin sociedad. No es autoritarismo, es autoridad. Tal vez por ahí venga la cosa.